Hay guerras que se ganan en el campo de batalla y se pierden en la historia. No es una paradoja literaria. Es lo que ocurre. La ofensiva israelí contra Irán, respaldada política, logística y financieramente por los Estados Unidos, avanza con una eficacia que nadie discute. Infraestructuras nucleares dañadas o destruidas. Cadena de mando iraní desarticulada en varios puntos. Supremacía aérea confirmada…
Todo eso es cierto, pero hay una cuestión que debería quitar el sueño a los estrategas en Tel Aviv y en Washington, y que rara vez aparece en los partes de victoria: ¿qué tipo de mundo están construyendo al ganar?
Porque la respuesta a esa pregunta es realmente la importante. Lo que este conflicto está produciendo, con una claridad casi didáctica, es exactamente lo contrario de lo que sus promotores necesitaban. Mayor aislamiento internacional de Occidente. Fortalecimiento de los polos alternativos de poder global. Desgaste acelerado de la credibilidad americana. Y la consolidación de una narrativa —la de un Oriente Medio sometido por la fuerza— que alimentará el resentimiento durante generaciones. Generaciones. No años.
Conviene decirlo con claridad antes de seguir: esto no es una defensa del régimen iraní. Pero una cosa es lo que Irán merece y otra, muy distinta, lo que esta guerra va a producir. Y lo que va a producir no tiene nada que ver con la seguridad de nadie.
El Imperio más corto
La hegemonía americana fue, en términos históricos, asombrosamente breve. Un parpadeo.
Desde el colapso soviético en 1991 hasta aproximadamente la invasión de Irak en 2003, los Estados Unidos disfrutaron de un momento unipolar sin precedentes modernos. Sin rival militar real. Con el dólar como reserva universal. Con la democracia liberal como modelo exportable y con unas instituciones internacionales —FMI, Banco Mundial, OTAN, OMC— diseñadas para reflejar y perpetuar sus intereses. Era el fin de la historia, decían. El momento americano, definitivo e irreversible.
Duró doce años. Quizás menos.
Y su erosión no fue obra de ningún enemigo externo. Fue una destrucción propia, metódica, casi incomprensible en su irracionalidad. Afganistán. Irak. Las prisiones clandestinas. Abu Ghraib. Guantánamo. La crisis financiera de 2008, fabricada en Wall Street y exportada al mundo entero. La retirada caótica de Kabul en 2021, retransmitida en directo ante una audiencia mundial que no podía creer lo que estaba viendo. Cada uno de esos episodios fue, por sí solo, manejable.
Sin embargo, su acumulación creó un problema mucho más grave que cualquier derrota puntual: la demostración empírica de que los Estados Unidos no eran ni tan poderosos como pretendía ni tan virtuosos como se autoproclamaba.
Lo que ha ocurrido en Oriente Medio y Asia Central desde principios de siglo es, visto con perspectiva, un desgaste de 360 grados. Desgaste militar: el coste humano y económico de guerras que no terminan nunca. Desgaste moral: las violaciones documentadas del derecho internacional que hoy nadie puede negar (un derecho completamente desactivado, por otro lado). Desgaste financiero: un billón (español) y medio de dólares gastados en conflictos que no produjeron ninguno de sus objetivos declarados. Y desgaste de credibilidad, que es el más difícil de cuantificar y el más difícil de recuperar. Porque la credibilidad, una vez rota, no se repara con un comunicado de prensa o un par de vídeos enfocados a adultos con mentalidad infantil.
The best ally
Ningún análisis honesto del papel de los Estados Unidos en Oriente Medio puede esquivar esta cuestión. No hay forma de hacerlo siendo intelectualmente honesto.
La relación entre Washington y Tel Aviv ha modelado de manera determinante las decisiones americanas durante décadas. Los datos son conocidos, pero raramente se presentan juntos.
Desde 1948, Israel ha recibido de los Estados Unidos más ayuda exterior que ningún otro país del mundo: más de trescientos mil millones de dólares en términos ajustados a la inflación, según el Congressional Research Service. Transferencias de tecnología militar de primer nivel. Cobertura diplomática sistemática en el Consejo de Seguridad de la ONU, incluyendo más de cincuenta vetos americanos a resoluciones críticas con Israel. Apoyo político en administraciones de ambos partidos, sin excepción significativa en setenta años.
Y a cambio, ¿qué han obtenido los Estados Unidos? Aquí es donde el análisis se complica. Los defensores de la relación señalan la cooperación en inteligencia, el valor estratégico de un aliado estable en una región inestable, y la dimensión moral de apoyar a una democracia. Son argumentos que algunos podrían considerar más que suficientes. Pero hay que contrastarlos con lo que la relación ha costado: el resentimiento de cuatrocientos millones de árabes que identifican a los Estados Unidos con la política israelí. La imposibilidad de construir alianzas genuinas con actores moderados de la región. Y el combustible narrativo que ha proporcionado a los movimientos radicales durante décadas. Un combustible gratuito, renovable e inagotable.
El AIPAC (el lobby pro-israelí más influyente de Washington) ha sido durante décadas uno de los grupos de presión más eficaces de la historia política americana. Su poder no opera mediante mecanismos misteriosos. Opera mediantes mecanismos ordinarios y perfectamente legales del sistema americano: financiación de campañas, construcción de redes de influencia, control del coste electoral de disentir de la línea israelí. Llevados a un nivel de sofisticación que ningún otro lobby extranjero ha alcanzado.
El resultado ha sido una política exterior en la que la distinción entre el interés nacional americano y el israelí se ha vuelto casi imposible de diferenciar.
Esta guerra contra Irán es el momento de mayor visibilidad de esa dinámica. El coronel Douglas Macgregor, exasesor del Pentágono, lo formuló en el programa de Tucker Carlson con precisión milimétrica: en la práctica, los Estados Unidos han actuado como habilitador de decisiones tomadas en Tel Aviv, no como socio con capacidad de veto real. Que un oficial americano de alto rango pueda decir eso públicamente, sin que produzca escándalo institucional, dice mucho. Quizás demasiado.


