El diario secreto de José Antonio

José Antonio Martín Otín, 'Petón', firma un libro que nace del descubrimiento e interpretación de una pequeña agenda en la que el fundador de Falange reflejó sus citas y pensamientos

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La publicación del libro El diario secreto de José Antonio, cuyo autor, José Antonio Martín Otín, es conocido en el mundo del periodismo deportivo y divulgativo con el apodo de Petón, ha causado revuelo en ciertos ambientes. Digo ciertos ambientes porque, más allá de algún artículo en la sección de cultura de la prensa, la memoria histórica, si se sale de los cánones oficiosos, no tiene más cancha que la que los muy cafeteros le queramos dar. Y el revuelo surge no porque descubra cosas que ya se conocían o eran evidentes por los indicios y la evolución del personaje, sino porque confirma algo que para muchos parecía un anatema. José Antonio no era ni un santo como lo entronó el franquismo ni un demonio como lo condena la izquierda, sino un ser humano complejo e impresionante, pero humano al fin y al cabo.

Este libro, que complementa otro anterior sobre la figura de José Antonio Primo de Rivera (El hombre al que Kipling dijo sí), nace del descubrimiento e interpretación de una pequeña agenda en la que el fundador de Falange reflejó sus citas y pensamientos, de forma sucinta, durante unas semanas previas al alzamiento del 18 de julio de 1936, que dio paso a la Guerra Civil que durante tres años asoló nuestro país.

El diario secreto de José Antonio

En la agenda, José Antonio recoge sus citas políticas y personales, entre las que se encuentran sus escarceos amorosos junto a las de tinte político, en unas semanas convulsas en las que intenta mantener la cabeza fría ante los intentos de manipular a sus jóvenes falangistas para lo que inevitablemente va a llegar. Ya en la cárcel, detenido de forma ilegal —condición que mantendrá hasta ser asesinado el 20 de noviembre en Alicante—, lo expresa sin lugar a interpretaciones a mediados del mes de marzo: «Toda la mañana ha estado llena de rumores. Que si Azaña se propone entregar el poder a los socialistas después de las elecciones municipales como acatamiento al triunfo que los socialistas obtendrían y que si, para evitarlo, se prepara un golpe de Estado; dos golpes de Estado; tres golpes de Estado. Que si todos piensan contar con la Falange, y siempre como fuerza de choque, los muy cerdos». El propio Petón lo ha confirmado en alguna entrevista: «La presencia de la Falange en la organización fue inexistente. Los militares fueron muy discretos y no contaron con ella hasta junio. José Antonio se indignó al saberlo y se resistió a participar porque querían usarlos como fuerza de choque». Está demostrado que sólo permitió sumarse a lo que iba a llegar ya a mediados de julio, una vez que pactó con el general Emilio Mola, a través de intermediarios, que el golpe sería quirúrgico y que se garantizaría la recuperación del orden perdido en la República mediante un gobierno de concentración que desarrollara un ambicioso programa social y cerrara una etapa de violencia, evitando más derramamiento de sangre. Una propuesta de concordia que también hizo al propio presidente del Consejo de Ministros, Manuel Portela Valladares, y que este no pudo o no quiso aceptar. Ni una cosa ni la otra fue posible.

La obra de Petón tiene, además, a su favor no sólo el inmenso valor de reconocer y recuperar a José Antonio a través de sus propias palabras, sino que, tras cada párrafo extraído de ellas, desarrolla y desgrana el contexto en que están escritas, las personas que aparecen y su papel tanto en ese momento como posteriormente. Gracias a este trabajo de investigación logramos una imagen bastante certera de cómo Franco, con quien queda manifiesto que existía no sólo una animadversión mutua sino una incompatibilidad total en lo político, manipuló —con la colaboración de algunas personas muy cercanas a José Antonio— su relato y se apropió del falangista como mito. El autor llega a defender que el manifiesto con el que se llama a los falangistas a sumarse al golpe del 18 de julio es una falsificación posterior para justificar su absorción en el nuevo régimen y calmar la oposición de muchos de ellos. Asimismo, el libro recoge cómo influyó en cada decisión el hecho de que se estuviera asesinando en las calles a militantes falangistas por parte de milicias socialistas, que después ampliarían su actuación ya en guerra, eliminando en checas y cunetas a la inmensa mayoría de los militantes cercanos a José Antonio.

Es una lástima que algunas páginas de esta libreta hayan desaparecido al haber sido arrancadas —no se sabe bien por quién—, porque no tengo la menor duda de que permitirían arrojar más luz sobre lo que pasó, por qué pasó y cómo José Antonio se vio arrastrado a un final trágico, similar al que media España sufrió.

Este final de José Antonio es de todos conocido: fusilado al amanecer del 20 de noviembre de 1936 ante el muro de la cárcel de Alicante, habiendo dejado en su testamento una frase que confirma la inmensa humanidad del hombre que va a morir y de sus ideales: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, el pan y la Justicia». Ojalá.