Hay un argumento contra este conflicto que no es moral ni estratégico. Es democrático. Y es el más sólido de todos ya que son ellos mismos los que se vanaglorian de defender la democracia. ¿O es otra cosa?
Ningún ciudadano americano ha votado por esta guerra. Ningún parlamento occidental la ha debatido con la transparencia que una decisión de esa magnitud requiere. La implicación de los Estados Unidos ha crecido por acumulación silenciosa de compromisos previos, no por una decisión soberana y deliberada de su población.
Es la diferencia entre una potencia que actúa conforme a su modelo y una potencia que ha permitido que su política exterior sea solapada por intereses que no representan a su ciudadanía.
Las encuestas lo dicen todo. Una mayoría de ciudadanos americanos se opone a la implicación militar directa de su país en una guerra con Irán. Esa mayoría incluye votantes demócratas y republicanos de base. Es uno de los pocos temas en que el electorado americano se entiende en este momento. Y, sin embargo, Washington sigue adelante. Como si esa mayoría no existiera. Como si la opinión de quienes pagan los impuestos y envían a sus hijos a morir por Dios sabe qué fuera un dato irrelevante.
Cuando esa ciudadanía empieza a preguntarse por qué deben morir soldados americanos por objetivos que no son nada claros, es que algo falla. Uno puede querer morir por su país, pero morir por otro o por los bolsillos de otros es algo muy diferente.
Los verdaderos vencedores
Mientras el debate en Occidente se centra en si la ofensiva cumple sus objetivos militares, los actores que más tienen que ganar con este conflicto no son ninguno de los beligerantes directos.
Son Rusia y China. Y ninguno de los dos ha tenido que disparar un solo tiro.
Rusia lleva más de cuatro años soportando el peso de sanciones occidentales diseñadas para asfixiar su economía. El crudo y el gas, que son el nervio de sus finanzas públicas, han encontrado compradores alternativos en Asia, pero a precios que reflejaban su posición debilitada. La guerra contra Irán cambia ese mapa de manera radical. Las perturbaciones en el mercado energético, el cierre potencial del Estrecho de Ormuz, la prima de riesgo que se dispara sobre el crudo del Golfo, etc. todo eso fortalece la posición negociadora rusa y eleva el precio del petróleo que Moscú vende. Una victoria inesperada. Gratuita. Sin coste alguno para el Kremlin.
China observa con la paciencia característica de quien juega a largo plazo. Lo que ve es a su principal adversario estratégico destruyendo metódicamente su capital diplomático en una región donde Pekín lleva años construyendo presencia económica a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Los acuerdos de Abraham, que parecían reconfigurar el mapa de alianzas en favor americano, se evaporan en el calor del conflicto. Arabia Saudí, los Emiratos, Qatar: ninguno puede permitirse el coste doméstico de aparecer alineado con una ofensiva que sus propias poblaciones perciben como una agresión. China no necesita hacer nada. Le basta con esperar. Y Pekín tiene una paciencia que Washington nunca ha tenido.
El colapso de la legitimidad occidental
Hay una dimensión de este conflicto que los análisis puramente militares o económicos no recogen. Es la dimensión de la legitimidad. Y es, a largo plazo, la más importante de todas.
Las grandes potencias no se sostienen solo por su capacidad de coerción. Se sostienen por la aceptación, aunque sea parcial, de las reglas del orden internacional que proclaman defender. Cuando esa aceptación se ve mermada, el poder material —también militar— se vuelve cada vez más costoso de ejercer. Más caro. Más agotador. Más frágil.
Los Estados Unidos y sus aliados europeos construyeron durante décadas un orden basado en principios que ellos mismos enunciaron: soberanía nacional, derecho internacional humanitario, responsabilidad de proteger a las poblaciones civiles, multilateralismo institucional. Esos principios se invocaron para intervenir en Kosovo. Para justificar la invasión de Irak. Para sancionar a Rusia tras Ucrania. Su credibilidad dependía de que se aplicaran de manera consistente. De que fueran principios, no pretextos.
