Ha tenido que morir una desgraciada joven, Noelia, para que recordemos un puñado de cosas sobre el estado conversacional en nuestro país en lo tocante a las cuestiones éticas. La más positiva es, me parece, que nos sigue fascinando la aventura de la conciencia humana. La pregunta «qué hace que la vida merezca la pena» es sencillamente inescapable, y su vis más trágica, la que tiene que ver con sus grandes dilemas, mueve a mucha gente. Es muy sano que esto suceda, porque nos recuerda que estos no son nunca asuntos académicos, sino vitales para cualquier persona despierta.
Pero no todo han sido buenas noticias, ni mucho menos. Entre lo muy desagradable, pero nada sorprendente, ha sido ver a políticos utilizar el drama de esta pobre joven para vender, una vez más, sus mierdas. No obstante, hasta aquí en cuanto a ellos, que desde luego no merecen la pena. Entre lo desagradable, a secas, hay que contar la cantidad de personas, desde actrices a tecnólogos, pasando por tuiteros random, que se han expresado con una seguridad pasmosa sobre un particular, la eutanasia, que llevamos los filósofos morales discutiendo siglos o más bien milenios sin decidirnos de modo claro. La eutanasia es, junto al aborto, el suicidio o la guerra, uno de los asuntos más complejos de enjuiciar moralmente que existen, de modo que toda esa rotundidad que ha reventado en las redes, cual grano henchido de pus, resulta grotesca.
Me he topado con algunos de estos asertivos desnortados durante estos días. Quisiera contar un par de casos protagonizados por personas «mediáticas», con mucha exposición pública, personas con quienes yo trataba por primera vez en mi vida. No hace falta decir que ambos eran defensores de un «circulen, nada que debatir sobre este tema» —luego de sentenciarlo—, y que exudaban menosprecio por quienes osaban contradecirles o siquiera cuestionarse.
Primer sujeto: un tal Edu Galán, guionista, crítico cultural y comunicador, y, al parecer, director de la revista Mongolia. El caballero trataba de trolear a una usuaria que quería debatir sobre la eticidad de este asunto mandándola a leer un libro sobre «la ética, la moral, la ley y sus diferencias» que él mismo había escrito. Se me ocurrió no más advertirle que ética y moral son sinónimos, adjuntando un elocuente pantallazo del Diccionario de la Lengua Española (era una cuestión semántica, a fin de cuentas). Lo que hizo este señor fue escribirme «lea antes de hablar y así evitará el ridículo» y remitirme a una entrada de internet, para, a renglón seguido, bloquearme.
Bicheé ligeramente en el perfil de este señor para comprobar que conmigo había sido comedido; a cualquiera que se había acercado a decirle algo sobre el asunto de marras le había dicho de todo menos bonito. Lo que más me llamó la atención, además de la agresividad y de la ignorancia llevada a gala, fue la notable falta de sentido del humor del interfecto. Cuando haces humor del tipo que hará él si capitanea algo como Mongolia —crudo y mordaz, provocador hasta lo hiriente— se te supone la piel de cierto grosor, porque tú mismo vas por ahí con la navaja desenfundada. A mí revistas como esa, o El Jueves, nunca me han gustado, pero no he dejado de reconocerles en mi juventud cierta gallardía iconoclasta. Por lo visto, eso se ha acabado; hoy esas publicaciones son arietes ideológicos y por lo tanto acríticos. Ahora el humor de ese tipo —cáustico— es de piel precisamente, y su finalidad es sacarle risas a gente de piel igual de fina, que son quienes sobre todo las consumen. Ha perdido todo su coraje, como bien ejemplifica este señor, y se ha convertido en una burda herramienta propagandística.
Los fanáticos no tienen gracia. Hay dos formas de hacer humor: como un arte que hace reír haciendo cosquillas a la inteligencia, o como sustancia corrosiva. Lo más preocupante hoy es que aquellos que van de defensores de la libertad de expresión son los primeros que te ponen una estrella amarilla en el pecho. Jamás se prestan a debatir nada: pontifican mucho más que los pontífices que tanto desprecian, y te enjaretan antes de que rompas a hablar un púlpito cuando ellos no se bajan jamás de su atalaya. No sé dónde lo contratarán a este señor, pero apostaría un brazo a que su círculo de actuación ha quedado reducido, de facto, a los de su cuerda.
