Humor con instrucciones de uso

La 85ª Feria del Libro de Madrid proclama la risa como una fuerza que «huye de etiquetas y definiciones», con un programa en el que lo cómico queda cuidadosamente encauzado por donde siempre

|

Del 29 de mayo al 14 de junio, el Paseo de Coches de El Retiro vuelve a llenarse de casetas, 366 en total: 118 de librerías, 220 de editoriales, 12 de distribuidoras y 16 de organismos oficiales, para una edición de la Feria del Libro de Madrid en la que estarán LOS NUESTROS, que su dirección ha querido colocar bajo un solo signo: el humor. «Leernos de risa», reza el lema; «el humor ilumina la Feria», insiste el dosier. Su directora, Eva Orúe, lo formula con una cita de Wenceslao Fernández Flórez, para quien el humor era «una posición ante la vida». Y advierte que esa risa «huye de corsés, etiquetas y definiciones».

Una declaración de intenciones impecable que una lectura del programa de principio a fin matiza. Hay, sin duda, un reconocimiento sincero a la gran tradición cómica en español. La Feria homenajea La conjura de los necios de John Kennedy Toole, al mexicano Jorge Ibargüengoitia, al antipoeta Nicanor Parra —en una mesa con el título más feliz del cartel, «Chistes para desorientar a la poesía»— y a Rafael Azcona, guionista de la mejor comedia negra del cine español. Recupera, además, a «la otra generación del 27»: Jardiel Poncela, Mihura, Edgar Neville, Tono y López Rubio, los herederos de Ramón Gómez de la Serna que hicieron del absurdo una forma de mirar España. Y rinde tributo a la historietista Maitena, en una actividad ligada al Premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos.

Es un patrimonio de primer orden, el de un país cuyo humor, de Quevedo a Mihura, de Gila a Azcona, ha sido siempre un instrumento serio de conocimiento. Conviene subrayarlo porque, en el conjunto de la programación, ese linaje aparece dosificado: una charla aquí, un homenaje allá. El grueso del debate corre por otro cauce.

Risa con indicaciones

Cuando la Feria deja de celebrar a sus clásicos y empieza a interrogarse sobre qué es la risa hoy, lo hace casi siempre a través del mismo juego de categorías. La mesa «¿De qué nos reímos las mujeres?: humor, feminismos y poder» comparte jornada —la dedicada a «Mujeres, lectura y pensamiento»— con otra titulada «La literatura y los feminismos contra el racismo antinegro». En el Pabellón Iberoamericano se programan «Humor: caricatura y mujeres borradas del canon artístico» y «Cartografías vivas», consagrada a recuperar «memorias afro e indígenas que han quedado fuera de los relatos oficiales». Hay un encuentro sobre «derechos culturales» y otro, «Somos un meme», sobre los nuevos códigos del humor digital.

Lo cómico se admite, sobre todo, cuando funciona como herramienta de «crítica, resistencia y resignificación». El humor que «huye de etiquetas» termina, en la práctica, etiquetado con notable precisión. No es una anomalía de la Feria, sino el reflejo de una cultura oficial que sólo concede carta de naturaleza a lo que sirve al catecismo del día; el mismo mecanismo por el que los «valores universales» no tienen nada de universal.

«Desplazar el centro»

La dimensión iberoamericana, que debería ser el mayor activo de una feria celebrada en la capital de la lengua común, ofrece el contraste más revelador. El Pabellón Iberoamericano, financiado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, y el ciclo «Iberoamérica un libro abierto», impulsado por la OEI y la CAF, reúnen a decenas de autores de ambas orillas. Pero el marco con el que se presenta esa comunidad no es el de una civilización compartida, sino, con frecuencia, el de su impugnación.

El seminario Leer Iberoamérica Lee, en su octava edición, se celebra bajo el lema «Desplazar el centro. Palabras que desafían los mapas», y se propone reivindicar las «periferias» frente a los «grandes relatos culturales». La ecopoesía se piensa en clave de «decolonialidad». La paradoja es considerable: la mayor comunidad lingüística nacida de la historia de España se narra a sí misma con las categorías que más erosionan su fundamento.

Instrucciones de uso

No falta, justo es decirlo, programación ajena a esa rejilla: el homenaje a Les Luthiers, la conversación con Jonathan Coe, la presencia de la poeta rumana Ana Blandiana —símbolo de la resistencia intelectual frente al totalitarismo soviético— o el espacio infantil patrocinado por Renfe. La Feria es grande y respira por muchos sitios.

El diagnóstico de fondo se sostiene. Una de las charlas se titula, sin ironía, «Instrucciones para contar un chiste». El programa entero funciona como un manual semejante: las verdaderas instrucciones no atañen al ritmo ni al timing, sino a los temas que conviene tocar y a la mirada desde la que tocarlos. Citaba Orúe a Cortázar: la risa «ha cavado más túneles útiles que todas las lágrimas de la tierra». Es cierto. Queda por saber si una risa que sólo se autoriza dentro de las coordenadas permitidas cava todavía algún túnel, o se limita a empapelar las paredes del que ya estaba abierto.