Ya están las cifras definitivas, y confirman lo que se temía cuando la Feria abrió sus casetas: la 85.ª edición ha cerrado a la baja. Diecisiete días de Retiro se saldan con 9.862.888 euros de facturación y 587.014 ejemplares vendidos, por debajo del año anterior. Los sistemas de afluencia detectaron más de 730.000 visitantes únicos; sumando a quienes el móvil no registra —sobre todo menores—, la organización estima unos 820.000. Buenas cifras en abstracto; menos de lo esperado en su contexto.
«Menos visitantes, menos ingresos», resume la directora, Eva Orúe. Y enumera los motivos: el calor del primer fin de semana, los conciertos multitudinarios que vaciaron el centro otros días, el recorte del horario de los viernes —de las diez a las nueve de la noche— y el cierre anticipado de tres horas del último domingo, decretado por alerta meteorológica.
Pero el dato más revelador es el que la propia Orúe desliza sobre los primeros días. Hasta el 8 de junio, muchos madrileños prefirieron no acercarse al centro, «desanimados por quienes insistían en que iba a estar todo muy difícil». Conviene leerlo despacio: no fue el millón de peregrinos de León XIV quien ahuyentó al lector, sino la campaña que durante semanas presentó su visita como una calamidad logística. La feria que en mayo miraba al Papa como una incógnita molesta descubre ahora que el problema no era la fe, sino el ruido contra ella.
Hubo, eso sí, orgullo final. El último fin de semana respondió mejor que el de 2025 —«la gente acudía con ganas», celebra Orúe—, pero la lluvia del domingo frustró la remontada justo cuando asomaba. Queda, como consuelo, una programación que este año giró en torno al humor, llenó casi todos los aforos y reunió a 20.438 asistentes.
La Feria que viene
Y queda 2027. La 86ª edición se dedicará a las memorias, en un año de aniversarios mayores: sesenta años de la Feria en El Retiro, medio siglo de las asociaciones de libreros y editores de Madrid, el centenario de la Generación del 27 y el del nacimiento de Gabriel García Márquez. Cuatro efemérides que son, todas, de las letras en español a las dos orillas.
No es mal relevo para una feria que nació rindiendo culto a Cervantes y que custodia la memoria de una misma lengua. El balance contante y sonante de 2026 lo escribieron el calor, los horarios y una alarma interesada; la memoria de 2027, ojalá, la escriban los libros.