El enlace al que me remitió Edu es revelador. Veamos: Galán estudió Psicología y se licenció en la Universidad de Oviedo. Acabáramos: por eso me empujó a un escrito de la Fundación Gustavo Bueno. Dios santo. Quienes hayan leído a Ian Fleming en Goldfinger recordarán lo que el genial villano le dijo a 007: «Señor Bond, tienen un dicho en Chicago: una vez es casualidad, dos es coincidencia, y tres veces es una acción enemiga». Servidor va ya por n interacciones con esta panda de sectarios, que en vez de dar a conocer la obra de un filósofo que, pese a ser de importancia menor, resulta apreciable, se dedican a difundir lo que él dijo como si fuera un evangelio. No volveré sobre el tema de la errada distinción entre ética y moral que el profesor Bueno produjo. Baste decir, en esta ocasión, que con Galán se cumple la ley de hierro que enunció Unamuno: hay algo mucho peor que no leer nada, y es leer un poco y sin criterio.
Segundo sujeto: un tal Dani Sánchez-Crespo, ingeniero informático, empresario de videojuegos y aspirante a influencer muy pagado de su «comunidad», que cobija, al parecer, bajo sus sabias alas. Me gustaría aclarar, antes que nada, que lo de «Dani» no es por hacerlo de menos; fue él quien insistió, en nuestra corta relación, en que no le llamara Daniel, y yo soy muy de conceder deseos cuando son sencillos. De pronto me da por pensar si será pura coincidencia que el otro se haga llamar Edu, siendo el caso que ambos abandonaron hace mucho la adolescencia, tal vez la frontera razonable, por lo menos en público, de los diminutivos. Pero sigamos.
El caso Dani fue distinto al caso Edu. Respondí a un tuit en el que él decía, al tratar sobre la eutanasia, que no había lugar para la controversia, y le vine a decir que esa es una de las cuestiones morales más complejas que existen, y que quienes dedicamos toda una vida a reflexionar sobre ellas no tenemos, ni por asomo, la clarividencia que muestran quienes, como era su circunstancia, no han hecho otro tanto. «¿No le invita esto a la duda?», concluía en mi inocente tuit. La primera reacción ya no fue buena, pues me acusó de prepotencia —nótese: por invitarle a dudar—, y más tarde estuvo haciendo apreciaciones sobre mi personalidad e incluso ensayando un diagnóstico psicológico. Comentarios que no dejaban bien a mi Nuria porque, si llevas treinta y tres años con un señor y unos pocos menos de experiencia como psicoterapeuta, y un tipo que pasa por ahí te gana por la mano en perspicacia clínica, ya me dirás tú cómo te quedas.
De algún modo sorteamos lo anterior y al día siguiente tuvo a bien producir un vídeo de una hora con nuestra controversia para ofrecerlo a su comunidad y mandarme a mí que lo viera. Y eso hice, tomándome la molestia de analizar lo que allí vertía. De pronto, hizo sitio en su discurso a ciertos matices y hasta reconoció la dificultad del tema. Admitió, por ejemplo, frente a su postura tuitera, que el problema de la eutanasia es moral, no meramente legal. Había también unas cuantas obviedades, y sobre todo muchos agujeros: si bien no paró de hablar de derechos, se mostró ciego a los deberes (luego, en X, insistió en no contemplarlos); su absurda conclusión de que todo era un asunto de poder y todo el «ruido» culpa de «ciertos colectivos»; y repitió que «las morales no son correctas ni incorrectas» al tiempo que se declaraba «no relativista» (¿!).
La peor parte fue aquella en la que repitió que él no hacía juicios morales («Dios me libre a mí de decir cuál es la moral correcta y la incorrecta»). Lo cierto es que no paró de hacerlos; proclamando la sacrosanta voluntad de la sufriente como disolvente de cualquier debate sobre lo ocurrido y arremetiendo contra quienes trataban de impedir —por medios igual de legales— lo que finalmente ocurrió o siquiera opinar sobre ello. Esta gente es muy de mandar a callar a los demás, mientras se dicen pluralistas; a esto lo llaman «respeto». «Hay gente que cree que su visión moral es la correcta», decía en el vídeo; el mismo tipo que no paró de escribir y grabarse repartiendo sus juicios de valor con una generosidad inusitada. El amoralismo es una postura que desde luego no comparto; no obstante, reconozco la honestidad intelectual que requiere y lo difícil que es ser un amoralista de veras. Con lo que no puedo es con estos cargantes que rebosan juicios de valor mientras esgrimen su —falso— amoralismo como un signo de pureza.
