El sueño de eternidad

Entre los restos romanos de Vienne parece, por un momento, cobrar solidez la pretensión de continuidad histórica de Francia desde la noche de los tiempos

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De camino hacia el este, tenía que pasar cerca de Lyon. Opté por evitar la inmensidad de aquella ciudad, hacer caso al recomendable especialista en ingeniería romana Isaac Moreno y parar en la pequeña Vienne, en la orilla izquierda del Ródano. Con orígenes galos, se trata de una localidad que mantuvo cierta relevancia hasta bien entrada la Edad Media, cuando cayó en el olvido y adquirió su espíritu definitivo, el de una pequeña ciudad medieval con algunos magníficos restos romanos dispersos por sus calles. De entre lo que se conserva, destacan un templo en espléndido estado de conservación, algunos restos del foro, un teatro y una pequeña pirámide, que marcaba el centro de la pista del hipódromo. Más tarde se añadieron algunas ruinas modernas, pocas, producto de una industrialización que vista con la perspectiva de los siglos parece haber sido muy fugaz.

Aunque la ciudad habla por sí misma, también merece la pena acercarse a sus museos. En la orilla opuesta del gran río está el núcleo urbano de Saint-Romain-en-Gal, que también formaba parte de la Vienna romana y en el que se sitúa el muy publicitado Museo Galo-Romano. Ya su nombre es una declaración de intenciones a la francesa, que confirma la posterior visita. La exposición insiste con perseverancia en acreditar la continuidad histórica que habría entre los antiguos galos y los franceses, mediada por los romanos. Aunque la romanización habría aportado ciertos elementos civilizatorios a aquel país, no habría sido suficiente para asimilar por completo a la población indígena, que siempre habría llevado el mismo modo de vida, basado en su vínculo con la tierra a través de sus actividades agrícolas e industriales. Se presenta una historia libre de cataclismos, que consistiría en la sucesión de eras a través de transiciones suaves. Así vistos, los orígenes de la nación francesa dejarían muy atrás a Carlomagno y se remontarían a la noche de los tiempos. Dejada de lado esta tesis, el museo cuenta con algunas piezas curiosas, sobre todo mosaicos, además de estar situado junto a un estimable yacimiento arqueológico que también se puede visitar.

Por un momento parece que el paseo por la ciudad confirma sus pretensiones. El visitante encuentra sin aviso previo, al doblar una esquina, el sobrecogedor templo de Augusto y Livia. Este edificio, que ocupaba el centro del foro, sobrevivió al medievo disfrazado de iglesia, hasta recuperar su forma original durante el siglo XIX. Está situado en la moderna plaza de Charles de Gaulle, en una forma poco sutil de conectar las figuras de los fundadores respectivos del Imperio y de la moderna Francia. Muy cerca, dentro de la cercana catedral de San Mauricio, impresiona ver todavía fresca la destrucción causada por los hugonotes, iconoclastas, al tomar la ciudad en el siglo XVI. Son muy pocas las figuras del interior que se libraron de ser decapitadas. Y así siguen, porque el esfuerzo de los franceses no busca culminar ninguna concepción estética abstracta, sino mostrar la esencia de su nación a través de las cicatrices y el sedimento dejados por su imborrable historia. Allí, entre orantes decapitados, es fácil sentirse proclive a admitir verosimilitud a su hermoso sueño de eternidad.

Con un convencimiento casi total se tuerce otra esquina para entrar en el minúsculo y destartalado Museo de Bellas Artes y de Arqueología, de apenas tres salas. La amable encargada enciende las luces para el inusual visitante, mientras al fondo una restauradora trabaja a la vista de quien pase por allí. En la primera sala, dos piezas maravillosas, mejores que todo el museo anterior: una estatua imperial de bronce, a la que en algún momento se cambió el busto de un emperador por el de un dignatario provincial, y un bello relieve en bronce de unos delfines, único resto conservado de algún monumento fluvial de enormes dimensiones. Todo el esfuerzo del Museo Galo-Romano por mostrar la inevitabilidad de lo francés desde lo galo y a través de lo romano se derrumba ante estas piezas casi abandonadas. El sueño se rompe, sobrepasado por el desasosiego que se siente ante la magnificencia de estos vestigios ínfimos, escuetas pruebas de la existencia —y total desaparición— de una formidable civilización.

Después se vuelve inevitable ver por todas partes huellas que desmienten la ilusión de continuidad. En las casas medievales, hermosos sillares labrados, reciclados, absurdos allí por sus gigantescas dimensiones. También se ven en la catedral, donde buena parte del nivel inferior proviene de los edificios de la ciudad romana, usados como triste cantera para alimentarla. Asombra el nivel de destrucción y miserable saqueo, visible incluso en los excepcionales monumentos supervivientes, testimonio de un mundo que fue magnífico y se fue sin apenas dejar rastro. Quizá habría que quedarse con esta imagen, en lugar de historias idílicas, para recordar que, aunque la historia no se repita, a menudo rima.