Cuando el 8 de febrero de 1983 el encargado de las cuadras de Ballymany Jim Fitzgerald fue sorpresivamente encañonado por el cabecilla de un grupo de nueve hombres armados y encapuchados, el estado de shock no le permitió vislumbrar que estaba sucediendo a su alrededor. El pistolero, sin vacilar, pronto le sacó de dudas: «Hemos venido a por Shergar, queremos dos millones de libras por él». Esto, que podría ser el prometedor prólogo de una novela de misterio o el excitante inicio de un largometraje hollywoodiense, es, tristemente, un hecho absolutamente real.

Han transcurrido casi 39 años de aquella noche en el condado de Kildare, a unos cincuenta kilómetros al suroeste de Dublín, donde uno de los mejores caballos de carreras de la historia fue secuestrado. A pesar del tiempo acontecido y las mil y una pesquisas e investigaciones llevadas a cabo, nadie ha podido dilucidar cual fue el destino final de Shergar.

Un purasangre de otro planeta

Cuando hablamos de una gran estrella del deporte, solemos abusar del adjetivo calificativo: mítico, legendario, único, irrepetible… Pero en el caso de Shergar, todos ellos son merecidos y, sobre todo, proporcionados.

Nació en 1978 en las caballerizas de Sheshoon, Irlanda. Con un distinguido y soberbio origen, Shergar era un guapo foal, fuerte, castaño, careto y cuatralbo. Ya siendo un yearling, su criador y propietario, el magnate suizo Shah Karim al-Hussayni (el Aga Khan IV), determina enviarlo al Reino Unido con la intención de hacerlo competir en los hipódromos ingleses.

De carácter tranquilo y afable, el hijo de Great Nephew, debuta en el verde de Newbury consiguiendo una indiscutible victoria por dos cuerpos y medio en una carrera de condición sobre la milla, a los mandos el ganador de once estadísticas de jockeys en Inglaterra y Oficial de la Orden del Imperio Británico Lester Piggott. En su segunda y última salida a dos años repite monta y concluye completando la gemela en un selectivo grupo 1, también en los 1.600 metros, en esta ocasión sobre la pista de Doncaster.

Para su campaña de tresañero, el acreditado preparador Sir Michael Ronald Stoute tenía metido entre ceja y ceja un objetivo claro, a la par que estratosférico, que terminara de consagrar a su pupilo: el Derby de Epsom.

Desde 1780, el primer miércoles de junio nunca fue una jornada más en el Reino Unido. Era la fecha en la que anualmente se corría el Derby de Epsom o, como suelen decir los británicos, The Derby Day. Incluso hasta 1995, cuando la prueba pasa a celebrarse el primer sábado de junio, dicho día era declarado festivo en todo el país. Esta carrera, la más prestigiosa del Viejo Continente junto con el Arco del Triunfo de París, busca coronar al mejor caballo de la temporada en su edad clásica.

Como dato curioso, esta prueba supone el origen de la denominación derby para referirse a los duelos relevantes en todas las competiciones deportivas.

Para preparar tan magna carrera, el purasangre es matriculado previamente en sendas pruebas en Sandown y Chester, donde, montado por el joven jinete de diecinueve años Walter Swinburn, al que la prensa inglesa apodaba The Choirboy (el chico del coro) por su aspecto aniñado, barre a sus contrincantes venciendo por 10 y 12 largos respectivamente.

Shergar llega a Epsom Downs con el halo de gran favorito y, con una comodidad y facilidad pasmosa, desclasa a un durísimo lote logrando laurearse por una distancia de 10 cuerpos, que podrían haber sido muchos más si Swinburn no hubiera bajado las manos a cuatrocientos metros del poste de meta… El eminente comentarista deportivo Peter Bromley exclama exultante en plena recta final: «¡Sólo hay un caballo en la pista! ¡Necesitas un telescopio para ver al resto!». El potro, ejecutando un cánter, gana por el mayor margen que hasta el momento se ha dado en un Derby de Epsom. Con la reina Isabel II de testigo observando atenta a través de sus binoculares, Shergar acababa de confirmar que era de otro planeta.

Su propietario, entonces, recibe una oferta de cuarenta millones de dólares proveniente de Estados Unidos para hacerse con el purasangre.

Shah Karim al-Hussayni rechaza la mareante propuesta y decide inscribir a su ejemplar en el celebérrimo Derby de Irlanda, en el que vuelve a arrasar por cuatro largos con Lester Piggott en la silla. Poco después es de la partida en el King George VI and Queen Elizabeth Stakes de Ascot, donde sonroja a sus oponentes imponiéndose por el mismo margen, esta vez con Walter Swinburn que volvía a subirse en nuestro protagonista tras cumplir una sanción de puesta a pie.

Con un extraordinario e histórico timeform 140, las carreras para Shergar culminan con un extraño e imprevisible cuarto puesto en el St. Leger Stakes que, de ninguna manera, debería ni siquiera representar un lunar en su incontestable expediente. Una larga y exigente temporada, junto a un terreno muy pesado que no era de su gusto, son motivos de peso para entender esta actuación tan contradictoria.

Con todo, Shergar es proclamado caballo del año en Europa y, tras este inusitado traspiés, sus responsables, recelando una posible dolencia física y prefiriendo no arriesgar, optan por apartarlo de la competición de forma permanente pasando a su plácido y más que rentable retiro como semental.

La noche de autos: el ‘Rey Neptuno’

Shergar era un héroe nacional en su país. El Aga Khan continuó declinando ofertas que pretendían llevarse el purasangre al extranjero, decidió sindicarlo en cuarenta acciones por valor de 10 millones de libras e instalarlo en Irlanda para arrancar su nueva etapa como reproductor, la cual, se truncó dramáticamente la fatídica noche de autos.

