Ahora que pasó Roland Garros y muchos dirigimos ya la mirada hacia la hierba británica, es un buen momento para recordar cómo la tierra batida de la Philippe Chatrier tiene algo de parábola. Sobre ella no triunfa siempre el más brillante ni el que golpea con mayor violencia la pelota. Allí, donde cada punto parece eterno y cada juego exige volver a empezar una y otra vez, suele imponerse quien ha aprendido el arte de perseverar. Quien resiste. Quien vuelve. Quien no abandona cuando el partido parece escaparse entre los dedos.
El lema latino reza: victoria fortissimis, la victoria para los más fuertes. Pero el tenis, como la vida, corrige muchas veces la traducción precipitada y así lo recuerda la inscripción de la grada parisina: la victoria pertenece a los más tenaces.
Durante las dos semanas de torneo, mientras el mundo fija su atención en la Philippe Chatrier, es fácil dejarse seducir por el resultado, por el trofeo levantado al cielo o por la fotografía del campeón. Sin embargo, la verdadera lección suele esconderse en otro lugar: en las horas invisibles de entrenamiento, en la disciplina repetida, en la capacidad de recomenzar después de una derrota, en la fidelidad cotidiana a una tarea aparentemente pequeña.
San Josemaría Escrivá hablaba con frecuencia de la «perseverancia en lo pequeño». Sabía que la santidad no se construye a base de gestos extraordinarios, sino mediante la repetición amorosa del deber de cada día. «Comenzar y recomenzar», aconsejaba. Porque el camino cristiano no consiste en no caer nunca, sino en levantarse siempre. No es una carrera reservada para los impecables, sino para quienes ponen su confianza en Dios y vuelven a intentarlo.
Hay una profunda afinidad entre esa pedagogía espiritual y los interminables intercambios sobre la arcilla parisina. El punto no termina hasta que la pelota bota dos veces. Mientras siga viva, siempre existe la posibilidad de devolverla al otro lado de la red.
También la vida espiritual conoce sus partidos largos. Hay cansancio, incomprensiones, derrotas que duelen y proyectos que no salen como habíamos imaginado. Vivimos en una cultura enamorada de la inmediatez, del éxito instantáneo y del reconocimiento rápido. Pero Cristo no prometió caminos cómodos; prometió su presencia fiel. Y esa presencia sostiene la perseverancia cuando las fuerzas humanas parecen agotarse.
El Padre invitaba a sus hijos espirituales a ser «almas de una pieza», constantes, sin entusiasmos pasajeros ni desánimos definitivos. La fidelidad, enseñaba, no es un sentimiento cambiante, sino una decisión renovada cada mañana. Volver a rezar. Volver a servir. Volver a amar. Volver a empezar.
Quizá por eso contemplar el esfuerzo de quienes disputan la gloria en la Philippe Chatrier puede convertirse en una ocasión para mirarnos por dentro. ¿Dónde hemos puesto nuestra atención? ¿En el aplauso o en la tarea? ¿En el resultado o en la entrega? ¿En el éxito inmediato o en la fidelidad silenciosa?
Porque las victorias verdaderamente importantes rara vez aparecen en las portadas. Son las del padre o la madre que sostienen su hogar un día más; las del enfermo que ofrece su dolor con esperanza; las del sacerdote que sigue entregando su vida; las del joven que vuelve a confesarse después de haber caído; las del cristiano que, en medio de un mundo distraído, decide permanecer junto a Cristo.
La Philippe Chatrier coronó a un campeón. Pero, mucho antes de que alguien levante la próxima Copa de los Mosqueteros, el año que viene, la vida ya habrá distinguido a otros vencedores.
Esos que, con la ayuda de Dios, aprendieron el secreto que aquel santo aragonés repitió tantas veces: recomenzar sin cansarse. Porque, al final, la victoria pertenece a los más tenaces. Y la tenacidad cristiana tiene un nombre mucho más hermoso: fidelidad.


