España, país de importación

Un país con más fiestas que días libres

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En España hemos conseguido algo que merece reconocimiento internacional: celebrar las tradiciones de medio planeta sin renunciar a las nuestras. Somos capaces de disfrazarnos de fantasmas el 31 de octubre, llevar flores al cementerio el 1 de noviembre y empezar a comprar los adornos de Navidad el día 2. Todo ello mientras esperamos las ofertas del Black Friday. Nuestra agenda festiva empieza a parecerse al catálogo de una multinacional.

Halloween es posiblemente el mejor ejemplo. Lo hemos incorporado con tanto entusiasmo que algunos niños conocen mejor el protocolo del «truco o trato» que nuestras propias tradiciones de Todos los Santos. Hemos aprendido a tallar calabazas, decorar escaparates con telarañas y organizar fiestas de disfraces con una naturalidad admirable.

Papá Noel ha conseguido hacerse un hueco en un país que ya tenía tres Reyes Magos perfectamente cualificados para repartir regalos. Ahora los niños reciben visitas el 25 de diciembre y el 6 de enero, en una ampliación de plantilla que cualquier departamento de recursos humanos consideraría injustificada.

Tampoco nos hemos resistido a San Valentín, al Black Friday, a los baby showers ni a las fiestas para revelar el sexo del bebé. Incluso hemos empezado a familiarizarnos con Acción de Gracias, aunque todavía no hayamos encontrado la manera de encajar un pavo entre las cenas de empresa y los preparativos de Navidad.

Lo verdaderamente fascinante es que España nunca ha destacado por su falta de fiestas. Tenemos romerías, verbenas, ferias, procesiones, carnavales, fiestas patronales, Fallas, Sanfermines y una Semana Santa capaz de paralizar ciudades enteras. Sin olvidar que somos perfectamente capaces de celebrar el santo de una persona, su cumpleaños y, si se tercia, el aniversario de su primera comunión. No parecía urgente ampliar el calendario.

Y no tengo nada contra las tradiciones extranjeras. Cualquier excusa para reunir a la familia o celebrar algo me parece perfectamente respetable. Lo curioso es nuestra facilidad para adoptar costumbres ajenas y la rapidez con la que algunas propias empiezan a parecernos antiguallas.

Quizá el problema no sea importar celebraciones, sino olvidar las que no tienen una campaña publicitaria detrás. Porque una tradición no necesita ser mejor que otra para merecer conservarse. Basta con que alguien siga transmitiéndola.

Bien pensado, puede que esta mezcla sea profundamente española. Nos gusta tanto celebrar que hemos decidido no discriminar por nacionalidades. A este paso, acabaremos celebrando Acción de Gracias, pero tendremos que consultar en Google a quién se las estamos dando.