A veces entro a mirar los libros más vendidos de Amazon porque no me tengo mucho respeto. Hoy, por ejemplo, el número uno lo ocupa Paz Padilla con Alzar el duelo: Cómo seguir viviendo para superar la ausencia y recuperar la calma, lo cual me ha hecho plantearme seriamente dedicarme a escribir en la sombra, porque si alguien que no articula dos frases seguidas sin tropezar consigue encabezar listas de ventas, quizá el problema no sea el talento sino la falta de escrúpulos.
El segundo no se anda con rodeos: Mi psicóloga me dijo: 110 sesiones para elegirte sin culpas y dejar de aguantar tanta mierda, que viene a ser la versión editorial de ese amigo que, después de tres cervezas, decide diagnosticarte la vida. Más abajo aparecen Feliz menopausia, que promete equilibrar hormonas y existencia, e Inteligencia natural, por si el lector no se conformara con la artificial.
El resto del top lo completan novelas juveniles, algún fenómeno editorial omnipresente —La asistenta, que ya no sé si es un libro o un electrodoméstico que te regalan al abrir una cuenta de ahorro— y uno o dos títulos que permiten mantener una fe moderada en la especie. Me gusta pensar que quienes leen de verdad siguen comprando en librerías, aunque sea una fantasía de supervivencia cultural que uno se cuenta para no cerrar la pestaña.
Siempre que hago este ejercicio suele coincidir con que el Real Madrid ha hecho el ridículo en Liga, lo cual añade un matiz de vulnerabilidad que quizá explique por qué la mitad de la lista pertenece sistemáticamente a la autoayuda. Wikipedia define el género con una vaguedad casi entrañable: textos orientados a mejorar emociones, pensamientos o frustraciones de forma autónoma. Se pretende mejorar. Como si hubiera alguien levantándose un martes con la intención firme de empeorar.
El problema, en realidad, no es ese deseo bastante elemental de encontrarse mejor, sino la transformación de ese deseo en obligación, en una especie de mandato difuso según el cual la estabilidad emocional permanente no sólo es posible, sino exigible si uno pone suficiente empeño. Se ha instalado la idea de que estar bien siempre es un estado alcanzable, cuando lo cierto es que se parece más a una excepción intermitente que a una condición sostenida, algo que no encaja ni con la experiencia humana ni con el simple hecho de atravesar una semana cualquiera sin que ocurra nada especialmente grave.
Ese mandato no aparece solo, viene acompañado de todo un ecosistema que lo refuerza y lo legitima, desde Instagram hasta los centros de wellness, pasando por los coaches, las tazas con frases inspiradoras y toda una industria que ha aprendido a convertir el estado de ánimo en un producto más. Uno empieza a sospechar que, en algún lugar, hay gente que organiza su bienestar como quien agenda una reunión, de ocho a nueve llamadas y de nueve a diez ser feliz, y si a las diez y cuarto sigue regular, el problema ya no es la vida sino la falta de compromiso con el método.
Porque ahí es donde está el negocio, en esa insatisfacción crónica que se alimenta de sí misma, en esa tendencia a mirarse constantemente en busca de fallos que, una vez detectados, requieren intervención externa, ya sea en forma de azucarillo con mensaje edificante o de libro que promete enseñarte a dejar de sabotearte. Cuanto más te analizas, más grietas encuentras; cuanto más grietas identificas, más plausible resulta la idea de que alguien tenga la solución empaquetada. El problema no suele ser la grieta en sí, es el foco permanente sobre ella.
Tener uno o dos libros de autoayuda puede explicarse sin demasiada dificultad: te lo regalaron en un momento malo, lo compraste después de una ruptura, caíste en la sección correspondiente intentando salir del Corte Inglés de Castellana. Un tercero empieza a generar dudas razonables; veinte indican que algo, en todo ese sistema de mejora continua, no está funcionando como debería.
Entre otras cosas porque los mensajes se contradicen con una alegría notable. Un libro te dice que madrugues, otro que escuches a tu cuerpo; uno defiende el control férreo de tus hábitos, otro propone el desapego como vía de salvación. Si necesitas veinte versiones de la misma idea para entender cómo vivir, probablemente el problema no sea la falta de información, sino otra cosa menos cómoda de admitir. Cabe incluso la posibilidad de que aún no seas rico porque te has gastado el sueldo en libros que prometían exactamente lo mismo con distinta portada.
El lector habitual de este género responde a un patrón bastante reconocible: consume cada novedad con la fe de quien cree haber encontrado, por fin, una clave que el resto ignora, pasa de una revelación a otra con la misma facilidad con la que otros cambian de dieta y acaba manejando un repertorio de certezas que funcionan como marcadores de pertenencia. No es muy distinto de quienes están convencidos de que nos fumigan, de que tomar el sol sin protección es una muestra de fortaleza o de que la Tierra es plana; en todos los casos hay una sensación de acceso privilegiado a una verdad que los demás no han sabido ver.
