De amargores

Y amarguras. Y amargos. Y amarguillos. Y amargados

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Hace no mucho me hablaron de un conocido diciendo que parecía que últimamente estaba «como muy amargado», que «gruñía» mucho, que estaba como «a disgusto» con todo y con todos… Me resultó una expresión interesante, porque a tal conocido nuestro, nunca le hubiera yo aplicado ese adjetivo. Ciertamente parecía que las últimas veces que estuvimos juntos podía estar como más faltón, más cáustico, como más disgustado con el mundo. Pero, ¿quién no lo está? ¿No hay causas de sobra para estarlo? ¿No tiene razón y derecho este conocido nuestro a estar así?

Un Inciso terminológico

Amargo. Referido a un sabor similar a la hiel o la quinina, a menudo desagradable pero también con matices que potencian otros sabores. Hablamos de sabores amargos o agridulces. Y para gustos… los colores. Y los sabores.

Amargura. Referido a sentimientos, se amplía a la idea de alguien que padece alguna aflicción, tristeza, disgusto o desilusión. Hablamos de una persona afligida, que sufre la amargura o sufre con amargura.

Amargado. Referido a personas, se habla de un carácter áspero, de un genio desabrido o mal genio. Hablamos de una persona amargada.

Un mundo amargo

Lo seguí pensando y al final uno cae en la cuenta que la situación social, política, económica, eclesial y vital que nos rodea —y en tantos y tantos otros ámbitos—, no da para mucho más que para la amargura. ¿No hay lucidez en la amargura? Si el pesimista es alguien que sin más mira el mundo con realismo, ¿no le sucede lo mismo al amargado?

Y aún más, ¿no reflejar algo de amargura con lo que va mal en el mundo, no sería caer en connivencia con ello? ¿No es también una forma de resistencia, de denuncia, de no querer bajar las manos y transigir sin más, de rebelarse? ¿No es mostrar amargura un no querer huir de la realidad, mirarla de frente y denunciarla? ¿No es una forma de profecía? A Jeremías, Elías, Jonás y algunos otros profetas bíblicos, fácilmente puede calificárseles de amargados… Dicen los exégetas, que el mismo Jesús, en el evangelio de Marcos, se pasa el texto gritando con el uso del vocativo…

Y el caso es que incluso al escribir esa idea, hay algo que se resiste, que dice que no puede ser, que ni el pesimismo ni la amargura son cristianas. Sin saber cómo ni por qué, sin siquiera poder argumentarlo bien, casi que de una forma innata, conocemos que la amargura es una especie de enfermedad del alma. Que es casi una renuncia a la esperanza…

¿Cómo hacer entonces para vivir crítica y lúcidamente y no caer en la amargura? ¿Cuál es el límite entre la crítica mordaz, el comentario ácido o incluso insultante o agresivo —para quien carece de humor, todo sea dicho— y ser una persona amargada? ¿Cómo ser profético, denunciar, rebelarse, no transigir… y no amargarse? ¿Cómo en medio de la amargura, no amargar a los otros?

Amarguras de la vida

Pero ya no sólo lo mal que van en el mundo tantas cosas. Es innegable que en toda vida hay siempre inevitables amarguras. El dolor es inevitable en la existencia. Llegamos llorando y causando dolor. Nos vamos igual. No hay vida sin sufrimiento. Sufrido y causado. ¿No hay amarguras que sin más toca tragar, beber, que nada se puede hacer con ellas? ¿Cómo hacer para convivir con eso y que no se agríe el carácter? ¿Cómo no sucumbir a la amargura desesperada?

O lo realmente importante, ¿cómo vivir la propia amargura, sin amargar a otros? Sin cargarles, sin culparles, sin pagarla con ellos… ¿cómo asumir las propias responsabilidades, en silencio, sin dañar a otros por ellas?

E igual del otro lado de la relación. ¿Cómo aguantar la amargura de los otros? ¿Cómo convivir —con paciencia y resignación— los defectos de aquéllos que tenemos cerca? ¿Cómo sufrir con dignidad, tratando de mantenerse en pie, cuando somos las víctimas de la amargura de otros? ¿Cómo no caer en el ojo por ojo, en devolver mal con mal, cómo no caer en la propia amargura por la situación injusta quien vive la amargura de los demás?

