Tiene casi cuarenta años. La conocí hace casi veinte, en su primera plenitud, cuando desdeñaba a unos y a otros con naturalidad incontestable. Luego perdimos el contacto, por el inevitable y recíproco desinterés, pero ahora ya no se pierde la pista de ciertas personas que navegan con el signo de los tiempos, porque el mundo virtual les permite hacer de su vida una revista.
Se casa, boda civil por supuesto, después de innumerables novios con personalidad decreciente. Es el día de la fiesta y la fanfarria. Aparecen las fotos. La clásica carestía hecha más evidente por estar disfrazada de lujo. Me quedo mirándola. Los condicionantes de la edad y del tipo de ceremonia han exigido un vestido distinto. Tímidamente blanco. Líneas rectas, un manto que es prácticamente una capa, con apertura en la falda como concesión a la sensualidad. Y el sombrero. El sombrero me retrotrae a la imagen inolvidable de Melania Trump. En su ambición de superar las bodas de las amigas con las que no se habla, se ha convertido en una aprendiz de la hermética samurai eslovena. Aire ibérico con reverberaciones neoyorquinas. No tan alta y no tan guapa, pero un legítimo reflejo, manifestación de las aspiraciones femeninas de nuestro tiempo. Porque toda Aldonza Lorenzo se imagina Dulcinea en las grandes ocasiones.
La anécdota puede ser una mera coincidencia sin valor, pero me resisto a aceptarlo. Al convertirse en modelo de novias ibéricas y superar el implacable examen que toda mujer dedica a otra mujer, Melania ha alcanzado el olimpo de la feminidad. Queda la incógnita de por qué. Antes que ella ha habido innumerables primeras damas, grises la mayoría, y, excepto Jacqueline Bouvier, ninguna había servido antes como modelo de jóvenes y, sobre todo, exitosas mujeres. Jackie Kennedy representó en su tiempo el prototipo de mujer moderna de los años sesenta, esposa y madre abnegada, después viuda, antes de convertirse en una manida pieza de museo y descubrirse la tramoya que sustentaba la falsa imagen pública de su primer marido.
Melania tiene la disciplina del guerrero que se sabe en una misión trascendente que lo redime: ser una madre ejemplar, aunque su matrimonio diste de serlo. Muestra de su dureza son los visibles enfados con el Presidente que ha mostrado en público en más de una ocasión. La naturaleza del matrimonio Trump ha alimentado desde el principio la perplejidad, ante el hecho evidente de que él no es un hombre que disimule sus aficiones. Melania ofrece a las mujeres un nuevo modelo de modernidad, el matrimonio como empresa estrictamente individual, otro más de los episodios de la vida necesarios para reafirmar su identidad y alcanzar sus metas individuales. En ese tipo de matrimonio no es necesario que exista un compromiso entre dos partes, sino que basta con que al menos una de las dos tenga un compromiso firme consigo misma. Para Melania las actividades de su marido son perfectamente irrelevantes porque él no tiene ningún compromiso con ella, su acuerdo es una herramienta que sirve a ambos para alcanzar fines distintos e independientes. No es casualidad que en la publicidad de su reciente y no demasiado exitosa película su nombre de pila trate de ensombrecer al apellido omnipresente.
Ese tipo de pareja ha existido siempre, pero es con Melania cuando ha alcanzado la legitimidad que solo concede lo popular, el reflejo que se manifiesta en una novia al otro lado del océano. Puede que los Clinton fueran precursores claros de los Trump, pero la cultura de los años noventa era otra y más allá de las insalvables distancias entre una y otra, era impensable que Hillary Clinton se convirtiera en ejemplo de feminidad. Bajo su armadura, Melania es un ideal accesible: europea, de orígenes humildes y no lo suficientemente guapa como para atribuirlo todo a la belleza en lugar de a la voluntad.
Vuelvo a contemplar a la novia, más guapa que cuando tenía veinticinco años y con la sabiduría que el paso del tiempo concede a toda mujer, que la ha llevado a entender su última plenitud y hacer la dolorosa transacción con la realidad que hoy es casarse. Me doy cuenta de que en las fotos nunca mira a nadie porque está sola en todas ellas, apoteosis del solipsismo. La veo plena de convicción en el presente, que ella aspira a eternizar en unas fotos de revista. Atisbo en una esquina al tímido novio y me pregunto si entiende el juego en el que ha entrado, si sabe que es un invitado más en su propia boda. Probablemente no importe, ya no hay apuestas irreversibles. Timoneles de botes distintos, ninguno renunciará a mantener firme su rumbo hacia ninguna parte.


