‘El Mal’: la verdad da miedo

Buscar la luz en tan turbios caminos existenciales, muchas veces, no garantiza triunfos o recompensas, sino morder el polvo

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Tocaba ir a ver El Mal, la última entrega cinematográfica de Juanma Bajo Ulloa, tras su reciente aparición en Horizonte, el programa de Iker Jiménez, en el que amargamente revelaba y se rebelaba ante el triste —pero infinitamente subvencionado— panorama del cine español. Poderoso caballero es don dinero, aunque precisamente no son muchas las ganancias generadas por nuestras películas en su penoso paso por las carteleras. De los estatalmente dirigidos premios Goya ni hablamos. Visto lo visto, la ridiculez y el servilismo a «algunas» causas elegidas son más que aterradores elementos de disuasión a la hora de sentarnos frente al televisor.

Mi presencia en la sala era eso: una muestra de rebeldía y conformidad tras las palabras del cineasta y, al mismo tiempo, de apoyo y reconocimiento por la valentía de su crítica en tiempos tan duros para el cine independiente. Que conste en acta que ni siquiera recuerdo la última vez que pasé por taquilla para ver cine patrio.

Y la búsqueda del reconocimiento, del refuerzo del ego o la ostentación de la «hazaña» personal son razones de peso para que Elvira, periodista de segunda fila y escritora en ciernes, se atreva a atender la oferta de una perturbada y perturbadora Martín, inquietante y desequilibrado personaje, que pretende dar visibilidad a su pérfida trayectoria existencial a través de cuadernos personales dirigidos a ser la trama de la futura y exitosa novela de la autora.

La insaciable necesidad de ese reconocimiento en tiempos presentes, con el fuego alentado por las redes sociales, va de la mano de la imperiosa visibilidad precisada para, ¿cueste lo que cueste?, hallar el éxito con momentos de gloria obtenidos a la desesperada en enfrentamientos contra nuestro propio lado oscuro, ese cuyo reflejo no queremos aceptar ni confrontar por el temor primigenio que rige decisiones y designios de todo ser humano. Sin embargo, la tentación vive cerca, al lado, en nosotros mismos y somos capaces de, superando miedos o pesares, sumergirnos en lo más profundo de nuestra perdición hasta llegar a coquetear con las raíces del mal si el prestigio o, incluso, cualquier efímera ocasión de progreso así lo requieren.

De esta forma, escribir, descubrir y encubrir los crímenes de una asesina en serie —aparentemente inigualable en la historia— resultan tentadores para ejecutar la empresa de un potencial best seller literario al alcance del que es capaz de sacrificar dignidad y honor por poder y más poder.

Echando un vistazo a nuestros gerifaltes no tenemos que buscar mucho o, también, puede bastarnos el hecho de recordar aquella perdición de Macbeth por el trono de Escocia en la tragedia de Shakespeare o la mefistofélica transición demoníaca a un moderno símbolo de complejidad humana, el lado oscuro de la personalidad y la inquietud e incertidumbre en las que residimos.

Y en estas situaciones perdemos el rumbo, la concentración y la perspectiva real de nuestras vidas. Ni siquiera los que velan por nosotros; por ejemplo, Thomas, editor y protector de Elvira, en una doble vertiente profesional y afectiva, es capaz de lograr que el Bien triunfe ante una sucesión de derrotas en el continuo juego de espejos del largometraje.

El intento de buscar la luz en tan turbios caminos existenciales, muchas veces, no nos garantiza triunfos o recompensas, sino morder el polvo ante amenazas cuyas intenciones están a años luz de la verdad, la bondad, la belleza y un Bien al que, con el paso de los años, le cuesta salir de su escondite para guiarnos en la incertidumbre de una existencia que, por otra parte, cada día da más miedo por la preponderante y asfixiante presencia del mal.