En primero de sociología de todas las facultades europeas desfilan apellidos de autores que han sabido poner nombre a esto que nos pasa. Para eso servía tanto paper, tanta cátedra y tanto mamoneo: para bautizar con precisión los fenómenos de un tiempo enloquecido. Uno de estos apellidos es el de Sartori, un italiano de rostro simpático que trajo el estudio de la democracia a las ciencias políticas. Y un insigne ganador de nuestro Príncipe de Asturias, allá por 2005.
El de Sartori es ahora importante porque muchos se escudan en su vasta obra para esgrimir bastos argumentos contra la derecha española. En nombre de Sartori —pero también en nombre de Duverger o Lipset— se repite en claustros universitarios, editoriales periodísticos y tertulias de café recalentado que la presencia de VOX altera el ecosistema, que su misma existencia imposibilita el tan ansiado turnismo y que una fuerza a la derecha del PP solo sirve para poner en bandeja las victorias al PSOE. La Academia y sus portavoces han venido a llamarlo «pinza». Ja.
La realidad tiene la mala costumbre de no encajar en los esquemas. Cuando en 2008 el entonces candidato Mariano Rajoy pronunció aquel epitafio —el suyo, aunque no lo sabía—, todavía no tenía esa excusa gallega del lapsus: «Si alguien quiere irse al partido liberal o conservador, que se vaya». Y todos se fueron, claro. A la izquierda nació Ciudadanos con toda la politología a su favor; a la derecha surgió VOX con todos los departamentos de sociología en contra. Pero eso parece olvidado. ¿No será que la derecha no se fragmentó por un exceso de oferta, sino por una dejación de funciones?
Desde entonces, los editoriales —y tras ellos los gurús de la demoscopia— repiten la cantinela de que VOX es el techo de cristal de la derecha, esa barrera invisible que impide llegar a la Moncloa, pero los números sugieren más bien lo contrario: nunca antes el centro-derecha había sumado tantos escaños como en este tándem. La aritmética es tozuda: PP y VOX, separados, se multiplican. Y yo, que tantas veces tuve la suerte de rezar la Liturgia de las Horas con la comunidad benedictina del Valle de los Caídos —con su sobria monodia—, por fin he descubierto la belleza de la polifonía en las vísperas de los franciscanos. Una cosa no quita la otra, claro, pero la experiencia me sugiere que dos voces suenan siempre mejor que una.
Pero no solo de escaños vive el hombre. El verdadero hallazgo de VOX no es electoral, sino químico. Con todos sus defectos —los veo inevitablemente en casi todo—, la formación conservadora ha logrado la aleación imposible en la derecha española. Bajo sus siglas conviven, sin mayor discrepancia, el perfil de un José María Figaredo —un niño bien del norte de Madrid, criado en un colegio católico, alumno de la privada y padre de familia tradicional— con el de un Carlos Hernández Quero —con su doble pendiente, criado en un barrio obrerista de Madrid, de un desenfadado anticlericalismo y alumno brillante de la pública—.
Este es un fenómeno fascinante: si antes votaban a VOX un puñado de padres de familia numerosa, obispos anticuados y machistas convencidos —este estadio nunca ha existido—, ahora el partido ha logrado que el terrateniente y su limpiadora, el bachiller de Retamar y el de un instituto de Aluche, compartan la misma papeleta sin sentirse extraños. Han unido lo uno y su contrario bajo una misma mística. Los panes y los peces: mujeres antifeministas y jóvenes feministas consideran, al mismo tiempo, que VOX es el único refugio de sentido común frente a los aduladores del BOE.
La gran tarea de VOX ahora es no empeñarse en separar lo que, por su propio buen hacer, está empezando a soldarse. Su guerra no es el fratricidio con el PP —ya sabemos que a Abascal le gustan los morriones y las escaramuzas— ni tampoco la purga interna —ejem—. La verdadera misión del partido conservador es el asalto a las murallas del PSOE. El horizonte no puede ser solo el sorpasso a los de Génova (que sería una noticia bien simpática), sino el sorpasso al socialismo en esas provincias de dos o tres escaños donde el PSOE se cree dueño y señor de la tierra.
Tal y como está la actualidad, una tercera posición sería una desmerecida bendición para los socialistas. Y serviría para demostrar que Sartori, con todo su Príncipe de Asturias, no contaba con que en España la armonía electoral no se consigue silenciando a las partes, sino afinándolas en su justa medida. Al final, va a resultar que para que la derecha vuelva a cantar unida, primero tenían que enseñarle que se puede —y se debe— cantar a dos voces. El refranero alemán nos lo recuerda: «La opera no acaba hasta que cante la gorda».


