La gran mentira (I)

El uso de la mentira política organizada, explícita en el caso de los regímenes totalitarios, resulta cada día más frecuente en democracia

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En tiempos de la posverdad, donde los hechos objetivos son relegados por la emoción y el subjetivismo, y donde la verdad pasa a un segundo plano, la atención pública parece haber relegado también la relevancia de su antítesis: la mentira. Tiene sentido. Si la verdad no importa demasiado, ¿por qué habría de importar más la mentira? Uno y otro concepto se desdibujan a los ojos de la mayoría, que los relativiza a gusto de sus creencias o interpretaciones personales, condicionadas con frecuencia por la bacteria ideológica. Como señala Agustín Laje, la verdad ha dejado de regular y legitimar el discurso.

Que los hechos no importen demasiado no significa que hayan dejado de existir. Verdad y mentira persisten, aunque sea entre bambalinas. Lo que sucede es que, si la posverdad dificulta la distinción entre la realidad y ficción, es obvio que al poder —porque de eso estamos hablando, de poder— le resulta mucho más cómodo trufar su relato de mentiras, adscribiéndolas a emociones, sin que por ello merme su credibilidad ante el público.

La mentira, en la era posverdadera, penetra con notable impunidad, lo que la hace más peligrosa que nunca. Allí donde la verdad objetiva tiene dificultades para abrirse paso, la mentira encuentra campo abonado para su expansión. Es más, por influjo de la identificación emocional, puede incluso transformarse en verdad. Cuando la mentira conviene ¿por qué no hacer de ella una verdad conveniente? Cuando la realidad no satisface ¿qué impide crear una realidad alternativa?

La mentira política organizada

Con todo, más allá de tiempos y contextos, la mentira siempre ha ocupado un rol importante en la política. A tal punto, que se podría afirmar que aquella resulta inherente a esta. Hannah Arendt, quien le prestó en su obra gran atención, señalaba que la mentira es un proceso sistémico inherente al espacio político. La pensadora alemana advierte que la mentira en clave moderna, cuando proviene del poder político, puede organizarse de forma que presenta unas características propias que la apartan del engaño común. De ahí que se refiera a ella como mentira política organizada.

A modo de síntesis, estos rasgos específicos serían los siguientes:

  • La mentira organizada ataca con eficacia verdades sobre hechos comunes —verdades incómodas— y de importancia política inmediata, conocidas por todos; hechos que forman parte de la realidad común compartida.
  • No se dirige a un individuo o a un número reducido de individuos. Con su mentira, el poder ataca la verdad que busca suplantar y la dirige a toda la comunidad, al «consumo interno».
  • Trata a una parte de esa comunidad como si no existiera. La ignora porque le estorba, ya que busca destruir aquello que ha decidido negar. Esto se hace patente cuando prioriza la reescritura de la historia desde un prisma sesgado y siempre atento a sus intereses.
  • Dado que se trata de una mentira tan grande que implica una «manipulación masiva de hechos», su fabricación, precisa de una organización con suficiente capacidad y recursos, así como de la colaboración de un férreo y voluminoso aparato de desinformadores, propagandistas, intelectuales, censores y otros elementos represivos.
  • Para destruir aquella realidad que niega, la mentira organizada emplea la violencia. Esta violencia, que puede llegar a ser física en regímenes totalitarios, pero que se viste de sutileza en contextos democráticos, resulta fundamental a la hora de garantizar la eficacia de la organización.
  • El mentiroso político, para crear una apariencia de fiabilidad y lograr una «mentira coherente», necesita «autoengañarse», al igual que la comunidad, cuyo concurso requiere para hacer prosperar la falsedad: «Todos mienten sobre todo lo importante».

La gran mentira: España como paradigma

A la luz de lo visto, el uso de la mentira política organizada, explícita en el caso de los regímenes totalitarios, resulta cada día más frecuente en democracia. Son muchos los ejemplos que podríamos referir a este respecto sin necesidad de retrotraernos demasiado en el tiempo, o de mirar muy lejos. Pero lo cierto es que, si atendemos, tanto al aspecto cuantitativo como cualitativo de esa mentira organizada, el caso de España resulta paradigmático.

Habida cuenta que la mentira implica acción, por cuanto busca crear una nueva realidad, es un hecho que el principio que rige la acción gubernamental sanchista es la mentira. Como lo es también que ésta dirige su discurso. Todas y cada una de las decisiones que toma, encuentran en la mentira el pilar fundamental de su narrativa. Y no sólo de su narrativa. A diferencia de otros países, que circunscriben sus prácticas falsarias a cuestiones de importancia política inmediata, muy concretas o relativamente cortas en el tiempo, la mentira en el sanchismo se extiende a todo su mandato. Lo cual se explica en base a una poderosa razón. Pues, aun obviando que la presencia mentirosa, lejos de ser puntual, se convierte en elemento estructural que define sus políticas, hay una gran mentira que canaliza y justifica todo su aparato político: la afirmación de que Sánchez defiende la democracia.

El fin último del gobierno de Sánchez consiste en sustituir la actual partitocracia por una tiranía. El principio que modula su misión es autocrático. Ésta es la gran verdad que se esfuerza en negar. Y, lo cierto, es que para un sistema que se pretende democrático, no se nos ocurre una verdad más incómoda.

El momento leninista

Cuando en los momentos álgidos de Podemos Pablo Iglesias advirtió públicamente de la necesidad de latinoamericanizar España, pocos le creyeron y muchos menos lo entendieron. Su verdad resultaba tan incómoda, pero a la vez parecía tan remota para un español, que los más sencillo era mirar para otro lado, como si no hubiera dicho lo que en verdad dijo. Además ¿por qué dotar de credibilidad a lo que parecía ser la penúltima baladronada de un reconocido fanfarrón? Eso es lo que muchos pensaron. Craso error. Porque las palabras de Iglesias anticipaban una determinación: importar el régimen chavista a nuestro país. Declaraban una voluntad política que pronto se integraría en la agenda política presidencial.

Con ambos partidos ya conformando gobierno, el pez gordo, que era el PSOE, no tardó en comerse al pez chico, que era Podemos. Pese a lo cual, el objetivo permanecía intacto y Sánchez se convertiría en su gran perpetrador. ¡Quién lo hubiera dicho! Aquél a quien tanto habían despreciado los podemitas —«copia todo lo que hacemos», se burlaban de él Iglesias y los suyos— acabó por comerles la merienda, asumiendo uno a uno todos los postulados ultracomunistas. Los que anhelaban patrimonializar el «momento leninista», en atención a la excepcionalidad de la situación del país, que posibilitaba que el comunismo pudiera llegar a asaltar el poder, con el paso del tiempo —poco tiempo— no tuvieron más remedio que conformarse con el papel de acompañantes corales, cada vez más marginal, que el presidente del Gobierno les asignaba. Cabalgar tantas contradicciones terminó pasándoles factura.

Sánchez no cometería el mismo error que el líder podemita. Coincidía con él en que el chavismo podía importarse a España, sólo que no lo proclamaría a los cuatro vientos. Era consciente de que no podía hacer público su deseo de instaurar una tiranía allí donde imperaba una democracia, por mejorable que ésta fuera. Una verdad de semejante crudeza se haría demasiado incómoda incluso para buena parte de su público. Las circunstancias le «obligaban» a mentir bien, a mentir mucho y, sobre todo, a mentir a todos. La magnitud de su gran mentira debía ser equiparable a la dimensión de la gran verdad que pretendía ocultar. Ahí residía su desafío. Ahora bien, ¿cómo fabricarla?

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