‘Hamnet’ gracias a ‘Hamnet’

Juzgar una película y un libro por lo que son: dos productos diferentes, cada uno con su lenguaje propio, con su espíritu propio

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Cuando nació el programa de radio de La Cultureta, en Onda Cero, yo andaba en los inicios de la década de mis veinte y se convirtió en algo parecido a mi guía espiritual. Tenía todo lo que por aquel entonces hacía falta para comprarme: cultura, esnobismo cultural y culturetas hablando sobre lo primero y siendo lo segundo. Gistau era casi un animal mitológico para mí y Jabois no sólo se hacía el interesante sino que todavía lo era. Ha pasado una década, algo accidentada, en la que apenas lo he vuelto a escuchar. O ha envejecido mal —ya no son los mismos tertulianos— o yo ahora probablemente tenga otro precio, pero casi puedo decir que se ha convertido en mi antiguía cultural, algo consolidado desde que se refirieron a la película como «Hamnet a pesar de Hamnet». Y, mira, no.

No sé qué puede decirse de Hamnet que no esté escrito y, a la vez, es difícil decir algo que verdaderamente le haga honor a la pluma de Maggie O’Farrell. La novela llegó a mi vida como llegan muchos de los libros buenos que leo: un poco tarde. En España, fue publicada por Libros del Asteroide a principios de 2021, en algún momento de 2022 el boca a boca se hizo imparable, y no estuvo en mis manos hasta mediados del 2024 por azar, cuando fue elegido en un club de lectura que frecuentaba. Pero llegó y me sacudió como nunca un libro había hecho.

La historia de Hamnet, que trata el dolor y el duelo consecuente de la muerte del hijo de William Shakespeare, es una pieza delicada y desgarradora que la autora crea a través de especulaciones, retazos históricos y una auténtica pasión por la vida oculta —o que no se conoce— de un artista. Pieza que enmarca, además, con un amor al rol de la mujer como madre y sanadora y con un homenaje a todas estas vidas anónimas que fueron fundamentales para que todas aquellos nombres que transcendieron pudieran de verdad hacerlo. O’Farrell recoge piezas de información diminutas pero cruciales, como que por aquella época Hamnet y Hamlet eran el mismo nombre, y desde ahí construye el relato en el cual la protagonista es Agnes, la esposa del artista y de la que prácticamente no se conoce nada en la realidad. Shakespeare pasa a un segundo plano, a un personaje secundario; incluso su nombre no se menciona en ningún momento en la novela.

Hamnet

Lo que define el libro y lo hace tan bueno es justamente esa capacidad de elipsis, de contención. Lo que deja fuera, lo que no se nombra, lo que no se cuenta es lo verdaderamente importante. De la misma manera que no hace falta mencionar a Shakespeare para entender quién es él en la historia, de qué está cimentada su vida y su fama, el dolor aparece como algo orgánico: como ritmo, naturaleza, como el tiempo mismo que marca la narración. Es obvio el duelo, pero no se explica; es obvia la ausencia de apoyo, pero no se juzga. Me gusta decir que es una historia que no necesita adjetivos pero que huele. Qué cosa esta: huele a miel, lavanda, sauco, pan; y huele a carbón, a descomposición, a enfermedad.

Ahora Hamnet se ha adaptado al cine de la mano de Chloé Zhao, con un guion firmado por la misma Maggie O’Farrell. La película adapta una novela, pero también intenta adaptar esta ausencia: la ausencia de Shakespeare, del padre, en un suceso familiar dramático. Sin embargo, la presencia de Paul Mescal es tan fuerte (incluso el nombre de Shakespeare se acaba mencionando al final de la película) que se aleja mucho de esa contención que tiene el libro para acabar contando una historia sobre formas distintas de vivir el duelo y de transitar —o no transitar— ese dolor. Es una adaptación, sí, pero narra algo simplemente diferente al libro. Precioso, sensible, pero diferente. Me he preguntado muchas veces si de verdad alguien que ha visto la película pero no ha leído el libro ha percibido la totalidad de la historia de la misma manera que yo, si salió del cine con el mismo asombro que me causó a mí Hamnet como concepto.

En cualquier caso, siempre he sido amiga de juzgar una película y un libro por lo que son: dos productos diferentes, cada uno con su lenguaje propio, con su espíritu propio, que requieren abordajes distintos. La película es sensiblera, como critica Rubén Amón en La Cultureta; claro que lo es, porque la imagen tiene un poder de sugestión que ningún otro formato tiene, porque el giro principal de la historia contado a través de imágenes cuya protagonista es Jessie Buckley es pornografía emocional. Es el precio de trabajar con pérdida, niños y duelo. ¿Y qué? Zhao consigue hacer llorar, pero es que también lo consiguió O’Farrell. La sensiblería a veces es tan necesaria como la sensibilidad para que historias así de simples trasciendan, porque el llanto es una vía necesaria para canalizar todo lo vivido. Milan Kundera, en su Insoportable levedad del ser, habla sobre la primera y la segunda lágrima: la primera, que define la sensibilidad, es la reacción inmediata a algo que pasa, donde salimos de nosotros mismos; la segunda, que define la sensiblería, es la reacción a lo que sentimos, la emoción reflejada sobre sí misma, una emoción compartida porque busca consenso. Kundera describe esta última como espectáculo o narcisismo moral, porque a través de ella buscamos el llanto que se autocontempla y que busca reconocerse como emoción legítima. Pero es que es legítima. Hamnet nos permite la experiencia de habitar el duelo (la sensibilidad), pero también de estar conmovidos por él (la sensiblería).

La película deja un tercer acto que Maggie O’Farrell, dice, hubiera querido incluir en su libro, pero no pudo por la imposibilidad de transcripción de la representación teatral de Hamlet. Este tercer acto es el que hace que la película vaya más allá de la adaptación para considerarse una nueva creación que aporta al lector, como yo, fanático de Hamnet, algo nuevo con lo que emocionarse. Yo hubiera dado un brazo en su día por escribir como la autora, pero también lo hubiera dado ahora por crear una secuencia como la que crea la directora.

Leed el libro. Id al cine. No necesariamente en este orden. Llorad todo lo que queráis y podáis. Porque ahora tenemos la película Hamnet gracias al libro Hamnet. Que venga Rubén Amón a deciros mil veces que sois unos sensiblones.

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