Cuando se estrenó en 1999, El Ala Oeste de la Casa Blanca (The West Wing) no solo redefinió la ficción política televisiva, sino que contribuyó a moldear la vocación y la cultura política de toda una generación. En España, especialmente entre estudiantes de Ciencias Políticas, Derecho y Periodismo en los años 2000 y primeros 2010, la serie se convirtió en un referente casi iniciático. Más que un producto de entretenimiento, fue entendida como una escuela informal de teoría política aplicada, ética pública y comunicación institucional. O eso se creyeron.
Creada por Aaron Sorkin, para quien no la conozca, la serie narra el día a día del equipo presidencial en la Casa Blanca durante el mandato ficticio del presidente demócrata Josiah Bartlet, interpretado por Martin Sheen. A través de diálogos rápidos, densos y brillantes —marca distintiva de todas las series de Sorkin—, la trama aborda cuestiones como la negociación legislativa, la política exterior, las campañas electorales, la comunicación de crisis y los dilemas morales del ejercicio del poder.
El argumento era perfecto para los sueños de una generación de aprendices de triunfadores que hicieron carrera pocos años después en Ciudadanos, el PSOE, Podemos y algunos en el PP, la universidad y los medios de comunicación: el presidente Bartlet, era un economista católico y premio Nobel ficticio, simpáticamente progresista pero sensatamente conservador, que gobierna acompañado por un equipo altamente cualificado y profundamente comprometido con el servicio público. Ahí es donde ellos se veían reflejados y se imaginaban, algunos lo lograron, moviéndose en la puerta de al lado del poder en mangas de camisa con una taza en la mano, imaginando y organizando las campañas electorales y las políticas del futuro de forma brillante.
En el contexto español, la influencia de la serie debe entenderse en un momento de expansión universitaria y creciente interés por la política profesionalizada, cuya conjunción hizo brotar una generación de botarates con ínfulas. El Ala Oeste de la Casa Blanca, que es sin duda una maravillosa serie que les recomiendo ver si no lo han hecho, ofrecía a nuestros gurús de mercadillo, una visión idealizada —pero intelectualmente estimulante— de la política como vocación noble, sustentada en el debate racional, el mérito y el compromiso ético. Donde ellos, los más listos de la clase, iban a sacar a España de la antigualla bipartidista para sustituirla por una nueva generación de jóvenes sobradamente preparados, pero principalmente encantados de haberse conocido.
Es curioso, eso si, que aunque la serie mostraba que la política podía ser un espacio de excelencia intelectual y compromiso moral, la puesta en práctica de la mayoría de los aprendices de Sorkin en la política española se movió con las mejores artes de la torticera vieja política, basada en conspiraciones de salón, argumentarios de trazo grueso y la sumisión al líder por mediocre que sea, como trampolín que coloca el interés en la carrera personal por encima del bien común.
El Ala Oeste de la Casa Blanca actuó en España como un catalizador cultural para toda una generación que dijo entender la política no sólo como lucha partidista, sino como ejercicio intelectual y responsabilidad ética pero hizo todo lo contrario. Algunos se cayeron pero a otros aún los vemos en los ministerios, los parlamentos y los medios de comunicación, ya sea como columnistas o como noticia por sus negocios turbios y sus peligrosas amistades. Y todos ellos se parecen a los Leo McGarry, Toby Ziegler o Josh Lyman como un huevo a una castaña.


