En el día de los Santos Inocentes, recuerdo las atroces cifras del aborto en España que cada año desgrana y analiza Israel Cabrera. En 2024 se practicaron en España 106.172 abortos. 3.075 más que en 2023. Desde hace años hay más de 100.000 inocentes —radicalmente inocentes— a quienes se mata en los vientres de sus madres.
Se invocan pretendidos derechos individuales. Se manipula la ciencia para negar la existencia de vida humana desde la concepción. Se afirma que se trata de un amasijo de células, que no hay conciencia, que no hay sufrimiento… Todo es falso. Sin embargo, no es fecha para polemizar, sino para contemplar y recordar a esos más de 100.000 inocentes.
Es esperanzador que en España siga habiendo médicos —la mayoría— que se niegan a practicar abortos. La cultura de la muerte no ha intoxicado por completo a nuestro pueblo. Al tiempo que se alzan voces contra ellos —se quieren elaborar listas y registros con sus nombres en lugar de hacerlo con los abortistas— se silencia el aterrador negocio de la industria de la muerte. Por callar, se calla hasta el nombre de este negocio abominable. Se lo llama interrupción voluntaria del embarazo. Se habla de «salud sexual y reproductiva». El lenguaje de la OMS parece sacado de 1984.
También se trata de silenciar el corazón del concebido no nacido: que no se escuche el latido fetal, que no se sienta esa vida que late en el vientre materno, que no se tome conciencia de lo que va a cometerse en ese quirófano.
Por supuesto, esta abominación no puede realizarse sin la complicidad de los intelectuales, las industrias culturales, las instancias que intentan legitimar esta radical injusticia que es matar al inocente. El número de novelas, reportajes y películas contra la maternidad, la paternidad y la familia resulta abrumador. Las entrevistas a personas que se arrepientes de haber sido madres o padres parece ya un subgénero periodístico. Todo se conjura para que la vida que alberga el seno materno se perciba como peligro, amenaza o problema. Se presenta la falsa disyuntiva que fuerza a elegir entre una vida y otra en lugar de optar por las dos.
En el país donde se ha excarcelado a violadores como fruto de una reforma legal se invoca la violación como argumento que justificaría abortar al niño concebido. El culpable de la violación es el violador pero no ese niño, que es inocente. Una injusticia no se resuelve con otra injusticia.
Se alega que a las madres se las abandona a su suerte. Sin embargo, esto no se resuelve matando a la criatura que porta en el vientre, sino aumentando las ayudas a las madres y a las familias. Esto implica no sólo ampliar los recursos que ya existen —especialmente lo que brotan de la propia sociedad civil como las asociaciones y las fundaciones— sino crear las condiciones para que las madres y las familias puedan criar a esos niños. Vivimos en una sociedad tan alienante que permite la muerte de los bebés pero obstaculiza su cuidado. Desde la insuficiencia de los salarios hasta los permisos de maternidad, es necesaria una reforma profunda que ponga a las familias en el centro de la vida social y no en su periferia.
Quizá una civilización que permite una matanza de inocentes como la que cada año se perpetra en España no merezca sobrevivir. Este día, que es también la Jornada de la Sagrada Familia, brinda una ocasión propicia para la reflexión y la oración.
En esos niños Dios dejó impresa su huella, que es la huella de la vida eterna. Que Él tenga piedad de nosotros.


