Ludvik es un universitario perteneciente al partido comunista checo por convicción. Allí conoce a Marketa, una chica sosa y sin sentido del humor. Empiezan a salir. En un momento de la relación mantienen correspondencia por carta, y Ludvik le envía una postal en la que todos pueden leer una desafortunada broma.
La Broma (1967) fue la primera novela del checo y eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, Milan Kundera (1929-2023). En la época en que se publica, durante el régimen de Novotny, la censura en la entonces Checoslovaquia se había relajado un poco. Pero, quizás porque las bromas breves son las mejores, un año después, cuando es traducida en Francia, los tanques rusos entran en Praga y La Broma es prohibida en su país de origen. De la noche a la mañana, la novela pasa a ser, en el mundo entero, un libro de combate, un panfleto político, algo que solo lo es en parte. Es realidad, es considerada una sátira del comunismo stalinista. En ella, Milan Kundera intenta hacer una novela, pero termina haciendo una crónica de época.
En muchos puntos recuerda al mundo orwelliano de 1984 en lo referente a la privación de la libertad de decisión, a la acatación a pies juntillas de lo establecido, sin libertad para pensar ni para actuar. No trasmite el mismo aire agobiante de la novela de Orwell, pero si el sentimiento de no ser capaz de cambiar tu vida y tu destino porque te encuentras constantemente vigilado. «Porque vivir en un mundo en donde no se le perdona nada a nadie, donde nadie puede redimirse, es lo mismo que vivir en el infierno».
La novela de Kundera está narrada por el propio Ludvik en primera persona, aunque hay algunos capítulos contados por personajes de su entorno que nos aportan su punto de vista a la situación. Como escenario de fondo del libro están los momentos del comunismo en la antigua Checoslovaquia y la falta de libertad de expresión controlada férreamente por el Partido hasta la decepción y relajación que vino después, culminando en la Primavera de Praga en 1968. El protagonista Ludvik, llamado como el padre de Milán Kundera, tiene una vida muy similar a la del autor, que perteneció al Partido Comunista del que expulsaron en dos ocasiones. Primero por tener posiciones individualistas. Más tarde volvió al partido, pero en 1970 se alejó definitivamente de su ideología al no estar de acuerdo con sus posiciones totalitarias.
Un año después de publicar La broma, «la invasión soviética lo trastocó todo», recuerda Kundera. «La novela fue cubierta de acusaciones injuriosas como resultado de una larga campaña de prensa, fue prohibida —al igual que mis otros libros— y retirada de las bibliotecas públicas». La instauración del totalitarismo supuso la instauración de la seriedad, la pérdida del sentido común y el sentido del humor en una sociedad obsesionada con ciertas ideas y dictámenes –algo que puede resultar bastante familiar. El comunismo, el poder sin contrapeso y la censura se impusieron en la República Checa y otros países de Europa —entonces conformados en la URSS— durante décadas.
Milan Kundera, como muchos otros, lo padeció en carne propia y tuvo que exiliarse en 1975 a Francia. De hecho, tras la invasión rusa su obra estuvo prohibida en su país natal, hasta la Revolución de Terciopelo de 1989.
Eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, nunca se lo concedieron. Sin embargo, su obra recibió muchos premios y diversos reconocimientos internacionales. Tras 40 años, la República Checa le restituyó la ciudadanía en 2019 como gesto simbólico de reconciliación.
Hay que releer La Broma en nuestros días para darse cuenta de que contiene el germen de toda la obra del escritor checo: ese virtuoso arte de mezclar la novela, la ficción y las ideas, la profundidad y la frivolidad. Kundera hace política con sus historias subidas de tono. Es cierto que el contexto ha envejecido, el telón de acero ha caído y actualmente la atmósfera de sospecha permanente de los países comunistas constituye la principal broma del libro. Cuesta creer que el protagonista de la novela, pueda ser condenado a seis años de trabajos forzados en una mina a causa de una simple postal en cuyo dorso escribió: «¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trotski!».


