Mono

El fútbol y el deporte como espectáculo cumplen a la perfección el papel de gran escenario para sus obsesiones relacionadas con la guerra de las razas y de los sexos

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Cualquiera que tenga una edad, recordará que hace unos años nadie consideraba que «mono» fue un insulto especialmente grave, ya fuese dirigido a una persona de raza blanca o negra. Los insultos más graves eran siempre los dirigidos contra la madre de uno, algo que justificaba plenamente pasar a los puños sin pasar por otras categorías intermedias. Hoy, en cambio, «mono» es lo peor que se le puede llamar a una persona, sobre todo de color, se entiende que por considerarlo un insulto «racista». Y, naturalmente, como impone la ideología progre, nada hay peor en el mundo que ser un racista; si acaso, ser un fascista racista.

Esta columna no pretende criticar a Vinícius, que por otra parte es un futbolista sensacional, pero sí a quienes, como él, utilizan su raza para convertir en racismo lo que no lo es. La gran mayoría de situaciones que el delantero brasileño atribuye al racismo no son más que pura rivalidad, antideportiva sin duda, pero en definitiva animada por el ánimo de descentrar e incomodar al rival. ¿Si se le llamase enano a un jugador de 1,40 m., eso no sería una forma de discriminación y de humillación pública? ¿Y llamarle «feo» a Frank Ribéry, por ejemplo, el scarface más famoso del balompié europeo durante años?, ¿no sería eso un trato vejatorio y humillante? Pues no, parece que no. El único insulto que la FIFA condena violentamente reprobable es la palabra «mono» dirigida a un deportista negro. Es el único insulto que puede parar e incluso suspender un partido de fútbol. Sólo el racismo importa.

Cuando el mundo era normal, los futbolistas negros eran como Wilfred Agbonavbare, mítico e inolvidable portero nigeriano que jugó en el Rayo Vallecano y que por desgracia falleció en 2015 debido a una enfermedad. Wilfred explicó en varias entrevistas cómo, en varios estadios españoles —incluido el Santiago Bernabeu—, el público le lanzaba plátanos, le profería toda clase de insultos relacionados con su raza, y cánticos lamentables como «negro, cabrón, recoge el algodón» o «Ku Klus Klan». Con absoluta naturalidad, el guardameta decía: «No pasa nada, yo soy futbolista y estoy concentrado en mi partido…, no pasa nada». Viendo el vídeo, efectivamente, daba la sensación de que a Wilfred le importaba más hacer bien su trabajo en el terreno de juego que los cánticos del público, aunque éstos tuvieran un indiscutible tufo racista. Es más, probablemente estuviera tan concentrado en el juego que ni siquiera les prestase atención.

¿Por qué Vinícius no actúa de la misma forma que Wilfred? Eso habría que preguntárselo a él. Lo que está claro es que la agenda woke y la ideología progre que imponen las élites —izquierdistas y masónicas, perdón por la redundancia— saben que el fútbol y el deporte como espectáculo cumplen a la perfección el papel de gran escenario para sus obsesiones relacionadas con la guerra de las razas y de los sexos, una vez defenestrada la lucha de clases. Suspender un partido porque un jugador, o un espectador del público, llama «mono» a un futbolista, o hacer que varios deportistas blancos se arrodillen ante otros de color, hubiera hecho que nuestros abuelos dudasen de la salud mental de todos ellos. Son majaderías que no tienen que ver con la razón, ni tampoco con el progreso social, sino con las ideologías buenistas que la progresía mundial nos ha impuesto como la dictadura global que es.

¿Cómo podemos saber si, en efecto, Prestianni dijo o no lo que Vinícius afirma que le dijo durante el último partido Benfica-Real Madrid? Es imposible, porque el futbolista argentino tapó su boca con la camiseta mientras, presuntamente, pronunciaba la palabra prohibida por la secta políticamente correcta, «hasta cinco veces», según dijo después Mbappé a los periodistas. ¿Qué hubiera pasado si se hubiese acordado de sus familiares muertos cinco veces?, ¿o si se hubiese reído de su prominente dentadura, o de sus peculiares gestos? Pues probablemente no hubiera pasado nada. No se habría detenido el choque durante diez minutos ni se habría advertido a los entrenadores de que existía la posibilidad de suspender el encuentro. ¿Tiene esto algún sentido, fuera de la extraña lógica que imponen las élites progres que manejan el mundo de hoy?

Vinícius es un gran futbolista que, en mi opinión, el Real Madrid debería vender cuanto antes. Lo dice un madridista de casi medio siglo de militancia que ha visto a enormes jugadores que, además, eran unos caballeros en el campo. Vinícius utiliza su raza para llamar racistas a quienes no lo son, para buscar una ventaja considerándose víctima de un delito inexistente; porque lo que él llama racismo no es más que rivalidad deportiva de personas con mala educación. El racismo es algo prácticamente residual en España, y desde luego no es un problema peor ni más grave que otros que sí afectan de verdad la convivencia pacífica de las personas. No aceptemos el marco ideológico que nos quieren imponer unos auténticos desalmados que utilizan a deportistas con poca formación y escaso andamiaje intelectual para lograr sus oscuros objetivos.

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