No hay mayor fracaso para aquéllos cuyo trabajo es ser invisible que aparecer en escena. Se sucedían los discursos y las bromas hasta que, de repente, sonó un estruendo. En un instante se derrumbó el protocolo rutinario y fue sustituido por otro, inusual y mucho más interesante. Ha sido un fallo sin consecuencias, porque el último atentado contra Donald Trump caerá en el olvido. Pero no siempre es así.
Cuando el pretendido asesino no hiere a nadie y acaba detenido, como en este caso, el suceso no pasa de anécdota y se desvanece de la memoria. Se tiende a despachar al perpetrador como un perturbado, uno más en la galería de monstruos que pueblan el mundo. Si el agresor sobrevive, casi nadie presta atención al posterior juicio, que a veces no merece ni siquiera una mención en el periódico o en el telediario. A menos que se pueda atribuir el incidente a algún complot, real o inventado, nadie le saca partido. Con suerte y buen comportamiento el atacante aparecerá al cabo de veinte años como protagonista de un reportaje por haber escrito algún libro o por haber estudiado un doctorado desde la cárcel. Preso modélico.
Hay acciones que dejan víctimas colaterales, aunque su objetivo salga sin un rasguño. La bomba que explota a destiempo y se lleva por delante a algunos transeúntes. Estos casos se prestan al oportunismo político y a la inauguración de algún monumento que recuerde a las azarosas víctimas. No suelen tener consecuencias porque la simpatía que genera el ataque hacia el líder es demasiado tenue. No son raros los ejemplos de reyes que tras sobrevivir a un atentado siguieron sin ganarse el favor de su pueblo y fueron derrocados poco después sin demasiada ceremoniosidad.
Están los intentos en los que se logra herir al prócer, pero sobrevive por pura suerte. La bala iba demasiado a un lado, la explosión fue amortiguada por algún mueble robusto, el blindaje del coche se reforzó una semana antes. Tras el inevitable paso por el hospital el líder obtiene durante algún tiempo libertad para maniobrar como considere. La magia de la sangre lo dota de un aura de indestructibilidad. El público se resiste a aceptar que sigue vivo por azar y trata de buscar un sentido a su salvación. Las grandes figuras de la historia son las que recurrentemente salen con vida de estos trances, porque quedan dotadas del prestigio de la suerte, muy difícil de obtener de manera premeditada.
La otra cara de la moneda son los ataques exitosos por casualidad, que siempre dejan la duda de cómo habría sido el mundo sin esa muerte. A veces la concatenación de coincidencias es tan inverosímil que no parece que se esté ante mala fortuna, sino que la fatalidad era inevitable y que el desenlace ya estaba escrito, porque la voluntad inquebrantable de un grupo de hombres había decidido que así tenía que ser. Y eso lleva al último de los casos, la conjura, que cuando está bien organizada parece casi una ejecución. Estos asesinatos, casi rituales, no son necesarios para acabar con sátrapas medianos: los conjurados solo se unen cuando la grandeza del objetivo hace que por separado no se atrevan a actuar. Ante un grupo con determinación ni siquiera el más poderoso de los hombres está a salvo. El ejemplo más famoso es el asesinato de Julio César, modelo de todos los posteriores. Queda la pregunta de hasta qué punto los conspiradores contribuyen a la deificación apresurada de la víctima y a que se haga realidad el futuro que querían evitar.
Para sobreponerse al tabú derivado de siglos de gobierno por derecho divino, el europeo ha adoptado la costumbre de organizar juicios para camuflar sus intrigas y a la vez evitar que el ejecutado triunfe después de la muerte. Es el intento vano de conferir a los verdugos la autoridad necesaria para legalizar el asesinato. Así ha sido desde Carlos I de Inglaterra hasta Ceaușescu. Esta pulsión ritual se manifiesta incluso en los conflictos entre naciones y por ello aparecen los tribunales internacionales, invención europea para europeos, ante la que otras civilizaciones han mostrado una actitud ambivalente y oportunista.
Las Américas se guían por otras reglas porque sus presidentes son un funcionario más. Todo votante podría, bajo ciertas circunstancias, aspirar al puesto. Por eso cualquier desharrapado se siente capaz de matar al hombre más poderoso del mundo. Las conjuras se suelen disfrazar como la acción de un lobo solitario, porque allí no es necesario legitimar el asesinato. Después de todo, los presidentes al otro lado del océano pueden poner su nombre a altas torres y esculpir su efigie en montañas majestuosas, pero su sangre nunca será azul.