Para ser honestos, pocos se creían ya eso desde bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Esos argumentos eran las reglas de un juego que había que jugar, pero no es que fueran del gusto de muchos. El problema viene cuando el que impone las reglas se las salta deliberadamente una vez tras otra.
Este conflicto ha producido escenas —bombardeos sobre infraestructura civil, víctimas documentadas entre población no combatiente— que en cualquier otro contexto habrían generado una respuesta occidental enérgica. Sanciones. Resoluciones. Comunicados de condena. El hecho de que no la generen no pasa desapercibido al resto del mundo. Es más, no pasa desapercibido a nadie.
Rusia invadió Ucrania, pero Israel acomete “incursiones defensivas” en Siria o Líbano. Rusia invadió Ucraia, pero Israel es el muro de contención frente al Islam en la región mientras apoyan al terrorista yihadista en Damasco. Las fallas en la lógica ya no pueden sostenerse más.
El resto del mundo (eso que algunos no asocian a “mundo libre), que ya venía resistiendo las narrativas occidentales desde Irak, dispone ahora de argumentos renovados para rechazar la pretensión de que Occidente representa un orden basado en reglas. Lo que representa, desde esa perspectiva, es un orden basado en reglas que se aplican selectivamente según quien las viole. Eso no es un orden. Es una jerarquía de impunidades.
Las armas se reponen. Los presupuestos se reconstituyen. Las alianzas se renegocian. La legitimidad moral, una vez perdida ante audiencias globales que la han visto perder en directo, tarda generaciones en reconstruirse. Si es que se reconstruye.
La trampa de la victoria total
Hay una lógica que ha guiado la política israelí durante décadas y que esta guerra lleva a su expresión más extrema. La lógica de la victoria total como único resultado aceptable. No la disuasión. No el equilibrio. No la coexistencia negociada. La eliminación de la amenaza. La neutralización definitiva del adversario. El todo o nada.
Es comprensible. La historia del pueblo judío justifica una desconfianza profunda hacia cualquier solución que no sea la seguridad absoluta. La geografía de un Estado pequeño, rodeado de actores hostiles durante décadas, refuerza esa lógica. Nadie que entienda esa historia puede descartarla sin más. Pero comprensible no es lo mismo que funcional, y esa lógica produce consecuencias que acaban volviéndose contra sí mismas.
Un Irán sin capacidad nuclear no es necesariamente un Irán reconciliado con Israel. Es un Irán humillado. Noventa millones de personas con una larga memoria histórica y con incentivos renovados para construir las capacidades que no pudo proteger. Persia es mucha Persia.
Puede que esta operación retrase el programa nuclear iraní diez años, pero a un coste regional que probablemente acelera el tiempo en que algún otro actor de la zona llegue a esa capacidad.
Y luego está la pregunta que cualquier analista serio debería plantearse. ¿Qué sigue después de Irán? Cada victoria militar israelí en las últimas décadas ha venido acompañada de otro conflicto militar en el horizonte. Tras Gaza, el sur del Líbano. Tras el Líbano, Siria. Tras Siria, Irán. La expansión del perímetro de seguridad que Tel Aviv considera necesario no tiene, en su lógica interna, un punto de cierre evidente (porque tampoco lo hay), y eso genera en sus vecinos —incluidos algunos que hasta hace poco mantenían relaciones pragmáticamente constructivas con Israel— la percepción de que no hay posición que sea suficientemente segura para ellos.
Esa percepción es el mejor aliado del radicalismo. Siempre lo ha sido. Es fácil destruir. Construir ya es harina de otro costal.
Trump y la derecha occidental: el crédito dilapidado
Hay una ironía en todo esto que duele especialmente si uno ha seguido con atención la política occidental de los últimos diez años.
