La Rusia que salvó Pasternak

Premio Nobel de Literatura y autor de la novela épico-romántica 'El Doctor Zhivago', ante el temor de perder a su familia, renunció al galardón de la Academia Sueca

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A los occidentales se nos hace difícil comprender el alma rusa. Para ello es preciso, ante todo, darse cuenta del medio social, moral y físico donde nace y se desenvuelve esta alma. A través de la música de sus grandes compositores se puede percibir la sensibilidad que se desprende de sus obras musicales, y a los que hayan leído o visto representado en cine a sus grandes autores seguro que también les habrá llegado la profunda tristeza y melancolía que emanan sus obras, no importa de qué autor se trate ya que en todos ellos siempre habrá personajes que nos lleguen a conmover. El pueblo ruso de siempre ha sido el más desgraciado, el más oprimido y el más avasallado de la tierra. Sus más grandes escritores han sido maltratados, sus obras han sido tachadas y corregidas, si no prohibidas y han tenido que soportar los más duros silencios, las purgas y deportaciones más degradantes.

Boris Pasternak (1890), Premio Nobel de Literatura (1958) y autor de la novela épico-romántica El Doctor Zhivago, no podía ser la excepción y, ante el temor de perder a su familia, renunció al galardón de la Academia Sueca. Pero todo ello en vez de acallar su obra, la encumbró hacia las más altas cotas que jamás se hubiera esperado.

La palabra zhivago tiene la misma raíz que la palabra rusa que significa «vida», precisamente uno de los temas más importantes del libro. Más profundamente, la novela muestra el sufrimiento de un hombre cuando la vida que siempre ha conocido es transformada por fuerzas que están más allá de su control. El argumento de El doctor Zhivago es un inmenso retrato de la historia y el alma rusas y que pone a prueba los límites de la literatura para hablar de todo aquello que convulsiona el alma humana: amor y pasión, ideología, historia, religión, naturaleza, y que apela a la poesía como uno de los últimos y más dignos de los refugios.

La Guerra fría fue complicada para todo el mundo, pero sobre todo para la objetividad, y obras como Doctor Zhivago se encuentra enmarcada dentro de lo que llamamos arte-propaganda. Boris Pasternak fue un escritor que perteneció al establishment del Régimen comunista durante toda la Revolución y que estuvo en primera fila hasta finales de los años 30 y aunque es cierto que se fue distanciando del sistema —o el sistema de él— no podemos decir que los problemas reales que le afectaron no aparecieron hasta los años 50.

La revista Novy mir, donde el autor envió la obra a publicar, la rechazó debido a que el doctor Zhivago estaba más interesado por el bienestar de los individuos que por el de la sociedad —tópico soviético—, y los censores interpretaron que en determinados pasajes subyacían puntos de vista antibolcheviques, en tanto Zhivago expresa su escepticismo ante la promesa del régimen soviético de construir «un hombre nuevo», tras las atrocidades cometidas por ambos bandos que el protagonista observa a lo largo de la Guerra Civil Rusa. El entonces Primer Secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov, ordenó un ataque feroz al autor sin haber leído la obra. El autor fue expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos quienes tampoco la habían leído, con excepción de los redactores de las revistas citadas y algunos amigos del poeta que él reunía en su casa para leerles la novela en primicia.

Hay pocos casos en la historia de la literatura en los que de forma flagrante la CIA estuviera detrás de la concesión de tal premio. Éste es uno de ellos. Hasta cierto punto es normal que en Moscú no les gustase lo que se hizo y se prohibiese el libro, igual que los norteamericanos prohibían los guiones de Trumbo. Y es que toda la historia de la traducción del libro, la llegada a Nueva York de la obra, la inmediata posición de best-seller y el correspondiente galardón del Premio Nobel es más política que literatura. Y eso que la novela es buena, muy buena. Los poemas que incluye el libro como obra de Jivago —que es como habría que escribirlo— evidentemente son del propio Pasternak no son tan románticos; sí religiosos y cristianos, por si alguien se lleva una desilusión.

Pasternak nunca llegó a ver la película de David Lean, murió cinco años antes. Como era de esperar, se obvia y se trastoca lo que interesa. Por ejemplo, toda la parte introductoria donde parece un magnífico retrato de las miserias del zarismo en la película no aparece sino algún pequeño apunte por boca de alguien, pero pobreza y miseria nada de nada. Eso después, con los soviets en el poder. Además en la película, Zhivago aparece más como un caballero artúrico mientras en la novela es un hombre envuelto en las circunstancias históricas y tiene que mancharse las manos de sangre y comer carne humana, sí: canibalismo y además de niño.

Volviendo a la película, no cabe duda de que si hablamos de superproducciones en ésta encontramos el verdadero sentido de esa palabra, y sin ningún tipo de dudas estaría entre las diez más perfectas de todos los tiempos. Es muy difícil encontrar una factura y un acabado más meritorio. Los actores, muy correctos, empezando Julie Christie, que de actriz de moda en los 60 desapareció del panorama demasiado pronto, debido a que no se marchó a Hollywood y prefirió el cine británico; Omar Shariff transmite fuerza y emotividad, y sobre todo con Rod Steiger, que hace la mejor interpretación de la película. A Alec Guiness su papel de inexpresivo comunista, igual que a Tom Courtenay de pérfido bolchevique, no le permite mucho más. La Chaplin enchufada está por ahí.

El productor italiano Carlo Ponti compró los derechos de la obra y contrató a Lean para plasmarla cinematográficamente y le propuso así mismo desde un principio a su esposa Sofía Loren para el rol de Lara Antipova. Aunque, finalmente, Lean convenció a Ponti de que la Loren era demasiado alta y voluptuosa para el papel. Optó por otro rostro y cuerpo más angelical como el de Julie Christie. En todo caso, Lean se las deseó a la hora de los castings, pues para el papel principal del Dr. Zhivago su primera opción era Peter O’Toole quien finalmente declinó la invitación. Lo mismo que para el papel de Komarovsky dudó primero entre Marlon Brando y James Mason antes de decantarse por Rod Steiger. Por no hablar de los faraónicos problemas a la hora de buscar localizaciones para el rodaje… Rodada en España (Madrid y Soria) durante la época franquista, hubo aquella sonada anécdota de los extras castellanos cantando La Internacional por imperativos del guion ante la atenta mirada de la recelosa policía franquista. Como dato anecdótico, la escena en la que Zhivago aparece en un camino lleno de cadáveres buscando supervivientes. Uno de ellos, mi tío que actuó como extra en la película —también se atrevió a ejecutar brillantemente el papel de chino en 55 días en Pekín (1963) en donde sí que actuaron Marlon Brando y Sofía Loren—-.

El Doctor Zhivago fue publicitada como «un amor sorprendido en el fuego de la revolución» y «en una tierra de hielo y pistolas, en el gran estruendo de la batalla y el más grande silencio de los amantes». La fotografía a cargo de Freddie Young es sencillamente sublime y la banda sonora a cargo del célebre Maurice Jarre con la mítica melodía de la balalaika, magnífica.

Tras su caída del poder en octubre de 1964, Jrushchov obtuvo una copia de la novela y la leyó, pues antes había conocido sólo fragmentos escogidos sesgadamente por sus asesores, llegando a declarar que «no deberíamos haberla prohibido. Tendría que haberla leído. No hay nada antisoviético en ella».