La Feria del Libro ocurre todos los años y, sin embargo, seguimos acudiendo a ella con una fe que resultaría conmovedora si no fuera ligeramente ridícula. Uno podría pensar que, después de décadas celebrándose, ya no quedan sorpresas posibles. Sabemos dónde estarán las casetas, qué editoriales ocuparán los mejores lugares, que hará calor, que habrá colas y que volveremos a casa con más libros de los que podemos asumir. Leí hace poco a alguien compararla con Ikea y me pareció una observación difícilmente mejorable. Todo está exactamente donde recordabas que estaba. Los mismos recorridos, las mismas casetas, incluso los personajes parecen repetirse. Alguna cara nueva, algún escritor que ha decidido interpretar una versión especialmente intensa de sí mismo y algún iluminado que encuentra una forma novedosa de llamar la atención. Este año, la originalidad consistía en disfrazarse cuidadosamente de clase trabajadora. Pero, en esencia, todo era igual que siempre.
Y aun así allí estábamos otra vez. Miles de personas avanzando por el Retiro como una procesión laica dedicada al libro, soportando temperaturas incompatibles con la vida inteligente y haciendo cola con una resignación que habría llenado de orgullo a varias generaciones de santos y mártires. Hay quien sostiene que esperar sirve para ejercitar la paciencia. A mí, personalmente, no se me ocurre un escenario menos adecuado para el desarrollo espiritual que cuarenta grados a la sombra con doscientas personas respirándote en la nuca, pero supongo que toda religión exige sacrificios. Lo curioso es que nadie parece disfrutar demasiado de la experiencia y, aun así, todos regresamos cada año. La Feria del Libro pertenece a esa categoría de actividades que son mejores en el recuerdo que en el presente.
Mientras avanzaba entre lectores derretidos pensaba en algo bastante humano: siempre sobran los demás. Da igual que se trate de turistas, de conductores o de personas haciendo cola. Uno contempla cualquier multitud desde dentro de la multitud y concluye que el problema es la multitud. Aquellas colas infinitas me parecían una invasión intolerable mientras yo contribuía modestamente a ella, exactamente igual que todos los que tenía delante y detrás. La irritación tenía algo de absurdo, pero no por ello dejaba de ser compartida.
Mi propia expedición a la Feria había empezado mal, aunque ésa es precisamente la clase de afirmación que sólo puede hacerse provisionalmente. Había quedado con un amigo para ir juntos a la firma de Gueorgui Gospodínov, uno de los pocos escritores por los que estoy dispuesta a soportar condiciones climáticas que la Convención de Ginebra debería estudiar con atención. La víspera, sin embargo, me escribió para decirme que no podía venir porque tenía un evento corporativo. Un domingo. Le respondí que no pasaba nada y me guardé para mí la única pregunta verdaderamente relevante. Ya me contará si el evento corporativo era rubia o morena.
Fui sola y, una vez superada la decepción protocolaria de haber sido abandonada por un supuesto profesional ejemplar, descubrí que tampoco perdía gran cosa. Las horas de espera tienen algo de retiro espiritual involuntario. Al cabo de un rato uno deja de mirar el reloj, acepta que el tiempo ya no le pertenece y empieza a pensar en cosas que normalmente no le dedicaría ni cinco minutos. Fue durante una de aquellas divagaciones cuando me acordé de una frase que había leído hacía poco en No es país para viejos y que volvió a aparecer varias veces aquella mañana. «Nunca sabes de qué suerte peor te ha salvado tu mala suerte», escribía McCarthy. La frase me gustó porque cuestiona una de las ficciones favoritas de los seres humanos: la idea de que somos capaces de distinguir con claridad cuándo algo nos beneficia y cuándo nos perjudica. Casi nunca podemos hacerlo. Apenas conocemos la consecuencia inmediata de lo que nos ocurre; el resto permanece oculto, enterrado entre todas las posibilidades que nunca llegaron a suceder.
La suerte es probablemente la fuerza más determinante de nuestras vidas y también la menos mencionada. Preferimos hablar del esfuerzo, del talento o de la oportunidad porque nos permiten mantener la ficción de que existe una relación razonable entre lo que damos y lo que recibimos. La suerte, en cambio, introduce demasiado azar en una historia que nos gusta contar como si dependiera exclusivamente de nosotros. Nacemos en una familia determinada, en una ciudad concreta, conocemos a ciertas personas y no a otras, tomamos decisiones porque alguien nos dijo algo en el momento oportuno o porque un día cualquiera entramos por una puerta en lugar de por otra. Después reconstruimos retrospectivamente una narrativa coherente y la llamamos destino; una forma elegante de describir una sucesión de casualidades.
El desastre adquirió dimensiones serias cuando descubrí que había entendido mal el horario. Yo creía que la firma comenzaba a las doce y, en realidad, a las doce llevaba ya una hora funcionando. Cuando encontré la cola comprendí inmediatamente la magnitud de mi equivocación: delante de mí había aproximadamente tres kilómetros de seres humanos y varias generaciones literarias. La fila progresaba a un ritmo que obligaba a replantearse algunas nociones básicas sobre el tiempo. Cada pocos minutos alguien preguntaba cuánto faltaba y obtenía una respuesta distinta, lo que permitía mantener viva la conversación, aunque no necesariamente la esperanza.
Los minutos fueron pasando lentamente. El calor seguía allí, inmóvil, instalado sobre Madrid como una maldición bíblica. A ratos me convencía de que llegaría a tiempo y a ratos estaba segura de que no, mientras seguía dándole vueltas a la frase de McCarthy. Quizá porque las colas son el hábitat natural de la filosofía. Cuando uno no puede hacer nada, pensar se convierte en una actividad sorprendentemente atractiva. Me pregunté cuántas veces habría confundido la mala suerte con la buena o la buena con la mala, cuántos disgustos me habrían evitado otros mayores y cuántas decisiones importantes de mi vida dependerían de detalles tan absurdos como un retraso de una hora, una conversación casual o un supuesto evento corporativo celebrado un domingo por la tarde. Nos gustan las grandes explicaciones, pero casi todo ocurre por accidente. Quizá muchas decepciones sean simplemente acontecimientos cuyo sentido todavía no comprendemos. Quizá los grandes golpes de fortuna y de infortunio no sean más que nombres provisionales que damos a cosas que aún no han terminado de ocurrir. La vida suele decidirse en márgenes ridículos.
Cuando por fin llegué al principio de la cola ya había dejado de hacer cálculos. La mujer que estaba delante de mí entregó su ejemplar, Gospodínov escribió unas palabras, estampó la firma y, antes de que pudiera acercarme, alguien anunció que se había terminado el tiempo. La última dedicatoria fue para ella.


