Pedro Sánchez, en su comparecencia ante los medios horas después de la tragedia ferroviaria que enluta a España, ha aseverado que no es asumible que se hayan producido dos accidentes de estas características, en menos de un año, añadiendo las típicas frases cliché, llenas de lugares comunes, para ofrecer investigación y determinación de responsabilidades. Efectivamente, todo esto que ha ocurrido es inasumible.
Un presidente preocupado por su imagen, sembrando vientos a diestra y siniestra, sin hacerse cargo de nada: ni Adamuz ni la corrupción ni la riada ni lo que acaba de pasar en Toledo. Un ministro, que se supone que es el responsable operativo y político del estado de las infraestructuras, se dedica a cualquier cosa, hasta a insultar en sus redes sociales, menos a cumplir con su labor. Una legislatura que confirma la pesimista regla que dice que «siempre se puede estar peor».
No deja de sorprender que España, otrora ejemplo de democracia y de solidez institucional, de rigor y respeto, de trenes seguros y de redes ferroviarias confiables, ahora haya devenido en un sucedáneo de decadentes regímenes que perviven en medio de la tensión, la confrontación, la polarización, y hoy, de dramáticos momentos y de desgarradores testimonios que demuestran la desidia y la ineptitud.
Y que, precisamente, en los momentos y en los lugares en los cuales la población demanda que la representación del Estado esté presente, sea sólida y brinde todo su contingente, reciba las más burdas y estólidas excusas de un régimen terminado, y al que únicamente le interesa posicionar un relato, sacar el cuerpo, eximirse de responsabilidades.
Los ojos y el peso de esta nueva tragedia recaen, sin contemplaciones, en los entes estatales encargados de la infraestructura. Y es que, por una parte, esta nueva tragedia cobra vidas inocentes, trunca proyectos, rompe familias y sumerge en el dolor y la tristeza a un país; por otra, voces técnicas venían exhortando de las falencias y los riesgos que se estaban generando, y de la falta de inversión y de mantenimiento.
Mientras tanto, en un baladí alarde de desconexión con la realidad, una facción de la clase política —¿acaso a ellos sí se los deba llamar casta, como era la bandera de sus antiguos socios de Podemos?— se esmera en instalar un relato que les permita sacar réditos para continuar en el poder. Así, entonces, aunque de manera desesperada quiera rizar el rizo, Sánchez, en su comparecencia, ha aceptado la incompetencia de su ministro, la de su legislatura y la suya propia.
Nada de esto es asumible.


