Se lo propuse casi sin pensarlo. Íbamos en el coche, como tantas otras veces, con esa conversación a medias que se tiene cuando uno mira la carretera y la vida al mismo tiempo. «¿Y si rezamos un Rosario?». Mi madre me miró con una mezcla de sorpresa y pudor. Me dijo que hacía mucho que no rezaba uno. Mucho. Como si el Rosario perteneciera a una etapa anterior de su vida, a un cajón que se cierra con cuidado para que no haga ruido.
Yo rezo mucho. O al menos lo intento. Pero aquella propuesta no nacía de ninguna disciplina, ni de un propósito heroico. Nacía de una intuición sencilla: que ese momento, ese trayecto, ese nosotros, pedía algo más. Y empezamos.
Sin solemnidad. Sin ese aire de ¨ahora toca rezar¨que a veces nos paraliza más que nos ayuda. Empezamos como se empieza lo importante: mal. Con dudas, con avemarías que se pisan unas a otras, con silencios raros, con misterios que uno tiene que recordar sobre la marcha. Era domingo, y fuimos avanzando hasta la coronación de la Virgen, ese último misterio glorioso que siempre suena a meta y a descanso.
Pero aquello fue cualquier cosa menos perfecto. Fue un rosario atropellado, con rotondas de por medio, con intermitentes y cambios de carril, con algún comentario que se escapaba entre misterio y misterio. Y, sin embargo, fue el rosario más feliz de mi vida. Porque allí entendí algo que quizá ya sabía, pero no había vivido así: que la oración no se mide. No se pesa en minutos ni en méritos. No se archiva como una tarea cumplida. La oración, cuando es de verdad, sucede. Y cuando sucede, todo lo demás pasa a un segundo plano.
Recordé entonces aquello que repetía tantas veces san Josemaría Escrivá: que no es cuestión de cantidad, sino de calidad. Y más aún, que lo decisivo no es cuánto rezamos, sino con Quién rezamos. Aquella tarde, en aquel coche, no había técnica, ni método, ni siquiera costumbre. Pero estaba Él. Y estaba Ella. Y estábamos nosotros. Y eso bastaba.
Mi madre, que hacía tanto que no rezaba un Rosario, iba encontrando poco a poco el ritmo, como quien vuelve a casa después de mucho tiempo y reconoce los muebles en la penumbra. No había épica. Había algo mejor: había verdad. Una verdad pequeña, casi doméstica, que no necesita palabras grandes para sostenerse.
Quizá por eso, al llegar a la coronación de la Virgen, no sentí que terminábamos algo, sino que habíamos llegado. No a un final, sino a un sitio. A ese lugar donde la fe deja de ser teoría y se convierte en compañía. Donde uno entiende que la Virgen no se corona en los altares, sino en estos momentos mínimos en los que, sin saber muy bien cómo, todo encaja.
Desde entonces, he rezado más rosarios. Mejores, seguramente. Más ordenados, más recogidos, más como deben ser. Pero ninguno ha sido como aquel. Porque aquel no fue un buen Rosario. Fue un Rosario feliz, como Dios manda.


