La antidemocrática moda de convocar elecciones

Se ha normalizado con inquietante ligereza la práctica de convocar elecciones cuando no toca, no para resolver un bloqueo real, sino para debilitar al socio incómodo y así evitar la tediosa tarea de pactar presupuestos y llegar a acuerdos. No se trata de un recurso democrático, sino de un atajo táctico, por cierto, dadas las experiencias de Extremadura y Aragón, con resultados opuestos a los deseados.

La democracia no consiste en pulsar el botón electoral cada vez que las encuestas sonríen o cuando conviene ajustar cuentas. Consiste en gobernar con los equilibrios que las urnas han fijado y en asumir que pactar es una obligación, no una humillación. Forzar elecciones para dañar al interlocutor degrada el mandato recibido y hace del calendario institucional un arma partidista.