El primero de la clase

Descubrí que el camino reglado no ha servido ni siquiera a los que parecían brillantes, al encontrar por casualidad a una ya no tan joven promesa.

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Llevaba años sin verlo. En nuestro tiempo en la facultad unía a cierto talento la infalibilidad en los exámenes, que lo convertía sobre el papel en el más brillante de todos nosotros. Un expediente repletísimo de matrículas de honor. No sólo se mostraba invulnerable ante los profesores, sino que, con novia estable, guapa y de buena familia, estudiante de derecho, redondeaba una vida envidiable.

La misma adecuación al orden establecido que lo hacía apabullante en los estudios le permitía ir con la corriente, porque vivía sin conflicto, privilegiado bajo un sistema que le servía. Nunca le oí una opinión que se saliera del aplastante consenso. Después de la licenciatura hizo el doctorado, apadrinado por uno de los popes del departamento más arrogante del campus. El trato rutinario que el catedrático sexagenario le dispensaba tendría que haber sido su primera señal de alarma.

Recuerdo la mirada de extrañeza cuando en el último curso le comenté de pasada que no pensaba seguir allí. Extrañeza teñida con una tenue admiración, porque entonces él no concebía un camino fuera de lo convencional. Me habría gustado que esa perplejidad fuera recíproca, pero lo conocía lo suficiente para saber que todavía necesitaba el reconocimiento académico. Como doctorando cumplió con todos los hitos: publicaciones, estancias, clases y congresos. Cum laude y premio extraordinario. Lo que todos esperábamos.

La primera vez que me lo crucé nos saludamos, acordé quedar algún día para tomar algo y seguí mi camino sin intención de hacerlo. Frecuentábamos el mismo barrio, porque poco después me volví a tropezar con él y en esta ocasión no pude evitar que me enganchara. Lo encontré de frente, al otro lado de un paso de cebra, en una de esas situaciones en las que es imposible fingir no haber visto a alguien. Esos incómodos veinte segundos de espera hasta que cambia la luz del semáforo. Esta vez me pidió tomar ese café allí mismo. Tenía tiempo y accedí.

Casi al empezar a hablar le pregunté por su novia, porque supuse que seguirían juntos. Imprudente error, se le torció el gesto. Lo dejaron, al cabo de quince años de noviazgo, no mucho después de que terminase el doctorado. Tras un curso en Dinamarca, él planteó hacer otro en los Estados Unidos y para ella, con un puesto cómodo en un bufete de prestigio, aquello fue demasiado. Me explicó con cierta nostalgia que él se marchó de todas formas y allí terminó todo. Ella quería ser madre, siempre fue impaciente.

Había dejado el mundo universitario, cansado de dar vueltas a cambio de muy poco dinero. Creía poder encontrar trabajo aquí, pero decía que le estaba costando porque se pagaba peor que en el extranjero y la vida ya no era tan barata como antes. Al principio intentó hacer carrera en Inglaterra, pero acabó hastiado después de un par de años en Mánchester, donde había montado una startup junto a dos pakistaníes. Cuando notó que empezaba a pegársele su acento se dio cuenta de que le hacía falta un cambio de aires.

A la vista del panorama, insinué que quizá le convenía opositar. Ante la sugerencia entró en barrena y dedicó el siguiente cuarto de hora a quejarse, resentido, y a repetir lugares comunes sobre los funcionarios. Me desconcertó el arrebato victimista e insistí con delicadeza. Bastante convencido le dije que si había una persona que podía hacer esos exámenes con facilidad era él. Seguía agobiado y cambió el tono para decirme que su situación era complicada, mientras con timidez sacaba su teléfono para enseñarme una foto, en la que aparecían una mujer extranjera y un niño. La mujer era su esposa. Me explicó que era una hindú que vivía con su familia cerca de Glasgow y que sólo accedería a mudarse a España si tuviera garantías de que él estaba debidamente colocado. El niño, su hijo, se llamaba Ethan. Tenía tres años. Al hablar del chico le brillaban los ojos, únicamente entonces volvió a ser el que era durante nuestros años de facultad. Supe de inmediato que lo quería con todo su corazón.

Quise animarlo. Lo consolé diciendo que las cosas habían sido inestables para todos, que creíamos que seguir el camino reglado nos iba a permitir montar una vida. Volvió a mirarme dudoso. Me empezó a preguntar por otros compañeros de la facultad, hasta que llegó al nombre de nuestra antigua rival, la tercera en discordia. «Es youtuber. Graba desde su habitación en casa de sus padres. Ella lo llama crítica literaria, yo lo considero autoayuda. Tiene mil suscriptores y se cree influencer». La carcajada se oyó en todo el local. Por fin había logrado que se riera.