No tengo todas las respuestas

Pero sí algunas intuiciones, o descubrimientos, o ideas al respecto:

  • Que la amargura es una enfermedad del alma.
  • Que lo peor de la amargura es amargar la vida de los otros.
  • Que hay amarguras que son inevitables una vez que llegan.
  • Que hay amarguras que se podían haber evitado, pero que si han llegado, es imposible evitarlas. Y que eso genera aún más amargura.
  • Que culpa y amargura a veces van de la mano.
  • Que amargura e impotencia también.
  • Que en toda amargura hay siempre un fondo «blanco»: de sentir injusticia, de rebelarse contra lo que criticamos, de no quererlo, de rechazarlo.
  • Que es reflejo de un corazón que querría arreglarlo todo, tenerlo todo bajo control, que querría que no existiese el mal, el dolor, el sufrimiento. Pero eso no es real. Y eso sólo puede Dios.
  • Que la amargura es una mezcla de tristeza y de enfado.
  • Que, por desgracia, el amor no es bastante para combatir la amargura. Aunque si puede ayudar a sobrellevarla. Y a sufrirla.

O algunas respuestas

Imagino que el límite entre ser mordaz y sarcástico, crítico, intransigente con el mal, de resistir, denunciar y rebelarse; … y ser un amargado, es la capacidad de ver que, aunque muchas cosas no van bien, no todo va mal. O, dicho de otro modo, ser capaz de que lo que va mal no afecte tanto que se te meta en el corazón impidiéndote ver lo que sí va bien. Que lo feo no anule la capacidad de ver belleza. Que la tristeza no cope tanto el corazón, que expulse toda alegría o ilusión. Que el enfado no sea tan encendido que oculte la bondad que existe en el mundo. Que la amargura no expulse a la esperanza.

Para que la amargura no agríe el carácter, hay que ponerse manos a la obra de la bondad concreta y práctica. Hay que mirar al bien y no sólo a la oscuridad. Quien mira constante y únicamente al abismo, puede acabar engullido por él. No es apartar la vista, es también descansar del combate. Hace falta ir a un lugar tranquilo, dejarse mecer por la brisa del bien. Nada cura tanto la amargura como la belleza y la ternura. Y los amigos.

Hay que ser consciente de que los otros concretos y cercanos no pueden ni deben ser quienes sufran las invectivas contra lo fatal que está todo. Hay que refugiarse en el bien, la verdad y la belleza sin perder en lucidez. Hay que intentar cambiarse uno mismo primero. Como se cita a san Agustín: «Decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo».

Contra la amargura y el amargor, hay que reafirmarse en la esperanza. Y a veces lo único que sostiene la esperanza para quien vive bajo los embates de la amargura, es abrir la mirada sobrenatural, reconocer que no todo está nuestra mano, que hay una mano más alta, un corazón más grande, un amor más incondicional, que no dejará —por más que lo parezca, por más que a veces no se vea luz alguna— que la realidad se pierda en el dolor y el mal y el sufrimiento. Que ni todo el mal del mundo, ni todo el sufrimiento injusto, ni toda la frustración del dolor, puede más que Dios mismo.

Que seguimos a un crucificado, pero que resucitó y regresó de entre los muertos como el primero de todos los hombres para abrir las puertas de la vida plena.

Que en medio, a veces, no queda otra que apretar los dientes, aguantar, soportar. Que mejor hacerlo sin que los otros lo sufran. Pero que, de una forma inconcebible para quien vive en medio del dolor, se acaba marchando. Siempre. Por mucho que a veces cueste, a veces no queda más que intentar relativizar. Incluso el dolor o el mal.

Coda

Vi unos días después a este conocido nuestro del que aquel decía que parecía estar «amargado». Comimos juntos. Escuché sus diatribas. Traté de indagar si no había además de las amarguras del mundo, los amargores de la vida en su vida. Y seguro que sí. Pero todo pasa. Todo pasará.

Acabamos también riendo, hablando de literatura, de arte, de música, de lugares, de amigos, de gentes. Entre sonrisas atisbé que tras el sarcasmo mordaz y algo violento, entre el humor ácido y a veces hiriente, no había sino como en el corazón de cada uno, un deseo de alegría, de plenitud, de belleza y de bondad. Un no estar conforme con lo que no va bien. Quizás una incapacidad para contarlo de otro modo que no sea ése.

Por paradójico que suene, tras la amargura, en el fondo, no hay otra cosa que profunda esperanza. Un inmenso anhelo de que el mal ni el dolor tengan la última palabra en la vida.

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