Hubo otro punto muy significativo. Como quiera que Dani no paraba de repetir que lo que es legal no es asunto de la moral, le cité las Leyes de Jim Crow, lo que le dio para gritar, ufano, «¡cherry picking!» —cuanto daño han hecho los tutoriales de YouTube sobre dialéctica—, y para decir que, en tiempos modernos y en democracia, no hay leyes injustas. Le cité entonces las actuales leyes británicas que restringen el derecho de protesta y que en Canadá el aborto es hoy legal en todo momento del embarazo sin un límite específico de semanas de gestación, y que abortar a un bebé de ocho meses —sólo por mencionar lo más palmario— se parece bastante a un asesinato; tenía muchos ejemplos más —los que él necesitara—, pero ahí enmudeció, sin por supuesto tener el coraje de reconocer que se equivocaba.
Todas estas cosas y aún otras se las hice ver. No se lo tomó a bien, y me dijo que él «no estaba interesado en hablar conmigo» y que lamentaba «que no me enterase de esto»; a ver, Dani, eso fue después de que me escribiera usted medio centenar de tuits, de seguirme en esta red y no al revés e insistir hasta dos veces en que viera su vídeo: ¿pudiera ser que no dejase claras las señales? Lo que a mí me dice todo esto es que para esta gente una red social sirve para que los escuches y cierres la puñetera boca: es a lo que llaman «interactuar» estos botarates. Al fin, todo acabó en lo mismo que con Edu, aunque tras un rodeo mucho más largo: en un bloqueo; no sin antes decirme que era «la gente como yo« la que «está en la raíz de muchos males del mundo actual» (¡cáspita!).
Recuerde: todo esto me pasó sin haberme pronunciado sobre el caso Noelia (que dejo, por su complejidad, a mis colegas de bioética), sencillamente por puntualizar e incitar a conclusiones más moderadas. Vivimos en el país donde un humorista escribe sobre ética y pretende ridiculizar a un experto en ética sin entrar siquiera a conversar; un país en el que un informático «se descojona» (sic) de los argumentos que, con educación, intenta transmitirle un experto en la materia sobre la que él chapotea. Un país en el que el primer señor va por ahí mandando, antes de bloquear, a que te leas su libro, y donde el segundo, que no ha tocado a Aristóteles ni con un palo, exhorta a un doctor en filosofía a que estudie algo de lógica. Personas que utilizan las falacias como Harry Potter sus conjuros —«falacia de autoridad por aquí», «sesgo de confirmación» por allá; «si sale de esta le atacaré con esto otro», soltó el segundo sujeto en un momento dado—, que se autoproclaman adalides de la verdad y desfacedores de bulos con un cuajo sin límites. Influencers de pacotilla, de eso estamos rodeados, de gente hablando con rotundidad de asuntos con una preparación que, según diría el añorado Chiquito de la Calzada, equivale a tener por todo título una etiqueta de Anís El Mono.
En este mundo estamos y de este mundo hemos de salir si no queremos hundir el tinglado. O ponemos pie en pared, en cuanto a la credibilidad, con estos tipos que amasan cientos de miles de seguidores, o acabaremos como el rosario de la Aurora. Decía en La línea de sombra Joseph Conrad que «la tolerancia no consiste en asumir que todo es cierto, sino en defender que solo el uso de argumentos y no de la fuerza es legítimo para la persuasión». Esta gente que, excuso decir, va por la vida de empática y tolerante y, por descontado, está siempre «en el lado bueno de la historia» (expresión imbécil que hace saltar todas las alarmas), es la viva imagen de la intolerancia.
La ética no es un asunto sencillo. Esto no quiere decir que haga falta un título o siquiera estudios para pronunciarse sobre ella, pues todo ser humano tiene una conciencia y, si la ejercita, con humildad y sosiego, puede iluminar a los demás e iluminarse. Y naturalmente que cualquiera que haga lo anterior puede ofrecer un argumento con incluso más verdad que un doctor en filosofía. No sería la primera ni la segunda vez que me encuentro con que un ciudadano común tiene un juicio más atinado que un ilustre miembro de la Academia. Lo que resulta ridículo es tener modos de perdonavidas cuando se tratan temas de tanta enjundia, tanto más si quien se dirige a ti lo hace con educación, con la intención sincera de dialogar y con considerable paciencia.
Hasta aquí la crónica del fanatismo ético. Termino con una disculpa: no es mi tono habitual el que aquí he empleado, y, aunque mal no lo paso, no debo prodigarme. Lo que ocurre es que los filósofos también tenemos nuestro corazoncito y no tenemos por qué dejar sin respuesta a quienes nos tocan las narices.


