El pasado 8 de marzo, Granada no sólo celebró una fecha, sino un milagro que cumple casi cinco siglos. Se conmemoró el Aniversario Jubilar de la muerte de San Juan de Dios, el “loco de Granada”, el hombre que transformó el dolor en esperanza y la locura en la más profunda de las caridades. En los rincones de Granada, donde sus pies descalzos marcaron la piedra, aún resuena el eco de su grito de guerra: “Haceos bien a vosotros mismos, hermanos, dando limosna a los pobres”. En este año de Gracia, la ciudad se convirtió en el epicentro de un legado que transformó la medicina, la caridad y la historia del hombre.
La vida de San Juan de Dios (1495-1550) es una balada épica. Fue un hombre de mil oficios: pastor en las montañas de Portugal, soldado de los Tercios del Emperador Carlos V en la defensa de Fuenterrabía contra las tropas francesas, posteriormente frente a las murallas de Viena –sitiada por los turcos- y vendedor ambulante de libros en Gibraltar y Granada. Pero su verdadera batalla comenzó en Granada en 1539: Tras escuchar a San Juan de Ávila sufrió una conversión de fuego. Despojado de su ropa y de su razón a ojos del mundo, fue encerrado en el Hospital Real. Allí, donde sufrió los brutales tratamientos de la época (azotes, duchas frías, el látigo de los celadores), Juan no encontró la locura, sino su misión: “Que Dios me dé tiempo para fundar un hospital donde los pobres sean tratados con el amor que merecen”. Allí trató con los enfermos y mendigos, fue ordenando sus ideas y su espíritu mediante la reflexión profunda. Se cuenta que durante un incendio en el Hospital Real, Juan entró entre las llamas una y otra vez para sacar a los enfermos en hombros. Salió ileso, con las ropas quemadas pero la piel intacta, cruzando el fuego como si fuera brisa. Tras esto peregrinó al santuario de la Virgen de Guadalupe en Extremadura. Allí maduró su propósito y a los pies de la Virgen prometió entregarse a los pobres, a los enfermos y a todos los desfavorecidos. Fue el propio obispo de Granada, quien al ver su entrega total, le cambió el nombre de Juan Ciudad por el de Juan de Dios.
Antes de ser conocido como el padre de la hospitalidad, Juan fue un humilde librero en Granada. En la emblemática calle Elvira, cerca de la Puerta de Elvira, abrió una pequeña librería. No era un negocio común: No buscaba oro, sino sembrar consuelo. Allí, entre estanterías humildes, ofrecía estampas y libros de oración a quienes no tenían nada. Hoy, en ese mismo lugar, se alza la Capilla de San Juan de Dios, un rincón sagrado que custodia un altar dedicado a su memoria, recordando que su misión comenzó con la palabra y el conocimiento.
Juan de Dios no se limitó a rezar, diseñó su futuro. Antes de él, los hospitales eran antesalas de la muerte. Juan impuso métodos de atención pioneros en su época que fueron una revolución tanto logística como humanística: clasificando a los enfermos por dolencias para evitar contagios, acabó con la practica inhumana de hacinar a tres o cuatro moribundos en un sólo lecho, acomodándolos en cama individual. Entendió que el enfermo no sólo es un cuerpo, sino un alma. Atendía la higiene, la alimentación y el consuelo espiritual con la misma urgencia, instaurando el cuidado integral que hoy es la base de la enfermería mundial.
En el Archivo-Museo San Juan de Dios (Casa de los Pisa), el lugar donde el santo entregó su alma a Dios, la tradición del libro continúa de forma heroica. La Feria del libro Solidaria que allí se celebra de forma perenne es un evento donde la cultura se convierte en alimento. Son libros que salvan vidas. Cientos de ejemplares donados se ofrecen a precios simbólicos para que la recaudación sostenga los proyectos de la Orden Hospitalaria de San Juan De Dios (OHSJD). Siendo el homenaje más puro y bonito al Juan librero: usar la palabra escrita para llenar el plato del hambriento. Así, en el corazón de Granada, el Comedor Social de San Juan de Dios es la prueba de que el santo sigue vivo. Cada día, personas en situación de vulnerabilidad reciben no sólo un menú caliente, sino el respeto de ser llamados “hermanos”. Es un lugar donde no hay juicios, sólo hospitalidad.
El 8 de marzo de 1550, a los 55 años, murió Juan de Dios en Granada, víctima de una pulmonía a consecuencia de haberse tirado al rio Genil para salvar a un muchacho de morir ahogado que, aprovechando la crecida del río, había ido para recoger leña pero se cayó en medio de la corriente. Se dice que sintiendo que llegaba su final en la Casa de los Pisa, se levantó de su lecho, se puso de rodillas y, abrazado a un crucifijo, exhaló su último suspiro, sin haber dejado de cuidar a los demás ni un solo segundo. Murió como vivió: en combate espiritual y absoluta humildad.
De su sacrificio nació la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Quienes como centinelas de la misericordia, no empuñan el acero, sino el consuelo. Su armadura es el hábito y su campo de batalla el lecho del sufriente. En la hora de las sombras, cuando el miedo dicta la huida, los Hermanos de San Juan de Dios, son como murallas de caridad, abrazando la Cruz en el cuerpo del enfermo. La Orden es una hermandad que hoy cuenta con más de 400 centros en 55 países, en los cinco continentes. No son sólo religiosos; son médicos, enfermeros y voluntarios que son baluarte en salud mental. Sus centros funcionan como hogares que fomentan la autonomía del paciente y ofrecen apoyo multidisciplinar a familias afectadas por la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). La labor social de la Orden alcanza también los suburbios, con programas de drogodependencia que eliminan el estigma y construyen puentes hacia la reinserción. Luchan contra el ébola en África.
San Juan de Dios fue beatificado por el Papa Urbano VIII el 1 de septiembre de 1630 y canonizado por el Papa Alejandro VIII, el 16 de octubre de 1690. Fue nombrado santo patrón de los hospitales, enfermos, bomberos y libreros.
El 8 de marzo es una fecha que llama a la acción. El cruzar la Puerta Santa de la Basílica de San Juan de Dios es un compromiso con la humanidad. En la Eucaristía de clausura del Año Jubilar concedido por la Santa Sede a la Orden en el 475 aniversario de la muerte del santo y copatrono de la ciudad de Granada, el Arzobispo, Mons. José María Gil Tamayo habló de la locura en el amor a Dios a la que llegó el santo y de su testimonio que hoy llega a nosotros: “El mensaje de Juan de Dios es un legado, es un estilo, es una manera de ser, es una apertura al otro, es un salir a dar la mano a quien lo necesita, y no conformarnos con encerrarnos en nosotros mismos, en un bienestar egoísta”. Sin duda, el fuego de Juan de Dios nunca se apagará mientras haya un hombre que sufra y otro que se incline para ayudarlo.


