The Guardian es el periódico provinciano por excelencia del Reino Unido. Goza de cierta popularidad en España por ser uno de los pocos medios británicos a cuya información se puede acceder sin pagar, lo que permite practicar inglés a personas de recursos intelectuales modestos, a las que también confiere la seguridad en sus opiniones que sólo proporciona un medio angloparlante. En su pretensión de seriedad viene a ser un ABC británico, con la salvedad de que son de izquierdas, mientras que el ABC se mantiene algo más monárquico que la monarquía española, aunque eso ya no signifique mucho. La ideología de The Guardian se asemeja a la de El Diario, pero sin esa tosquedad de la que hacen gala los periódicos españoles, que tutean a sus lectores sin titubear.
La semana pasada The Guardian publicó una lista de las cien novelas más importantes de la historia. Como padres del empirismo y del capitalismo, los anglosajones no pueden vivir sin hacer este tipo de ejercicios. Necesitan catalogar y ordenar todo para decidir qué es mejor, incluso en el mundo del arte. Esta vez la clasificación ha causado cierto revuelo porque su anglocentrismo ha sido indigesto incluso para sus muy globales lectores. Ni sus opiniones ni las del periódico importan demasiado, pero de la lista se pueden extraer algunas enseñanzas apreciables, que dicen más del estado del mundo cultural anglosajón que de ninguna novela. La preponderancia de autores en lengua inglesa es tan avasalladora que sólo ha dejado un espacio testimonial para el resto de las literaturas. Ninguna otra supera las diez novelas y queda la impresión de que han sido incluidas sólo porque a los redactores les suenan sus títulos, como en un trabajo escolar mal hecho. En medio de esta mediocridad, la audacia sobresaliente e involuntaria de The Guardian ha sido decir sin despeinarse que tres cuartas partes de lo mejor que se ha hecho en la historia de la humanidad les corresponde. Este localismo impúdico deja claro que el mundo anglosajón, más aislado que nunca, puede interpretarse a sí mismo sin cruzar el canal.
La civilización americana solía usar a Inglaterra como asidero al que agarrarse para entender su cultura sin prescindir de lo continental. Si antes su situación exterior los obligaba, en ocasiones de forma cómica, a otorgar a lo anglosajón un papel preponderante en lugar de periférico, ahora Europa está más allá del mundo conocido, tan ajena como China o Irán. Lo europeo es incomprensible, lastre del que más vale deshacerse. Porque el repliegue de los hegemónicos Estados Unidos y sus satélites culturales es sobre todo intelectual. The Guardian es pionero en interiorizar que el Reino Unido se ha convertido, como culminación de esa relación especial —y tóxica—, en una nación americana más. Mantienen cierto recuerdo subconsciente de haber pertenecido a un mundo antiguo, pero ya no son capaces de ponerle nombre a lo que antes era su cotidianidad.
Como el universo ha empezado a existir con ellos, cada vez en fecha más reciente, siegan sin miedo todo lo que es antiguo, pero no mitológico, porque incomoda. En la lista no hay nada de ninguna lengua europea mediana. Nada portugués, el diario progresista ni siquiera se ha dignado a recordar a Saramago. Nada japonés, y tiene mérito haber logrado omitirlos por completo. Sólo una simbólica concesión a Corea del Sur, para incluir a su reciente Nobel. En contra de lo que podría pensarse, tampoco se interesan por sus nuevos adversarios, a los que más les valdría empezar a conocer, porque no hay nada chino. Cualquier otra cosa está ausente. Queda claro que la separación de la civilización americana de lo europeo no está generando una nueva cultura global, de mirada más amplia y menor atención al detalle, sino que en su mayoría de edad se regodea en mirar hacia dentro e ignorar la inmensidad euroasiática. De momento vive de la inercia del pasado, pero reducir lo ajeno a una caricatura no la llevará muy lejos, porque el germen de las derrotas futuras es no saber lo que hacen los vecinos, sean amigos —por ahora— o, sobre todo, enemigos.
El Reino Unido, ya asimilado al mundo americano, ha metamorfoseado en lo que eran sus antiguas posesiones hace no tantas generaciones, con los papeles de colonos e indígenas invertidos. España tiene condiciones similares y, aunque está en una fase más temprana, aspira a ser la segunda nación americana de Europa. Si hubiera un debate, tendría que ser decidir de qué lado estamos. Por desgracia las noticias de más allá del Canal de la Mancha no despertarán a nuestras almas cándidas, entregadas a su ilusión reduccionista de panhispanismo.


