El mundo virtual ha posibilitado que las antiguas limitaciones en las comunicaciones hayan desaparecido. Las llamadas telefónicas, que antes tendían a la brevedad por miedo a una factura abultada, ahora son interminables en sus nuevas variantes. De entre ellas, las videollamadas son el infierno en la tierra, porque no sólo destruyen la ilusión de la distancia, sino que son ruidosas y desconcertantes: millones de desarraigados hablan a voces con sus compatriotas pegados a una pantalla mientras su pueblo se extingue. Sucede lo mismo con la escritura, para la que también se han desvanecido los inconvenientes derivados de usar un soporte físico. El coste de añadir una línea adicional a cualquier texto es nulo, por lo que la tendencia general es alargarse. Artículos, reportajes, ensayos y entrevistas se extienden hasta el aburrimiento. Como lo virtual es preponderante sobre lo físico, en el mundo del papel se manifiesta el mismo fenómeno. Desde el advenimiento de los procesadores de texto quizá no se ha producido una novela significativa en español a la que no le sobre un centenar de páginas. No sólo lo que se escribe es más largo, sino más numeroso. Nunca se ha publicado tanto y la paradoja es que nadie lee nada de valor, porque no es posible encontrarlo entre tanta paja.
El problema no es consecuencia de la estética ni del estilo de nuestro tiempo, porque se extiende más allá de los creadores y alcanza el ámbito poco sensible de la escritura administrativa, en la que debería primar lo funcional. La mayor parte de los trabajos de oficina consisten en enviar correos electrónicos que nadie va a leer y realizar informes que nadie consultará, porque no le importan a nadie. Cada redactor está atrapado sin saberlo en su propio soliloquio y no se dedica la reflexión necesaria a lo que se escribe porque lo primordial es producir para justificar la existencia del puesto de trabajo. En la rara ocasión en la que se necesita leer uno de estos textos se hace en diagonal, para llegar lo antes posible a la única idea relevante ahogada entre un centenar de líneas. Esta costumbre tiene el inconveniente de generar malentendidos banales, que a su vez harán necesario escribir nuevos correos electrónicos e informes, que con suerte algún pobre despistado leerá en diagonal.
La producción sin criterio ha permeado las mentes, que ya tienen dificultades para discriminar entre lo relevante y lo anecdótico. Guiados por un confuso ánimo de exhaustividad, no quieren dejar nada fuera, transcriben todo. Ocurre en cualquier ámbito, incluso el intelectual. Sorprende leer revistas culturales digitales plagadas de entrevistas eternas, en las que el entrevistador se ha limitado a volcar por escrito todas las ocurrencias del entrevistado, como si todas las palabras que dice una persona fueran iguales. Incluso articulistas bienintencionados, sucintos para los estándares de hoy, escriben ideas redundantes sin necesidad. También en este portal. Habría que reivindicar la costumbre de tachar la mitad de lo que se escribe, para que en este mundo ensordecedor la palabra recobre su peso.
Me atrevo a proponer un juego ilustrativo. Si todavía tiene en casa una enciclopedia, ábrala por una página cualquiera y compare alguna entrada con una versión digital. La nueva versión, en teoría mejorada, no sólo se alarga hasta el infinito, sino que la falta de forma hace que el estilo sea incoherente y poco estético. Como muestra este ejemplo extraído al azar de mi vieja Espasa:
José I Bonaparte Rey de España, hermano de Napoleón I (Ajaccio, 1768 – Florencia, 1844). Por la Constitución de Bayona, inspirada en la francesa, accedió al trono en 1808, hasta que la situación a la que se llegó en la guerra de la Independencia española, adversa para las armas napoleónicas, le hizo abandonar el país (1813). Buscó el apoyo de los antiguos ilustrados españoles que vieron en él la posibilidad de continuar la política reformista iniciada por Carlos III e interrumpida posteriormente. No consiguió en ningún momento gozar de autonomía política con respecto al imperio francés. Aunque carecía de aptitudes para la profesión militar, estaba bien dotado para la política y la administración; no pudo, sin embargo, ganarse el afecto de los españoles, que le pusieron el sobrenombre de Pepe Botella. Tras la derrota de Napoleón, se retiró a EE UU, luego a Inglaterra y, por último, a Florencia, en donde acabó sus días. Madrid le debe la iniciación de algunas reformas urbanas.
Sucinto pero completo, elegante. Ahora anímese a consultar la correspondiente entrada en Wikipedia. Para echarse a llorar.


