Disenso y sosiego

Ha llegado el momento de poner pie en pared

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Hemos probado lo de tratarnos como canallas: no ha funcionado. Tenemos que reconocerlo tomar una senda distinta. La confrontación sistemática, el insulto barato, la descalificación constante, el zasca: de esa niñatería hemos quedado ahítos y toca pasar página. Ese modo de conducirnos en las redes sociales no nos ha hecho más libres ni más inteligentes, y ha expulsado a personas muy interesantes de unos foros que, medio bien llevados, son magníficos. Los malos modos nos han dejado agotados, y hoy en día sólo los gozan los mediocres que en el lodazal han construido un personaje inaudito y quienes mezquinamente hacen caja con este dislate.

Nos consta que hay un tema de autoestima en el fondo: quienes entran como cabestros en estas redes suelen tener autoestimas malheridas. Nos consta que la sobreactuación, el victimismo y el fundamentalismo fanático son estrategias para vencer ciertas inseguridades interiores. Pero nos consta igualmente que a la larga nada se cura, en cuanto a la pequeñez personal, fingiendo ser un adalid de esta o aquella causa que reparte mandobles en X. Quien machaca al otro para sostenerse a sí mismo está suplicando atención, y por eso hay que responder, incluso al insulto, con misericordia. Pero no podemos seguir bloqueando y ya está, porque esa gente va a seguir hundiéndose si no hacemos algo.

Tenemos que dejar de saltar con aspereza ante quien nos rebate. ¿Hay algo más bonito que el disenso? El consenso es ansiolítico: apacigua, produce una hormona unitiva —pensamiento grupal, pertenencia a la tribu—, etcétera; también es a la larga aburrido. Y peligroso: adocena, siega la creatividad y arruina el pensamiento crítico. Necesitamos que intenten refutarnos; el juicio que no se enfrenta a la contradicción termina convirtiéndose en un dogma muerto que aireamos por inercia. El disenso, en cambio, obliga a pensar y contribuye a que maduremos. Sólo si mi teoría sobre el mundo —eso hacemos sin descanso, con mayor o menor fortuna: teorizar, es decir, especular cómo funciona un pedazo del mundo— es puesta a prueba puedo saber si es sólida y debo atenerme a ella. Quien la quiere derribar es hierro que por contacto afila mi hierro; gloria bendita. El consenso perpetuo, en cambio, es una soporífera siesta intelectual y moral: nos deja tranquilos, pero amodorrados.

¿Queremos pensar bien o para parecer unos genios? Lo primero sólo se puede hacer si uno se presta a debatir sus ideas. Sócrates, al que apodaban «el tábano», incomodaba, no asentía; y fue precisamente su incomodidad la que sembró una tradición cultural que todavía hoy nos interpela y el método esencial de la filosofía: la dialéctica. «La libertad de opinión es una farsa si la información sobre los hechos no está garantizada y si no son los hechos mismos los que están en discusión», escribe Hannah Arendt en Entre el pasado y el futuro. Quien nos contradice, nos mejora, incluso si su intención es torcida.

Estas pseudotertulias vergonzantes que nos hemos dado, en televisión y ahora en ciertas plataformas, en la que gente que no sabe nada de nada pontifica desde dos extremos del cuadrilátero y se atiza con sus respectivas ignorancias, ¿podríamos también darles finiquito? Antes de que alguien se rompa la camisa sin motivo, diré que no abogo por prohibir nada: estoy diciendo que nos miremos al espejo y reconozcamos que, si nos divierten, tanto más nos envilecen. Cada vez que sostenemos que ese morbo de baja estofa que nos proporciona la vulgaridad enfrentada la requerimos por ser humanos, nos mentimos.

El sosiego es elegante. Transmite tanta seguridad como ansiedad el desasosiego. Hay una estética del sosiego que hemos perdido. En la escombrera de la desatención argumentar sin estridencias parece menos brillante; pero basta parpadear y pensar unos veinte segundos para comprender que la violencia verbal es el último recurso del incompetente. La gente que grita rara vez tiene razón. Y quien la tiene y aun así se dirige a los demás con suficiencia y bordería, queda desautorizado. Antes de escribir un tuit, ¿sería mucho pedir entender que nos dirigimos a alguien a quien casi nunca conocemos? Leemos lo que alguien tuiteó y enseguida lo clasificamos: liberalio, facha, rojeras, moderadito. ¿De verdad nos compensa simplificar de manera tan burda? La democracia —esa palabra que tanto invocamos— vive del matiz y muere del eslogan. Convertir al adversario en enemigo es de primero de cobardía, cuando de dialogar se trata.

