Primer plano

¿Es necesario mostrar a alguien enterrando a su padre para entender que está sufriendo?

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Nos hemos convertido en una sociedad incapaz de imaginar. No de fabular, eso lo seguimos haciendo con bastante entusiasmo, sino de imaginar de verdad, de reconstruir una escena con palabras, de entender un dolor contado sin necesidad de que nos lo pongan delante en primer plano y a todo color. Vivimos en una época que ya no confía en la narración y necesita pruebas gráficas, inmediatas, explícitas. Sin imagen no queda verdad y sin vídeo no existe emoción legítima.

No siempre fue así, o no exactamente así. Cuando alguien dibujaba mamuts en una cueva estaba intentando mostrar, dejar huella, fijar imágenes. Esa pulsión ha existido siempre, pero entonces había distancia. Hoy bastan un móvil, una conexión aceptable y un algoritmo con prisa. La tragedia llega antes que el duelo y la cámara antes que el silencio.

Estos días, como ocurre cada vez que la desgracia irrumpe, hemos visto noticias acompañadas de escenas que no deberían formar parte de ninguna crónica. Familiares llorando ante un micrófono, entierros retransmitidos, declaraciones pronunciadas en momentos en los que uno no está para declarar absolutamente nada. Al margen de una ética cada vez más difusa, la pregunta es más simple: ¿es necesario?

¿Es necesario mostrar a alguien enterrando a su padre para entender que está sufriendo? ¿Hace falta arrancar una frase a quien apenas puede articular dos palabras para completar una pieza de dos minutos? ¿Tiene algún valor informativo convertir un gesto íntimo en un plano general? Se dirá que es informar, que el público tiene derecho a saber. Pero saber qué, exactamente. Porque una cosa es contar una tragedia y otra muy distinta es exhibirla; una cosa es narrar un hecho y otra fabricar una experiencia emocional con materiales ajenos.

Un buen narrador no necesita imágenes. La literatura lleva siglos contando el dolor sin una sola fotografía. Joan Didion escribió uno de los libros más descarnados sobre la muerte de un marido sin mostrar una sola escena explícita. Gospodinov habla del padre que se apaga con una delicadeza que duele más que cualquier plano sostenido. Coetzee reconstruye la pérdida de un hijo sin una sola concesión al sentimentalismo. Son tres ejemplos que se me ocurren rápido, leídos hace poco, pero hay muchos más. Hace falta, eso sí, una combinación bastante exigente: palabras bien colocadas, ritmo, pudor, inteligencia y respeto, una lista que estos días parece casi excesiva.

Si un periodista necesita enseñar lo que está contando quizá es porque ya no confía en su propia narración o porque ha renunciado a narrar y se limita a señalar. Miren esto, miren cómo llora, miren cómo tiembla, miren qué bien funciona en redes.

Y no es sólo un problema de los medios. Sería cómodo, pero no justo, cargarles toda la culpa. Si existe esta búsqueda sistemática del detalle íntimo, de la escena más cruda, del dato que no añade información, es porque hay demanda. Alguien lo ve, alguien hace clic, alguien lo comparte, y en esa cadena mínima se decide qué merece seguir mostrándose y qué no.

Nos hemos acostumbrado tanto a convivir con tragedias, con suerte ajenas, que necesitamos subir el volumen para sentir algo. Antes bastaba una historia triste; ahora exigimos la textura exacta del dolor, sus restos, sus tiempos, sus gestos más privados. Conseguimos conmovernos cuando el sufrimiento es lo bastante explícito como para atravesar nuestra anestesia.

El periodismo, al final, da lo que el público pide o lo que cree que pide. Y así se construye un círculo perfectamente vicioso: el medio muestra, el público se acostumbra, el medio intensifica, el público exige más, y en algún punto nadie recuerda ya dónde estaba el límite. Una buena narración hace justamente lo contrario. Sugiere en lugar de mostrar, insinúa en lugar de exhibir, confía en el lector. Sabe que el dolor, cuando se explica demasiado, se vuelve obsceno, y que cuando se deja respirar se vuelve comprensible. Un buen narrador no te pone delante el cadáver, te hace sentir su ausencia.

Nosotros hemos decidido que no nos fiamos. Que si no lo vemos, no lo creemos, que si no hay imagen, no hay verdad. Hemos sustituido la palabra por la evidencia, la reflexión por la reacción, la narración por el impacto, y así convertimos las tragedias en contenido. Ya no hay tiempo para el silencio. Tal vez el problema no sea que los periodistas muestren demasiado, sino que nosotros ya no sabemos mirar de otra manera. Hemos perdido el músculo de imaginar, nos incomoda pensar sin estímulo visual, preferimos que nos sirvan el dolor con subtítulos.

Y sin embargo, lo más respetuoso que se puede hacer ante una desgracia es no mirarla demasiado. Dejar en paz a quienes están dentro y devolverles esa intimidad mínima que necesita el duelo para no convertirse en espectáculo. Porque una tragedia no es una serie, ni un directo, ni una galería: es un agujero en la vida de alguien, y eso no debería ser material de consumo.

Quizá algún día volvamos a confiar en las palabras, en su capacidad de sugerir sin invadir, de conmover sin exhibir, de contar sin violar. Mientras tanto, seguimos mirando. Y cuanto más miramos, más lejos estamos de entender.

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