Hay encuentros que parecen escritos por el destino. El escenario no podía ser mejor: el centro cultural Federico García Lorca, durante la entrega del Premio Internacional de poesía, ciudad de Granada Federico García Lorca. Allí estaba Luis Alberto de Cuenca, ofreciendo una charla distendida «entre amigos» junto a nada menos que José María Sanz Beltrán, conocido mundialmente como Loquillo. Fue en esa atmósfera de complicidad donde el cantante soltó una de las mejores anécdotas de la tarde. Contó que, durante su época en la mili, empezó a odiar con todas sus fuerzas la canción Caperucita feroz. El motivo era simple: el tema de la Orquesta Mondragón sonaba a todas horas, en bucle, en la radio del cuartel, convirtiéndose en su peor pesadilla. Tal era su desesperación que, cuando se enteró de que el refinado poeta era el compositor de la letra, se propuso firmemente conocerlo en persona para «decirle un par de cosas». Paradójicamente, de aquel arrebato nació una de las amistades más sólidas del rock y la poesía en España.
Como una es un poco pizpireta por naturaleza, al terminar no me lo pensé dos veces y me acerqué a charlar con él. En cuanto me presenté, le dije que yo era la chica que siempre les mandaba correos al programa de radio, Cowboys de Medianoche, aportando las listas que proponían y comentando los últimos estrenos o los clásicos de cine que iba viendo. Para mi absoluta sorpresa, ¡supo inmediatamente quién era! Al fin y al cabo, ya me había mandado saludos y besos en antena en más de una ocasión, pero conectar los correos con mi cara fue un momento increíble.
A partir de ahí, la conversación fluyó sola y terminamos hablando de algo totalmente inesperado: la épica remontada del Real Madrid contra el PSG. Me preguntó con auténtica curiosidad si había visto el partido. Le confesé la verdad: que sí, pero que lo sufrí tanto que me encerré a rezar en la cocina, que es mi ritual infalible antigafe. Se rio mucho con la anécdota.
Es un hombre que se fija muchísimo en los detalles y en las ediciones de sus libros. Para rematar una tarde perfecta, me firmó además el disco Su nombre era el de todas las mujeres (2011) de Loquillo que también llevaba conmigo. El propio José María, tras presentarme Luis Alberto, se sumó al momento y me saludó con un abrazo de oso -es enorme-. Una tarde inolvidable de radio, cine, fútbol y poesía.
Pocas veces la cultura y el baile de pista se han dado la mano con tanta frescura como en Caperucita feroz. Escrita por el poeta, filólogo, Luis Alberto de Cuenca, esta canción se convirtió en un hito del pop español de los 80 gracias a la interpretación histriónica de la Orquesta Mondragón. Su letra no es una simple fábula infantil; es una reinvención del mito de Caperucita pasada por el filtro del film noir y el erotismo urbano. De Cuenca utiliza el arquetipo del lobo no como un villano de cuento de hadas, sino como un seductor nocturno, un «canalla» sofisticado que acecha en las calles de la gran ciudad.
Lo que hace que la canción destaque es el equilibrio entre lo culto y lo popular. Mientras Javier Gurruchaga ponía el espectáculo, los versos de Luis Alberto de Cuenca aportaban una elegancia literaria inusual. El estribillo es una declaración de intenciones: un lobo que no quiere devorar físicamente, sino conquistar a través del deseo y la complicidad. Es la «poesía de la experiencia» llevada al sintetizador, donde el peligro se vuelve atractivo y el bosque es ahora una discoteca bajo luces de neón.
Cuando la voz de Javier Gurruchaga suelta ese mítico «Hola mi amor, yo soy tu lobo», no estamos ante un animal salvaje, sino ante una construcción literaria fascinante: el macho dandi. Luis Alberto de Cuenca, poeta de la «línea clara» y el culturalismo, utiliza esta canción para subvertir el cuento infantil y convertirlo en un manifiesto de seducción asfáltica. Este lobo es un cruce fascinante entre el cinismo elegante de Humphrey Bogart y la métrica implacable de un poeta del Siglo de Oro; alguien que sabe que un buen nudo de corbata es tan importante como un endecasílabo bien medido. En su obra, el dandi no es sólo alguien que se viste bien; es un disidente que utiliza la elegancia como armadura y el ingenio como arma. Este lobo es un caballero que domina el lenguaje: No gruñe, habla en verso. Como dice el autor en otros poemas, sus besos «llevan oro» y su voz arrastra referencias a Ovidio o Lope de Vega. Posee un «romanticismo feroz, título de una de sus antologías, que se mueve siempre entre lo sublime y lo peligroso. Es un lobo que prefiere cubrir a su amada de alacranes o lirios, despreciando siempre lo obvio.
El personaje es casi cinematográfico, salido de un cómic o de una película de serie B, pero con la precisión de un filólogo clásico. No es políticamente correcto, y ahí reside su éxito: desea sin complejos y envuelve su instinto en una cortesía casi medieval. Es el caballero que abre la puerta del coche mientras mantiene en la mirada la promesa de un idilio salvaje. Su lírica excita porque juega con la tensión. No es una agresión, es un juego de roles entre iguales. Aquí no hay una Caperucita indefensa que camina por el bosque, sino una mujer que reconoce el juego y decide participar. El lobo no busca una presa, busca una aliada a su altura, alguien que desprecie lo convencional tanto como él. Esta mezcla de inteligencia y pulsión sexual es el núcleo del dandismo ibérico. El hombre aquí no domina por la fuerza, sino por el encantamiento del lenguaje usado como afrodisíaco. Por eso la canción funciona: nos saca del aburrimiento cotidiano y nos devuelve al terreno del mito.
En un panorama actual poblado por estéticas desvaídas, el «lobo» de De Cuenca se alza como un símbolo de resistencia. Al compararlo con la fauna que hoy arrastra los pies por nuestras calles, la diferencia es abismal:
Frente al cani y el trapero: El Lobo marca presencia sin hacer ruido. Confunden la masculinidad con el estrépito y la pobreza del léxico. Al lobo le basta con un verso bien colocado y una mirada que sabe lo que quiere. Tiene lo que al moderno le falta: clase y biblioteca.
Contra la estética del skinny jean: No hay nada menos excitante que un hombre con pantalones que parecen robados a su hermana pequeña. El caballero cuenquista jamás caería en el ridículo de prendas que estrangulan la estampa —por no decir entrepierna—. Viste para la acción, sabiendo que la ropa es una armadura, no una faja. Camina con el aplomo de quien domina su territorio.
Contra la tibieza política: Frente al hombre temeroso de su propia sombra que pide perdón por existir, este arquetipo ofrece seguridad.
El lobo de Luis Alberto de Cuenca sigue siendo el rey de la noche porque su aullido es una declaración de principios: la vida, sin un toque de ironía y peligro controlado, no vale la pena. Es el triunfo de aquel que puede ser salvaje en la intimidad y un caballero en la mesa. Su magnetismo reside en la unión de contrarios. Es auténtico. En un mundo de masculinidades desdibujadas, el lobo representa el retorno de la testosterona inteligente. Es la prueba de que la elegancia es la forma más letal de la ferocidad. Mientras los demás se pierden en modas pasajeras —y pantalones imposibles—, él sigue ahí en la penumbra de un salón, esperando el momento de soltar ese aullido que solo las mujeres feroces saben responder.


