El sol está en todas partes y la sombra en ninguna

'La caída de Luis Ocaña en el col de Menté', poema de cincuenta y cuatro páginas, obra maestra

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Ocho y doce de julio de 1971: sólo los poetas son capaces de acceder a la verdad de estos dos días —uno heroico, solar; el otro, tormentoso, dramático—, cuyo entrelazamiento teje la trama de una tragedia. Son días singulares —y lo singular es, desde Aristóteles, aquello de lo que no puede existir ciencia. A mi entender: aquello de lo que sólo puede existir poesía. Aquello cuyo saber sólo la poesía puede contener. Aquello de lo que únicamente ella posee el don de dar cuenta.

Todo el mundo encuentra la manera de disertar sobre estos dos días, de escribir reportajes, de comentar videogramas desvaídos rescatados del desván de internet —YouTube—, de hojear antiguos números nostálgicos de Miroir du Cyclisme; sin embargo, sólo al poeta le ha concedido la verdad autorización para acercarse a su seno, sólo a él le ha dado la orden —como hacen los dioses— de componer un canto destinado a revelar a los hombres su misterio. Como le ocurrió a Homero, como le ocurrió a Píndaro, como le ocurrió a Victor Hugo. Y como acaba de ocurrirle a Christian Laborde.

La caída de Luis Ocaña en el col de Menté, poema de cincuenta y cuatro páginas, obra maestra, es un canto de esa estirpe.

La caída de Luis Ocaña en el col de Menté
Ocho de julio

Ocho de julio: «El sol está en todas partes y la sombra en ninguna». Luis, de mirada de toro; Luis, de mirada de matador. Luis, de ojo negro: «Es el negro de un sueño español». Luis, el orgullo, frente a Eddy, el poder; Ocaña y Merckx, «el español sin miedo» y «Eddy el caníbal», ambos admirables. Ese día, bajo el verano aplastante, con los Alpes sudorosos como decorado, el orgullo derriba al poder: Luis vence a Eddy. Ese día, Ocaña realiza la mayor hazaña de la historia del ciclismo; ese día es, a mis ojos, el mayor de todos.

A la manera de Christian Laborde, lo recuerdo como si la noticia de esa cabalgada me hubiera sido traída por el rocío de aquella mañana. «Luis, déjame contar tu hazaña del jueves 8 de julio de 1971, contarla a todos y a ti». Pues Luis, como todos los héroes, es eterno: el poeta se dirige a él en presente; pues Luis, como todos los héroes, es hermano del aedo que inmortaliza sus hazañas: el poeta le habla con un tú de majestad.

Así ha sido siempre, desde las Olímpicas de Píndaro, y así será siempre, hasta el final —ya sea la peste de Atenas imaginada por Lucrecio o el diluvio que anega el mundo soñado por Séneca—, mientras haya héroes y poetas.

Ocho de julio, Luis, lo recuerdas, te llevaste su memoria al más allá donde la anamnesis nunca falla: «(…) lentamente / el Toisón de oro, la regia camiseta / el maillot canario, el jersey de platino / descienden sobre tus hombros / el amarillo de Coppi y de Bahamontes / centellea en tu pecho». Esos nombres, escandidos por el poeta, «Coppi», «Bahamontes», sin omitir «Agostinho» —ya saben—, «Agostinho que fue soldado en Mozambique / Agostinho de torso de barrica / Agostinho nacido en Silveira / Agostinho al que un día matará un perro», recorren mi piel erizada. En efecto, un perro lo matará, «el portugués sin cuello», en Torres Vedras, en las carreteras de su infancia y adolescencia.

Ocho y doce de julio

Ocho de julio: triunfas, Luis, toda España exulta; pero, agazapados tras el sol, al otro lado del sol, allí donde reina la noche, reunidos en consejo, los dioses, a quienes haces sombra, maquinan algún golpe bajo. El orgullo es su tesoro celosamente guardado. Tu orgullo de hidalgo los ha vuelto envidiosos. ¡Qué hybris: los superas en orgullo! La decisión está tomada; su asamblea interrumpirá con una tormenta la letanía percutida por el poeta: «el sol está en todas partes y la sombra en ninguna».

Doce de julio; toda España ha cruzado los Pirineos para aclamar a Luis. «El sol está en todas partes, la sombra en ninguna»; ese día, en la salida de Revel, el sol no es otro que Luis. Crimen inocente: el sol Luis eclipsa al sol astrofísico. Ha arrojado a la sombra tanto a Eddy como a los dioses. España espera a su Luis en el col du Portillon, antes del descenso hacia Luchon. Pero antes hay que digerir el temible col de Menté, «col de Menté / col de Menté mentiroso / maldito col de Menté». Allí la tragedia alcanzará su paroxismo y su desenlace. El sol deja de exhibirse, el cielo se vuelve de un negro capaz de seducir a Pierre Soulages, la lluvia abate bosques y praderas, el granizo desgarra la vegetación, el trueno retumba más fuerte que Carlomagno en Roncesvalles, la carretera se convierte en un torrente de barro y guijarros, la montaña parece lanzarse sobre los corredores. El sol no está en ninguna parte y la sombra en todas. En estaciones de un vía crucis, como indica la imagen del poeta, Luis cae, y luego: «Luis cae por segunda vez (…) Luis cae por tercera vez / no se levanta / no se levanta más».

Todo está consumado.

Los dioses, el ciclismo y la poesía

Sólo los dioses pudieron ayudar al héroe a realizar su hazaña; sólo los dioses pudieron precipitar su caída. En Christian Laborde, Ocaña encontró a su Píndaro —aunque este poema participa también, en una lengua sacudida por el soplo ventoso del espíritu de Claude Nougaro—, el viento de autan, del mejor Victor Hugo, el de La leyenda de los siglos.

La tarea del poeta no fue en absoluto erigir un «Tombeau», género literario anticuado, sino mantener en la inmortalidad un instante paradójico, un instante extendido a lo largo de dos días: el instante trágico. El instante delimitado por el doble juego del sol: la luz deslumbrante de «el sol está en todas partes y la sombra en ninguna», luego «la horrible luz del mediodía», como dice Jacques Prévert en su poema sobre Van Gogh; la luz arrojada por el sol vuelto negro sobre la ruta del Tour de Francia de 1971.

¡Oh triste golpe del azar, oh perfidia del destino, oh crueldad de los dioses que juegan con nosotros como los gatos con sus presas!: Luis Ocaña no pasará por la cima del Portillon, que su padre, huyendo de España y de su miseria, cruzó a pie en los años cincuenta, con el propósito de hacerse una vida y luego de dársela a su familia, vestido con el maillot color sol.

La lectura de La caída de Luis Ocaña en el col de Menté lo demuestra: el poeta también, a semejanza del ciclista, recibe la ayuda de los dioses, de quienes roba la verdad y cuya lengua habla. Sin su generosidad, sin su imprimátur, este libro milagroso no habría visto la luz. Habría permanecido en los limbos de la vaporosa inexistencia, como aquel evocado por François Bon en un opúsculo confidencial titulado: Sobre el Fausto Coppi de Pierre Michon.

¿Cómo es posible? Porque el ciclismo, rivalizado en este privilegio sólo por el rugby, es el deporte literario por excelencia. Christian Laborde continúa la historia de amor entre la bicicleta y las letras.

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Reseña del libro de poesía La chute de Luis Ocaña dans le col de Menté, de Christian Laborde, publicada en su versión original en La Nouvelle Revue Politique y traducida por Esperanza Ruiz.