Poco hemos cambiado

Las camarillas de ineptos aupados a las más altas responsabilidades no sólo no se han reducido, sino que atraviesan de forma transversal todos los lamentables escándalos que nos horrorizan

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Hace casi cinco años que publiqué mi primera colaboración con LA IBERIA y la dediqué a una reflexión muy personal, fruto de mi experiencia vital, sobre la endogamia en la denominada clase política, de la que había formado parte durante tres quinquenios. La reacción a este texto fue la esperada: el aplauso de muchas personas con las que había compartido camino político y el desdén y silencio por parte de quienes se sintieron señalados e interpelados. Nada nuevo ni que no esperara.

Cinco años después sigo siendo, desde mi atalaya, un observador y conversador activo de todo lo que pasa y se mueve, tanto dentro como en los entornos de las formaciones políticas de nuestra golpeada nación. Y lamento decirles que la reflexión con que terminé aquel texto: «La endogamia es la matriz por la que discurre la política en España. Y es un mal que tiene difícil solución. Pero el primer paso, al menos, es reconocerlo», se ha quedado corta y seguimos sin reconocerlo, salvo en voz baja y siempre mirando a otros.

Las camarillas de ineptos aupados a las más altas responsabilidades no sólo no se han reducido, sino que atraviesan de forma transversal todos los lamentables escándalos que nos horrorizan en estos momentos. Los Ábalos, Koldos, Leyres y demás personajillos que llenan horas de telediario y hojas de sumario no hubieran sido posibles sin una estructura partidista que prima, perdón, que obliga a ser el más rastrero y miserable de la pandilla para seguir percibiendo unos jugosos miles de euros que jamás podrías soñar obtener en el mercado laboral.

Si hay un nexo común en todos estos casos de corrupción y enchufismo, es que se gestan gracias a una red clientelar de relaciones personales que se ha tejido desde muy jóvenes. Los grupos de amigos o familias que describía en el artículo mencionado sirven como trampolín y permiten que, siempre que uno de ellos logra llegar lo suficientemente alto, su primera tarea sea buscar cobijo para los otros seres de su manada. Estos, a su vez, corresponden de la misma forma, y así una y otra vez.

Hasta el punto de que, si se hiciera un estudio detallado, uno podría comprobar que entre los altos cargos y asesores de partidos, instituciones, entes y empresas públicas casi no existe nadie que no tenga algún tipo de relación personal, directa o indirecta, con el resto. Y, si es posible, de forma interpartidista además. Esto era lo que se llamaba la casta. Lo es.

Lo preocupante es que aquellos que aún marcan una excepción a la regla sólo tienen dos opciones: o salir por su propio pie lo antes posible, antes de ser expulsados del Olimpo del poder y las prebendas, o asimilarse a lo que les rodea e intentar ser aceptados como uno de ellos. Lo primero es lo más acertado, se lo aseguro, pero lo segundo es lo más habitual.

¿Saben lo que yo considero realmente grave? Que, aunque ahora el sanchismo en el poder representa el mejor ejemplo de esto que cuento, su grotesca y evidente sordidez sirve para tapar que este mal no es exclusivo suyo, sino que es la seña de identidad del denominado régimen de 1978 y que, con los años, no sólo no se ha mitigado o corregido, sino que, como un «alien» aterrador, se ha reproducido mutando a peor y enraizando en toda la arquitectura de nuestra representación pública, gracias a la evidente pérdida de valores y referentes éticos de la sociedad. De arriba abajo y de izquierda a derecha.

¿Significa esto que planteo que no haya solución? No lo sé. Pero defiendo que es un reto irrenunciable, aunque sepamos que la tarea es titánica, porque sólo desde el reseteo ético y cultural, de la recuperación de lo comunitario frente al individualismo y de un compromiso rupturista se puede construir una alternativa real.

Eso sí, es importante no dejarse engañar y asumir que no se trata de sustituir a los partidos del gobierno de turno por otros —aunque sean los que sintamos como nuestros—, o no sólo de eso, sino de modificar de raíz el foco de los poderes públicos, enfocándolo hacia el nosotros como empresa común, arrinconando ese otro nosotros que funciona como élite mafiosa partitocrática.

Como dejó escrito Emmanuel Mounier, «el acto supremo de la persona es perderse para volverse a encontrar». Creo que ya nos hemos perdido mucho. ¿No?