La demografía, a diferencia de otros asuntos considerados públicos, no admite rectificación a corto plazo. Las mujeres que tendrán hijos dentro de veinticinco años son niñas. Eurostat sitúa el máximo poblacional de la Unión Europea en 2029, con 453,3 millones de habitantes, y el descenso hasta los 398,8 millones en 2100. No es una hipótesis, sino aritmética.
En 2025 murieron en la UE 4,81 millones de personas y nacieron 3,46, el decimocuarto año con saldo vegetativo negativo consecutivo. Pese a ello la población creció hasta los 452 millones, empujada por una inmigración neta de 2,05 millones. Desde 2012 Europa no se reproduce, se repuebla. Mantener el censo sustituyendo generaciones no es lo mismo que ampliarlo engendrándolas.
En 2025 España ganó 442.428 habitantes, y a 1 de enero de 2026 uno de cada cinco de sus 49,6 millones de residentes había nacido fuera. La fecundidad española (1,10 hijos por mujer) es la más baja de un continente que promedia 1,34 y cuyo mejor registro, el francés, se queda en 1,61. El primogénito llega de media a los 29,9 años. Alejandro Macarrón calcula que, de sostenerse las pautas del último lustro, hacia 2044 la mayoría de los habitantes de España serán inmigrantes o hijos de inmigrantes.
Alejandro Macarrón: «A este ritmo, en 2044 la mayoría de los habitantes de España serán inmigrantes»
Lo que se está contrayendo, sin embargo, no es tanto la población como la familia. De los 203 millones de hogares de la UE, sólo un 23,4% tiene niños, y el tipo más frecuente es ya el del adulto que vive solo, un 37,5% del total. Entre 2016 y 2025 la Unión sumó ocho millones de habitantes mientras perdía dos millones de hogares formados por una pareja con hijos. Ahí se ve por qué la «caja de herramientas demográfica» que la Comisión Europea mantiene desde 2023, con la inmigración entre sus instrumentos, no resuelve la cuestión, la complica. Confunde el tamaño del censo con la continuidad de un pueblo.
Toda familia empieza por una casa y la vivienda se ha vuelto inalcanzable a la edad de ser padres. Entre 2010 y 2025 la vivienda se encareció en la UE un 58% y los alquileres un 28%, mientras los salarios reales apenas recuperaban el nivel de 2019. El joven europeo se emancipa a los 26 años; el español y el italiano, a los treinta. Además, de cada cien euros que cuesta emplear a un trabajador medio en España, más de cuarenta se evaporan en impuestos y cotizaciones antes de llegar a su bolsillo.
El presunto remedio oficial es, en realidad, una pieza del mismo mecanismo. Naciones Unidas calculó ya en 2000, en su informe Replacement Migration (Migración de reemplazo), que la Europa de los quince habría necesitado 47 millones de inmigrantes hasta 2050 para sostener su población y unos 700 millones para conservar la relación entre activos y jubilados; sus propios autores admitieron que lo segundo era inalcanzable. El argumento de los trabajos que los nativos no quieren hacer tampoco resiste el contraste español: 2,5 millones de parados conviven con una de las tasas de vacantes más bajas del continente, un 0,9% frente al 2% de media. No falta mano de obra, faltan salarios que permitan sacar adelante una vida digna.
La protección social absorbe en torno al 27% del PIB agregado de la UE y cada Estado funciona como un gigantesco fondo de pensiones de reparto que exige más cotizantes. Cuando dejaron de crecer quedaban dos caminos, reformar el sistema o importar quien lo pagara. La opción de eso que se llama globalismo fue una invasión migratoria que no sólo no paga las pensiones, sino que además presenta un saldo negativo de en entre 8.000 y 17.000 millones de euros.
La manipulación de la composición de un pueblo es la decisión política más perversa, entre otras razones por sus efectos a largo plazo, y se ha sustraído del debate bajo la etiqueta de lo inevitable. Un censo puede crecer mientras la nación que lo sostiene se disuelve. El desafío demográfico es si los europeos todavía se consideran herederos de una civilización o si se han resignado a transitar un espacio regulatorio de prosperidad menguante, burocratizado hasta su extinción.


