Mirar como Atticus

Nos hemos acostumbrado a observar el mundo como si fuera una sucesión de titulares, cuando en realidad está hecho de historias

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Hay compras que no son compras. Son, más bien, decisiones silenciosas. Pequeños gestos que uno hace para recordarse quién quiere ser cuando mira el mundo.

Hace unos días me decidí a entrar en mi óptica de confianza con la tranquila intención de renovar las lupas que ya desde hace algún tiempo vienen acompañándome. Tenía alguna idea, y entre ellas —confieso que la más persistente— estaba el hacerme con unas Oliver Peoples, modelo Gregory Peck. El nombre no es casual. Y es que evoca inmediatamente a Gregory Peck, y con él a uno de los personajes más luminosos que ha dado el cine: Atticus Finch.

No hace falta ser cinéfilo para recordarlo. Basta haber visto una vez Matar a un ruiseñor para entender que Atticus no era un héroe de gestos grandilocuentes. Era otra cosa más rara. Era un hombre bueno. Y ser un hombre bueno, como sabemos, exige más valentía que muchas heroicidades.

Atticus era un abogado viudo que educaba a sus hijos en un pequeño pueblo de Alabama. Un hombre sereno, de voz tenue, con esa forma de hablar que no busca ganar discusiones sino iluminar conciencias. En una época convulsa, cuando la injusticia racial era casi una costumbre social, decidió defender a un hombre negro acusado falsamente. Sabía que perdería el caso. Sabía también que perdería la simpatía de muchos vecinos. Pero había algo que Atticus consideraba peor que perder: dejar de hacer lo correcto. Quizá por eso su figura se quedó grabada en la memoria de tantos espectadores. No porque fuera perfecto —sólo Dios lo es— sino porque encarnaba esa virtud cada vez más escasa que es la coherencia.

Las gafas de Atticus eran discretas. Redondas, ligeramente caídas hacia la nariz, como si el mundo mereciera ser observado con calma antes de ser juzgado. Cuando el abogado se las quitaba para hablar con sus hijos, uno tenía la impresión de asistir a una pequeña lección de vida. Había, podemos decir, una pedagogía en su forma de mirar.

Atticus no gritaba. No humillaba. No caricaturizaba al adversario. Simplemente intentaba comprender. Y esa actitud, que hoy parece casi revolucionaria, era la base de toda su autoridad moral. Recuerdo especialmente una frase que le dice a su hija Scout: «uno nunca comprende realmente a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista… hasta que se mete en su piel y camina con ella». Es una de esas frases que en su sencillez contienen un programa entero de convivencia humana.

Porque uno de los grandes problemas de nuestro tiempo quizá no sea la falta de información, sino la falta de mirada. Vemos mucho y entendemos poco. Opinamos rápido y escuchamos tarde. Nos hemos acostumbrado a observar el mundo como si fuera una sucesión de titulares, cuando en realidad está hecho de historias. Mirar como Atticus significa detenerse. Significa sospechar de las primeras impresiones. Significa aceptar que la verdad rara vez cabe en uno de esos titulares. Significa también tener el coraje de defender lo justo incluso cuando la mayoría mira hacia otro lado. Hoy vivimos en una época en la que casi nadie mira así. Se observa rápido, se opina rápido, se sentencia rápido. Las gafas, paradójicamente, parecen hechas para ver más y pensar menos. Pantallas por todas partes, ojos cansados, juicio inmediato.

Por eso me hizo gracia —y un poco de bien— salir de la tienda con un modelo que recuerda al de aquel abogado de Alabama. No porque uno vaya a convertirse en Atticus por ponérselas. Ojalá fuera tan fácil. Las gafas corrigen la vista; el carácter lo corrige la vida. Pero sí hay algo simbólico en elegir cómo queremos mirar.

Las gafas, al fin y al cabo, están muy cerca de los ojos, y los ojos nos llevan muy cerca del alma. Uno podría decir que hay monturas que corrigen la miopía y otras que, al menos simbólicamente, intentan corregir algo más profundo: la prisa moral con la que juzgamos a los demás.

Atticus enseñaba a sus hijos que el valor no consiste en ganar siempre, sino en empezar una lucha sabiendo que quizá la perderás y aun así seguir adelante. Esa lección, tan antigua como la dignidad humana, parece hoy más necesaria que nunca. Porque la justicia —como la buena vista— requiere paciencia.

No sé si estas gafas ayudarán mucho a eso. Probablemente no. Probablemente tampoco me hagan mejor abogado —cachis—. Pero al menos cada vez que me las ponga recordaré que la mirada también es una forma de responsabilidad. Porque hay miradas que condenan, miradas que pasan de largo y miradas que sostienen al otro. Atticus Finch eligió siempre la última. Quizá por eso, más que un personaje de cine, Atticus Finch sigue siendo una conciencia.

Y en estos tiempos —donde la claridad moral parece más borrosa que la miopía— quizá no esté mal intentar, aunque sea un poco, mirar el mundo como él. ¡Bienaventurados los limpios de corazón! ¡Bienaventurado Atticus Finch!