Hagamos examen de conciencia antes de vomitar tonterías. ¿Somos «de derechas» o «de izquierdas», alardeamos de ideología? Bien: quien sea de ese palo llevará la penitencia en el pecado. Pero ni soñemos que todo el mundo es así, hemipléjico moral, como decía Ortega: es bien bobo pretender que todos comparten nuestros defectos para que nos avergüencen menos. También convendría recordar que las redes sociales no son una taberna sin ley, sino una plaza pública ampliada. ¡Es polis, X, por Dios bendito! Cada mensaje que lanzamos es una piedra o una semilla para la convivencia. Cualquiera que haya recorrido España sabe que los españoles no nos odiamos; que lo que hay es gentuza en ultramar ganando pasta con lo de enfrentarnos y una sucursal de voceros y politicastros que hacen en nuestro suelo otro tanto. Este odio factura ya demasiado: tenemos ya que pararlo.

Disentir con elegancia no implica pusilanimidad, sino fortaleza. Es más fácil sumarse al coro que desafinar con argumentos propios; más sencillo etiquetar que escuchar; más rentable indignarse que matizar. ¿Y qué tal si la próxima vez que acusemos al otro de incomprensión lectora revisamos nuestra expresión, por si es mejorable? Todo desencuentro puede deberse a uno de estos dos fallos: no ser hábil comprendiendo o no ser hábil al expresarse. ¿Cómo hay que tener de grande el ego para no plantearse jamás si es uno el que ha trastabillado con las teclas? Hay una escena en la película El gran Lebowski en que el Nota le dice a un provocador: «Eso es sólo tu opinión, tío». La frase se ha convertido en meme, pero esconde una sabiduría real: no toda batalla merece nuestra energía.

En la película Doce hombres sin piedad, un solo jurado sereno, el número ocho, armado únicamente de preguntas y paciencia, desmonta la prisa vengativa de los otros. No humilla, no reduce, no exhibe superioridad moral alguna: duda en voz alta y encamina el trance a su punto más justo. Ese es el poder del disenso civilizado, y está a nuestro alcance. «Los grandes asuntos merecen la perplejidad y la reflexión, pero no la fe ciega» —escribe Juan Villoro en Efectos personales—. «La duda es el máximo auxiliar del hombre de ideas. Hay que desconfiar de lo que uno piensa y más aún de lo que uno escribe»; quien no pueda atenerse a este principio, ensucia nuestra comunidad con su cerrazón fanática.

Cuando el anonimato invita a la impunidad, nos corroe. No dar la cara no nos exime de responsabilidad, sin embargo. Decía Albert Camus que la integridad no necesita reglas; y cuando las luces se apagan, y el smartphone o el ordenador dormitan, aún tenemos que poder mirarnos al espejo. No hace falta decir que esa bronca que supuestamente nos empodera porque nos enerva termina haciéndonos polvo. El problema no es la ausencia de normas externas, sino la falta de exigencia propia. Nos autodisculpamos a un ritmo que nos espanta en los otros. Si uno necesita un policía digital para comportarse decentemente —y siempre habrá un gobierno que lo intente—, el problema no es la red: es el carácter.

«Si alguien consigue irritarte, sabrá que eres su esclavo»; palabra de Marco Aurelio. No aticemos ni aunque nos aticen. Si queremos una sociedad menos crispada, empecemos por la yema de nuestros dedos sobre el teclado. El disenso puede ser hermoso si está habitado por la verdad y la cortesía. El sosiego puede ser revolucionario si se planta, firme y sereno, frente al ruido. Poner pie en pared, hoy, consiste en eso: en negarnos a gritar cuando el mundo nos empuja a hacerlo, y en elegir, deliberadamente, el coraje de la calma. No se trata de ser tibio ni de evitar el conflicto necesario; se trata de distinguir entre el debate que nos hace enseña y el estrépito que nos destruye. Esa distinción, hoy más que nunca, es un acto de resistencia revolucionario.