Luz de septiembre

Veinticinco años después, la perspectiva que sólo da la distancia permite empezar a entender el significado histórico de los atentados del 11 de septiembre de 2001

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Septiembre trae el final del verano en el hemisferio norte. El otoño, todavía tímido, no se anima a tomar su lugar y el mes aprovecha esa indecisión para regalar algunos días espléndidos, sin una sola nube en un cielo limpio, de azul luminoso, casi blanco. En Nueva York el 11 de septiembre de 2001 fue uno de estos días de melancolía brillante. Para quienes lo vivieron esta luz es desde entonces un heraldo de la muerte.

La distancia ya ha diluido el recuerdo de víctimas y verdugos. En los Estados Unidos los atentados trajeron a un primer plano el ciclo de guerras infinitas en el oriente musulmán. Durante un cuarto de siglo, la búsqueda de castigo para los perpetradores, reales e imaginarios, concedió combustible suplementario a ese conflicto inútil, sin consecuencias significativas más allá de la propagación estéril del sufrimiento. El ataque no cambió en nada el destino sangriento de aquellas tierras, atrapadas en un eterno juego de la silla en el que siempre queda alguien desplazado, hasta que la próxima ronda condene a otro en su lugar. Una dinámica repetitiva reforzada hace poco por el abandono de ciertos escrúpulos estéticos, que ha permitido volver a exhibir con naturalidad alianzas que en tiempos recientes habrían sido discretas en extremo.

La memoria de los atentados continuará desvaneciéndose entre rituales conmemorativos, pero la perspectiva que ya da el tiempo posibilita juzgar su verdadero alcance histórico. Lejos de constituir un acontecimiento transformador, el 11 de septiembre de 2001 no fue ni principio ni final, sino el primer fruto, amargo, del mundo que sucedió a la desaparición del marxismo revolucionario. El desenlace del conflicto entre capitalistas y comunistas, que no trajo vencedores ni vencidos, supuso el abandono de la dinámica arrastrada durante las décadas anteriores, con el retorno al escaparate de la humanidad de antiguas reglas que se creían olvidadas. El ataque fue la primera manifestación de este cambio, pero como suceso irrepetible no permite interpretar con coherencia el tiempo presente: el siglo XXI no quedará definido por un inverosímil retorno de la yihad. Tampoco son certeras las manidas comparaciones con los años treinta del pasado siglo, producto de la pereza intelectual de analistas desorientados, que viven de forzar las coincidencias. Aquella fue una era de cadencia muy distinta, marcada por el fulgurante éxito del comunismo revolucionario, ajena por completo al mundo del primer cuarto del siglo XXI. Los terroristas que ejecutaron el ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono no anunciaban el mundo por venir, sino que eran una reliquia del pasado. Su fanatismo idealista era sólo un espejismo, reflejo anacrónico de agentes despiadados de otro tiempo. En esta época cínica ya son inimaginables, imposibles de emular, por fortuna.

En las ruinas del muro de Berlín se perdió el universalismo que definió el siglo XX, reducido a una anécdota histórica. El presente recuerda melodías de un pasado más lejano, al sustituir a la lucha entre sistemas transnacionales la competición entre las naciones por adaptarse con mayor eficacia a un mundo en metamorfosis. Se ha abandonado el idealismo del gobierno mundial, ante la oportunidad de obtener ganancia en esta nueva era definida por la servidumbre a la máquina y la destrucción de las estructuras comunitarias tradicionales, sobrepasadas por la economización de la vida cotidiana. Es un regreso al ciclo histórico con origen en la Revolución Industrial, el caldo de cultivo preciso en el que surgió el marxismo revolucionario. Con su extinción, se ha producido una reanudación de aquellas tendencias, hasta que aparezca un nuevo movimiento con suficiente solidez como para generar, otra vez, una sociedad estática.

En el tiempo que ha sucedido a aquel día de septiembre se ha hecho cada vez más difícil creer en la luz de las gentes. Quizá es una situación sin retorno, porque tras un cuarto de siglo el mundo sigue caminando sobre el alambre, siempre pendiente de esquivar el próximo desastre, inmerso en una transformación inestable que sin duda se llevará por delante civilizaciones milenarias. Quedan al menos unas cuantas décadas de equilibrismos, antes de que sea demasiado tarde. Veinticinco años después, ya hemos entendido que aquel fue el primer día que vimos el futuro: son las torres cayendo.