Volviendo al cajón de salida de este artículo, el pistolero que apuntó directamente a la cabeza de Jim Fitzgerald, tras su declaración de intenciones inicial, le ordenó, con un notorio acento norirlandés, que le condujera hasta el mismísimo Shergar.

Los raptores cargaron entonces en un van de dos plazas al caballo, pusieron en marcha el viejo coche que lo remolcaba y el purasangre desapareció entre la niebla ante la atónita y espantada mirada de su mozo de cuadra.

El resto de los cuatreros introdujeron a Jim en otro vehículo y, tras un periplo de 30 kilómetros, fue abandonado en un camino rural cerca del pueblo de Kilcoo, no sin antes ser exhortado a que no avisase a la policía y aguardara a ser contactado bajo el mensaje en clave Rey Neptuno, de lo contrario él y su familia serian asesinados.

Casi de manera inmediata y en plena madrugada, varios accionistas y dos ministros del gobierno fueron alertados del robo, sin embargo, hasta ocho horas después no consiguieron hablar con el Aga Khan que, de forma vehemente, mandó poner los hechos en conocimiento de las fuerzas de seguridad. Sin lugar a duda, se dilapidó un tiempo crucial para perseguir la estela y el rastro de los asaltantes.

Negociaciones fracasadas

Shergar ahora era propiedad de 35 accionistas, que se mostraron divididos. Uno de ellos, Edward John Stanley, conde de Derby, se manifestó tajante: «Si pagamos los dos millones de libras del rescate, existe el peligro de que otros caballos sean secuestrados en los próximos años y eso, simplemente, no se puede tolerar».

En cualquier caso, se abrieron negociaciones mediante la creación de un comité, no obstante, tras dos jornadas de conversaciones sin llegar a ningún acuerdo, las exigencias de los criminales se tornaron confusas, desconcertantes y, en algunas ocasiones, surrealistas: por ejemplo, solicitaron el pago en billetes de cien libras, que no existían, u obligaron a seguir con las comunicaciones a través de una línea de teléfono en Francia.

Tras ello, los responsables de Shergar demandaron pruebas para verificar que el purasangre permanecía con vida. Al poco, los delincuentes depositaron en un hotel de Dublín varias fotografías que reflejaban al caballo junto con un impreso del diario The Irish News fechado el 11 de febrero.

Sin embargo, el comité no lo valoró como evidencia suficiente ya que las imágenes meramente enseñaban la cabeza del semental. La respuesta del interlocutor fue categórica: «Si no están satisfechos, eso es todo», colgó el teléfono y los ladrones, tras cuatro días de diálogo, jamás volvieron a establecer contacto. Los propietarios de Shergar utilizaron los periódicos para intentar reanudar las conversaciones, pero nunca lograron tener éxito.

Los sospechosos: desde Gadafi hasta la mafia de Nueva Orleans

Toda la policía de Irlanda e Irlanda del Norte, junto a setenta detectives privados, trabajaron incansablemente en el asunto, pero de ningún modo consiguieron obtener pista alguna ni, por ende, resolver el caso. Únicamente se obtuvieron conjeturas y especulaciones, la mayoría de ellas carentes de fundamento. La lista de sospechosos es tan amplia como turbadora.

Algunos sostienen que un poderoso jeque árabe sustrajo a Shergar para mejorar la línea de su cría caballar; otros mantienen que el dictador libio Muamar el Gadafi robó al purasangre para deshonrar a Shah Karim al-Hussayni, su enemigo ideológico y religioso; una tercera vía señala como culpable al hampa marsellés o a la mafia de Nueva Orleans por un ajuste de cuentas con el Aga Khan; hasta se dio cierta credibilidad a la teoría que aseguraba que alguna cuadra o yeguada competidora había contratado a una banda de matones para hacer desparecer al semental…

No obstante, la hipótesis más aceptada por la opinión pública, las autoridades y los servicios de inteligencia, aunque jamás demostrada ni probada, es la que apunta directamente al IRA.

Esta tesis se cimenta en las declaraciones de Sean O’Callaghan, antiguo miembro del grupo paramilitar, que afirmó desde prisión en 1999 que el caballo fue raptado por la organización subversiva para, con el abono por su rescate, lograr financiarse de cara a la compra de armas. Según el informante, durante las primeras horas tras el asalto, el purasangre tuvo un percance en el van que lo transportaba, se rompió un hueso de una de sus patas y los secuestradores, desesperados y con la situación fuera de control, decidieron tirotearlo. Un segundo exmilitante anónimo atestiguó, ya en 2008, que el animal ciertamente fue afanado por el Ejército Republicano Irlandés y a los pocos días, dando por hecho que el pago exigido no se iba a hacer efectivo y con el cerco policial cada vez más cerca, tomaron la determinación de ametrallar al caballo hasta la muerte para luego inhumarlo.

El IRA nunca admitió su participación en los hechos, incluso fue negada explícitamente por integrantes de la cúpula del Sinn Fein.

Tal vez jamás sepamos donde está Shergar ni lo que ocurrió realmente con él, pero en un rincón de Irlanda, casi cuatro décadas después y a buen recaudo, aún se conserva cabello de las que fueron sus crines con la esperanza de que, al menos, algún día, sea posible hallar, identificar y dar digno enterramiento al que fue el caballo más valioso del mundo.

Nacido en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz. Diplomado en Relaciones Laborales por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Los derroteros profesionales le llevaron a residir durante varios años en Inglaterra, Perú y Chile, aunque actualmente se encuentra asentado en la malagueña Costa del Sol. Amante del turf por encima de todas las cosas.