El repertorio es conocido y se repite con ligeras variaciones. La ley de la atracción, el universo conspirando a tu favor, la actitud como palanca universal, el karma como sistema de recompensas bien afinado, la energía que fluye si tú haces lo propio. Muchas de esas ideas tienen orígenes concretos y contextos históricos precisos que se han ido diluyendo hasta convertirse en eslóganes portátiles. Keep calm and carry on, por ejemplo, nació como un lema del gobierno británico ante la expectativa de bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial y ha terminado convertido en material de papelería, una trayectoria que dice bastante sobre nuestra capacidad para transformar cualquier cosa en objeto decorativo.
Detrás de todo esto hay algo menos amable que conviene señalar, y es la dificultad creciente para tolerar el malestar, tanto propio como ajeno, porque ver a alguien desbordado, cansado o simplemente triste sin que haya una narrativa de superación asociada resulta incómodo, casi improcedente. El sistema tampoco muestra demasiado interés en ese tipo de estados improductivos, de modo que tienden a corregirse, maquillarse o reconvertirse en proyectos de mejora personal que encajen mejor en la lógica general.
La consecuencia es una especie de hipocondría emocional en la que uno se observa constantemente, interpreta cualquier variación como un síntoma y busca soluciones con una urgencia que no suele estar justificada. Se generan así comunidades enteras de militantes de la felicidad que recomiendan con entusiasmo su última epifanía, aunque en muchos casos se trate de ideas tan elementales que cualquier persona con un mínimo de sentido común podría formular sin necesidad de metáforas cósmicas. Comer mejor, moverse más, dormir suficiente; no hace falta un gurú para llegar a esas conclusiones, pero parece que necesitamos que alguien nos las envuelva con cierta solemnidad para darles valor.
Lo atractivo de todo esto no es tanto la promesa de bienestar como la posibilidad de delegar decisiones, de seguir instrucciones claras, de creer que existe un método replicable que reduce la incertidumbre y evita la incomodidad de tener que pensar por cuenta propia. Vivir con pautas ajenas simplifica la existencia, la hace más manejable, aunque sea a costa de convertir problemas complejos en croquis demasiado simples.
Porque la realidad, por desgracia, no responde a ese tipo de esquemas. La felicidad no depende únicamente de uno mismo, por mucho que resulte tranquilizador creerlo, y hay una cantidad considerable de factores externos que desbaratan cualquier planificación: padres que enferman, trabajos que se pierden, relaciones que se rompen, amigos que traicionan, Vinicius que fallan. Ningún libro puede evitar que esas cosas ocurran ni ofrecer una respuesta universal que funcione en todos los casos.
Ahí es donde aparece una idea que estos manuales suelen esquivar, y es que estar mal no sólo es inevitable, sino que en muchos casos cumple una función. No es agradable ni deseable, pero sí necesario como punto de inflexión, como mecanismo que obliga a replantear decisiones, a cambiar de dirección o simplemente a detenerse. Nadie percibe con claridad que está bien si no ha estado antes en otro lugar, y a veces basta un gesto mínimo —el sol en la cara, una torrija o la promesa de una remontada en Champions— para notar que algo se ha recolocado sin necesidad de intervención externa.
Incluso esos pensamientos que se etiquetan rápidamente como negativos pueden tener una utilidad que no conviene despreciar, porque obligan a pensar, a cuestionar, a salir de la inercia en la que tantas veces se instala uno cuando todo parece funcionar. No tienen marketing, no generan comunidad, pero operan con una eficacia discreta.
Quizá por eso algunos libros que no pretenden ayudarte acaban haciéndolo mucho más que cualquier manual explícito. Los hermanos Karamázov cuando la fe se tambalea, Gospodinov cuando el duelo no tiene forma clara, Anna Karenina para entender cómo se desmorona una vida aparentemente ordenada, El año del pensamiento mágico para convivir con la pérdida, El desierto de los tártaros para asumir que la vida puede ser, sencillamente, una espera larga y perfectamente inútil, La familia de Pascual Duarte para entender que hay casas de las que no se sale del todo nunca. Ninguno de ellos ofrece instrucciones ni soluciones empaquetadas, pero todos consiguen algo más difícil, que es acompañar sin simplificar.
El resto, en comparación, se parece más a un intento de domesticar la vida que a una forma de entenderla, y ahí es donde la autoayuda deja de ser un género inofensivo para convertirse en otra cosa más cercana al negocio bien engrasado que a la literatura.


