Este martes se produjo el mayor desplazamiento de población del planeta. No es sorprendente, pues su carácter es anual. Supone el colapso de carreteras, la aglomeración en los supermercados, y colas de paciencia en las autopistas cada año. Ciudades de millones de habitantes se vacían en unas horas para llegar, a tiempo, a un mismo lugar: la cena de Año Nuevo chino. Dar la bienvenida al nuevo ciclo, liderado en esta ocasión por el caballo de fuego, es el eje tradicional de China. Decenas de platos autóctonos rellenan la mesa, los palillos danzan con premura y las voces quedan eclipsadas por una melodía que emerge de la pantalla.
La Chunwana (春晚), célebre Gala del Festival de Primavera de la CCTV (China Central TV), es el evento televisivo que congrega a la inmensa mayoría de la población asiática desde 1983. A través de ella, China dio la bienvenida al Año del Caballo de Fuego y, una vez más, el espectáculo contó con la presencia de enjambres de drones, robots humanoides de última generación y presentadores generados por inteligencia artificial. Más allá del entretenimiento, la narrativa del evento sustituyó las estampas rurales de antaño por una coreografía de algoritmos y circuitos que sitúa la innovación en el núcleo de la identidad nacional china. Lo que históricamente ha sido un espacio para el folclore y la cohesión social ha evolucionado hacia una sofisticada puesta en escena de la vanguardia tecnológica.
Pero el poder cibernético chino no queda relegado a una actuación puntual. La nación se ha valido de este hito histórico para poner de manifiesto su músculo digital. Esta consolidación es fruto de una estrategia nacional que, tras años de inversión sostenida y estimada en cerca de 98.000 millones de dólares para finales de 2025, ha articulado un ecosistema de Inteligencia Artificial volcado en la plena autonomía. Dicha ambición está blindada por marcos normativos como la Ley de Progreso Científico y Tecnológico, cuya última reforma en 2022 obliga al Estado a priorizar la sustitución de tecnologías extranjeras por soluciones locales. Este mandato no es un hecho aislado, sino la fase de maduración del ambicioso plan Made in China 2025.
Concebido para transformar el país de «fábrica del mundo» en una potencia de manufactura inteligente, el plan Made in China 2025, desarrollado hace más de diez años, estableció metas de sustitución de importaciones, aspirando a elevar el contenido nacional de componentes estratégicos al 70% para 2025. Al priorizar sectores como la robótica, la industria aeroespacial y las nuevas tecnologías de la información, Pekín buscaba corregir la histórica desigualdad de calidad y eficiencia respecto a las economías industrializadas, movilizando todos los recursos del Estado para estimular la innovación estructural sobre la mera producción en masa. Sin embargo, este camino hacia la autosuficiencia se enfrenta a un obstáculo crítico en el ámbito del hardware de alto rendimiento.
Para entender este desafío, hay que mirar bajo el capó de la tecnología. La IA moderna no depende de procesadores comunes, sino de unidades de procesamiento gráfico (GPU) de alta gama, componentes diseñados para realizar billones de cálculos matemáticos en paralelo. Si un ordenador estándar es un trabajador capaz de resolver una tarea tras otra, estas GPU son un ejército de miles de especialistas trabajando al unísono. Sin este hardware especializado, el «cerebro» de la inteligencia artificial simplemente no puede ser entrenado. Estos dispositivos están enloqueciendo a las dos grandes potencias: microprocesadores de una complejidad tal que han desplazado a la pólvora en el tablero del poder. Si el siglo XX estuvo marcado por la carrera armamentística nuclear, el siglo XXI ha reducido esa lucha por la supremacía a la escala nanométrica de los chips.
En el epicentro de esta competencia sistémica se hallan los semiconductores de Nvidia, con el modelo H200 como estandarte; auténticos yacimientos de «oro negro» digital sin los cuales el razonamiento avanzado de la Inteligencia Artificial se desvanece. Al estar la viabilidad misma de estos sistemas supeditada a tales componentes, cada oblea de silicio ha mutado en un activo crítico de seguridad nacional, forzando una reconfiguración del orden comercial donde la eficiencia de los mercados cede ante la urgencia de alcanzar una soberanía absoluta.
Es en este contexto de restricciones donde la búsqueda de autonomía por parte de Pekín ha cristalizado en un choque de doctrinas técnicas: la fuerza bruta del hardware estadounidense frente a la agilidad algorítmica de hitos chinos como DeepSeek. Mientras Silicon Valley ha cimentado su liderazgo en el escalado masivo de recursos, China ha respondido quebrando las reglas de la economía de cómputo tradicional, demostrando que una arquitectura de software refinada puede alcanzar niveles de frontera utilizando solo una fracción de la infraestructura y el consumo energético que requieren sus contrapartes occidentales
Bajo esta nueva lógica de competencia sistémica, la tensión alcanzó un punto de inflexión a principios de 2026. Fue entonces cuando la administración estadounidense implementó una política de revisión «caso por caso» para las exportaciones de semiconductores avanzados, imponiendo además un arancel del 25% y marcos de volumen restringidos. Con la maniobra, Washington busca preservar su liderazgo estratégico mediante la gestión del acceso a la potencia de cómputo de última generación. Por su parte, China, amparada en sus directrices sobre «nuevas fuerzas productivas de calidad», ha respondido con medidas de reciprocidad aduanera, enviando una señal nítida a la comunidad internacional: la nación no aceptará marcos comerciales que perciba como instrumentos de contención a su desarrollo tecnológico.
Esta fractura en el orden digital obliga al resto de las naciones a transitar por un estrecho corredor de lealtades tecnológicas. Al quedar el suministro global dividido, principalmente, en dos esferas irreconciliables, los países se ven ante la disyuntiva de ceder su soberanía de datos a una infraestructura u otra, convirtiendo la elección de un servidor o un procesador en una decisión de calado geopolítico. En esta nueva geografía del silicio, no existe el vacío; la ausencia de una tecnología propia fuerza a terceros actores a aceptar las condiciones de quien provee el «cerebro» de sus industrias, transformando la antigua interdependencia económica en una jerarquía de control digital.
Al apagarse las luces de la gala y disolverse los enjambres de drones en el cielo nocturno, queda al descubierto la verdadera fisonomía del nuevo orden. En la arquitectura del siglo XXI, la capacidad de procesamiento y la soberanía digital han pasado a ocupar el lugar que antaño tuvieron los arsenales estratégicos. La exhibición de músculo tecnológico en la gala subraya una realidad ineludible: la verdadera carrera de armamentos de nuestro tiempo no se libra ya en los silos de misiles, sino en la precisión microscópica de los microchips y en la potencia de la Inteligencia Artificial. Así, el silicio se convierte en el nuevo uranio, y la maestría sobre estos algoritmos en la garantía de una relevancia global que define, hoy más que nunca, el equilibrio de poder entre las naciones.


