Ventajas de ser un optimista irremediable

Un optimista va por la vida con la extraña sensación y la firme convicción de que la moneda va a caer de cara

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Siempre me ha parecido una historia muy reveladora la de aquellos parroquianos que, preocupados por la falta de lluvia para regar sus cosechas, pidieron encarecidamente a su cura hacer una oración colectiva para pedirle a Dios un cambio en la meteorología.

A pesar de sus reticencias iniciales, el cura accedió finalmente a celebrar este acto. Pocos días después, todo el pueblo se encontraba reunido en un gran solar, a las afueras del pueblo. Acudieron prácticamente todos, pues la necesidad era muy acuciante y generalizada. El último en llegar al lugar de la reunión fue el propio cura. Observó brevemente a su parroquia y, abatido, como si, tras sospechar que todo eso era una gran pérdida de tiempo, lo hubiese confirmado con solo un vistazo, se dio medio vuelta dispuesto a marcharse.

La razón es que, pese a haber quedado en terreno alejado (descampado, a unos veinte minutos andando de la primera casa del pueblo) para pedir que lloviese, nadie se había llevado un paraguas para la vuelta. Es decir, nadie creía realmente que se fuese a poner a llover.

Yo siempre me he considerado un optimista irremediable. Confío de una manera frívola e irresponsable en que las cosas siempre se van a acabar resolviendo. Como los finales de la trilogía de El Padrino. Soy de los que piensan que, si uno hace lo que tiene que hacer, las cosas se acaban colocando. Pero hay que ser coherente.

El tema de las expectativas es, probablemente, uno de los más recurrentes en textos y artículos de opinión. Hay quien piensa que lo mejor es no esperar nunca nada, para evitarse una decepción y para poder alegrarse con casi cualquier cosa. En una de las columnas que componen Barraca y Tangana, el periodista Enrique Ballester comenta que una de las mejores cosas que se pueden hacer en una entrevista de trabajo es ir con zapatillas de velcro, para que no puedan esperar del entrevistado ni siquiera que sepa atarse los cordones. Partiendo de ahí, todo serán logros.

Sin embargo, yo pienso que, cuanto más espera uno, más puede conseguir. Si tiene fe en ello, claro. Si uno pide lluvia, tiene que salir de casa con paraguas. No sé si ser optimista es bueno o malo pero, como dice Enrique García-Máiquez, serlo permite, al menos, ver el lado bueno del optimismo.

Un optimista va por la vida con la extraña sensación y la firme convicción de que la moneda va a caer de cara, de que el tema que no dio tiempo a estudiar no entrará. Que hará buen tiempo el fin de semana. Que, al final, nos reiremos de todo esto. Zidane era un optimista empedernido y pasará a la historia —como entrenador— por la famosa flor. Por ser un tipo con suerte. Y nada más. Lo que no es tan conocido es que, para ser optimista en los tiempos que corren, hay que tener más que grandes expectativas. Hay que estar realmente loco. O saber algo que los demás no saben.

Will Munny explicaba en Sin Perdón que el secreto para vencer —y no morir en el intento— en un tiroteo era no perder la calma. Desenfundar con cuidado, apuntar y disparar. Un hombre, una bala. Cuando todo el mundo empieza a ponerse nervioso pensando en cómo se acabará todo, el optimista espera, confiado, en que la moneda caerá de cara una vez más. Y lo más importante de todo: cuando las cosas finalmente se resuelven, el optimista está preparado. Y abre su paraguas al sentir en la cara las primeras gotas de lluvia.