Durante casi tres mil días, la plaza de la Iglesia de San Martín, en Callosa de Segura, ha sido el escenario de una ausencia impuesta. El hueco dejado por aquella cruz de piedra no era solo un vacío arquitectónico; era una cicatriz en el rostro de una comunidad que se ha negado continuadamente a ser reeducada por decreto. Por fin, tras ocho años de resistencia numantina, la cruz ha vuelto a su sitio, devolviendo al municipio el eje de su propia historia.
La retirada de la Cruz en 2018 se vendió bajo el paraguas de una Ley de Memoria que, en su afán revisionista, acabó colisionando con la memoria viva de los callosinos. No se trataba de un vestigio político —despojada ya de cualquier placa o símbolo añadido—, sino de una referencia espiritual y vecinal. El derribo fue un ejercicio de puritanismo laicista y beligerancia anticristiana que pretendía borrar de un plumazo siglos de herencia cultural.
Sin embargo, los promotores de aquel desahucio espiritual subestimaron la firmeza del carácter español. Creyeron que el tiempo enfriaría los ánimos y que el olvido terminaría por cementar el vacío. Se equivocan. La respuesta no fue ha sido una algarada pasajera, sino una resistencia de años, sostenida por multas que pretendían asfixiar el bolsillo de los fieles, pero que solo lograron blindar su determinación.
La piedra contra el papel
La reinstalación de la Cruz no ha sido un golpe de mano, sino el desenlace de una batalla jurídica y social donde la razón ha terminado por imponerse al sectarismo. Mientras los despachos generaban expedientes sancionadores, los vecinos de Callosa generaban comunidad. La Cruz que hoy se alza de nuevo no es un espejismo; es el testimonio físico de que las leyes humanas, cuando atentan contra los valores más profundos de un pueblo, terminan por encontrar su límite.
La nueva Cruz se yergue con una sobriedad desafiante. No necesita pedir permiso para estar donde siempre debió estar. Su presencia es un mensaje claro a los ingenieros sociales de nuestro tiempo: la identidad no se negocia en una mesa de partidos. Es, en última instancia, la victoria de la piedra —terca, pesada y eterna— frente al papel volátil de los boletines oficiales.
Un símbolo de soberanía cultural
El caso de Callosa de Segura trasciende lo local para convertirse en un símbolo de la soberanía cultural y espiritual. En una España donde tantos agachan la cabeza ante la cancelación de nuestras tradiciones, este pueblo alicantino ha levantado la frente. No han esperado a que el poder les devolviera su derecho; han persistido hasta que el derecho ha tenido que reconocer la realidad.
A partir de ahora, esa cruz no sólo nos habla de la victoria del Calvario, sino que además contará la historia de un pueblo que no se dejó amedrentar por la amenaza de la multa ni por el ruido de la excavadora. Es el retorno de la cordura y, sobre todo, la constatación de que las raíces, cuando son verdaderas, siempre terminan por romper el asfalto de la imposición.