Trump y la derecha populista construyeron su credibilidad precisamente sobre la crítica al intervencionismo liberal. Las guerras de Blair y Bush en Irak y Afganistán. El multilateralismo vacío y burocrático de la era Obama. La ingeniería social exportada por la fuerza. La arrogancia de una clase política que declaraba guerras sin consultarle a nadie y luego presentaba la factura a los ciudadanos. Era una crítica con mucho de legítimo. Fue un eco que resonó en las cabezas de millones de personas hartas de pagar guerras que no habían elegido y que no servían a sus intereses.
Ese capital político —construido con paciencia, en ocasiones con coraje frente al consenso dominante— está siendo dilapidado ahora a una velocidad que marea.
La administración Trump, que llegó al poder prometiendo no repetir los errores de sus predecesores en Oriente Medio, se encuentra apoyando una ofensiva que reproduce exactamente los patrones que criticó. Intervención militar que nadie ha votado. Desprecio del derecho internacional cuando conviene. Primacía de los intereses de un aliado sobre los intereses americanos. Ausencia de estrategia de salida. Y ninguna definición clara de qué constituye el éxito, más allá de los comunicados de victoria y de mucha, mucha propaganda.
El resultado es previsible. Una parte de la base electoral que apoyó a Trump por su promesa de “América primero” (America First) se encuentra viendo cómo su gobierno financia y cubre diplomáticamente una guerra que ningún americano votó. Ahora al movimiento lo llaman “Israel First” (Israel primero).
La fractura en el interior del movimiento conservador americano es indudable, documentada en encuestas y constabtable en voces cada vez más numerosas que se preguntan en qué momento el soberanismo se convirtió en subordinación a los intereses de Tel Aviv. Es una pregunta para muchos incómoda, incluso suicida. Y que se formule desde dentro de la derecha dice mucho de lo que está pasando. Durante una reciente intervención en el canal del coronel Pedro Baños dije, y con razón, que “el mito de Israel ha muerto”.
Lo que el mundo no olvidará
Las guerras terminan. Los recuerdos son difíciles de borrar. Lo que este conflicto está produciendo en la memoria colectiva de cientos de millones de personas en el mundo árabe, musulmán y en el mundo “no libre” es un sentimiento que tardará décadas en desaparecer.
No porque esas personas apoyen al régimen de Teherán. Muchas de ellas lo detestan con razones evidentes, sino porque lo que están viendo no es una guerra contra una teocracia represiva. Es una potencia regional, respaldada por la mayor capacidad militar del planeta, atacando a un país de noventa millones de personas incluso llamando a su exterminio. Y todo eso, en tiempo real, en las pantallas de todo tipo en todo el mundo.
Ahí está la diferencia fundamental con las guerras del siglo pasado. La información ya no puede ser controlada. En 1991, la Guerra del Golfo pudo ser presentada durante semanas como una operación quirúrgica y limpia porque los medios dependían del acceso que el Pentágono les concedía. En 2026, hay cámaras en todos los bolsillos. Hay redes sociales que distribuyen imágenes en segundos. Hay audiencias que han aprendido, bien o mal, a comparar narrativas y a desconfiar de la versión oficial (al fin).
La gestión de la percepción, que fue el arma más poderosa de los Estados Unidos durante la Guerra Fría, ya no funciona con la misma eficacia. El mundo ya no ve lo que Washington decide mostrarle. La cuestión no es si era o no evitable, sino cuándo ocurriría.
Lo que el mundo no olvidará de este conflicto no es quién ganó militarmente. Es qué tipo de orden internacional quedó en pie al terminar. Si ese orden es percibido —con razones sólidas, en este caso— como uno en el que las reglas se aplican a unos y no a otros, la legitimidad que queda es tan frágil que el siguiente conflicto puede derrumbarla por completo. Y siempre hay un siguiente conflicto. ¿Cuándo? Me temo que pronto lo sabremos.


