Pasiceas

Palabras que se emplean de manera chusca y generalizada para descalificar desde la superioridad moral y fundamentalmente para ahorrarse el pensar

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He inventado una palabra. Lo tuve que hacer, pues tenía un significado colgando de ningún significante. Suena a nombre de una flor y está cerca de «panacea». Encierra, por supuesto, un acrónimo; hoy en día, todo pensador que quiera ser comercial ha de animarse. PASICEA: «Palabras Sin Cerebro Asociado». Caracteriza a las que se emplean de manera chusca y generalizada para descalificar desde la superioridad moral y fundamentalmente para ahorrarse el pensar: la clase de palabras que, cuando salen en un debate a las primeras de cambio, denotan que al otro lado no hay un cerebro en activo.

Ahí van unas cuantas: «rojo» o «rojerío», «facha» o «facherío», «bolivariano», «nazi», «machirulo», «señoro», «progre», «cuñado», «woke», «fachapobre», «neoliberal», «comunista», «incel», «feminazi», «boomer». No quiero decir que personas que quedan bien retratadas con estos calificativos no existan; no niego que haya unos cuantos que por pobreza mental puedan encajar en esa etiqueta. Lo que digo es que, cuando alguien llama así a otro al segundo tuit o su equivalente cara a cara, es seguro que no hay cerebro al otro lado y que hemos asistido a la aparición de otra pasicea. Dicho con más precisión: la pasicea no reside en la palabra como si llevara el vicio de fábrica, sino en el uso que hacemos de ella, mediante el que no queremos hacer avanzar el diálogo, sino clausurarlo. Una pasicea es un término al que se le ha estrechado el uso hasta convertirlo en un torpe martillo.

A partir de ahí, conviene preguntarse el porqué del recurso indiscriminado a las pasiceas. La principal razón es la falta de talento argumentativo. Mantener una conversación como una persona adulta, tratando de aportar y aprender en el proceso, no está al alcance de todo el mundo. Lo está si hay ganas de invertir el esfuerzo; no lo está para muchísima gente en este momento. Condensar en unas pocas sílabas lo que exigiría un rato de atención y, de paso, procurarse la agradable sensación de haber entendido algo sin haber siquiera roto a sudar en el diálogo; de esto se trata, de un aspecto más de la ley del mínimo esfuerzo. Daniel Kahneman describió esa inclinación a elegir el atajo frente al empeño; las pasiceas serían su versión de bolsillo, listas para usar sin instrucciones.

En función de su inclinación ideológica, uno suelta una pasicea y durante unos segundos puede pensar que es una mezcla de Cyrano de Bergerac y Agatha Christie; a continuación, toca presumir de sagaz ante los demás miembros de su tribu. Ya saben: «menudo zasca», «se trataba de refutarlo, no de matarlo», etcétera. Siguen unas cuantas reverencias ante el entusiasmado público y a veces la monetización de este hacer el mandril de toda la vida apenas tuneado por las redes sociales.

El problema es que, en cuanto las pasiceas aparecen, la conversación se desplaza con la elegancia de un mueble mal empujado. Ya no importa lo que se decía, sino la etiqueta que acaba de caer sobre la mesa. Consejo para los receptores: no hay que perder ni un segundo en discutir el sambenito que acaban de enjaretarnos; recuérdese que no hay un cerebro conectado al otro lado. De nada sirve enfadarse ante la estupidez ajena, y tratar de rebatir la etiqueta solo arrancará unos cuantos gruñidos satisfechos del botarate de turno. Mi propuesta, cuando vuelva a suceder (a todo el mundo ya le ha sucedido), es tan simple como responder con un «¡Qué hermosa pasicea!», y adjuntar, tal vez, este artículo.

Pretenden los pasiceístas que la tosca maniobra dialéctica los cubra un poquito de gloria. Aspiran a atrapar una pírrica victoria, la convicción de haber detectado algo importante en el otro, un gesto que haga las veces de la cansada reflexión verdadera. Hannah Arendt habló de la «banalidad del mal» para señalar hasta qué punto la falta de pensamiento puede convivir con una conciencia tranquila; salvando todas las distancias necesarias, las pasiceas participan de ese mismo mecanismo en miniatura. Permiten a sus empuñadores funcionar en piloto automático mientras mantienen la sensación de estar siendo lúcidos.

Más que denostar al pasiceísta, hay que entenderlo desde la misericordia. Nueve de cada diez veces estamos ante un individuo herido y solitario que se esconde tras el pasamontañas de un nick y una foto falsa, un ser humano carencial que de alguna manera aspira a reivindicarse con estas microestocadas. Hay una declaración de Charles Bukowski, poeta maldito, que ha hecho fortuna: «La tristeza es causada por la inteligencia». Lo que afirma no es cierto, porque no hay correlación entre coeficiente intelectual y depresión (el caso peor de la tristeza); y, de hecho, existe un gozo lúcido. Sospecho que si el dictum ha hecho fortuna es porque hay gente que quiere consolarse pensando que es infeliz porque es demasiado inteligente. Pensemos en esta infelicidad del pasiceísta antes de encarnizarnos con él, en que el tonto punto que se apunta quiere ser gasa para ciertas heridas.

No hay nada de estimulante en aspirar a un lenguaje aséptico, algo que no existe y además resultaría insoportable. Quiero decir que tampoco hay que ponerse estupendo con determinadas palabras. No obstante, lo razonable es desconfiar de las que quieren acabar con el diálogo. Las etiquetas son basura. No todo el mundo tiene por qué ser listo o sabio, pero sí hemos de exigirnos todos subir un poco el nivel de la conversación pública. Nos quejamos —con razón— de los políticos, que nos abochornan, miércoles sí y miércoles también, desde la Carrera de San Jerónimo, pero esto de respetarse y respetarnos es obligación de todos los ciudadanos.