Según los temperamentos, la muerte es un descanso o el más pavoroso miedo. En el mundo antiguo, el estoico se acostumbró a meditarla, a dialogar con ella como una deidad amable. Pero llegó el Dios-Creador y se alzó el «temor de Dios». Parecíamos súbditos de su capricho divino; creación narcisista para su entretenimiento. La vida no era ya nuestra sino Suya, del Dios-Creador; y por eso los suicidas fuera del camposanto, vetados de la consolación del Cielo: por darse muerte «libremente».
Sin «temor de Dios», sin temor a un infierno castigador, cuando el sufrimiento es macizo, ¿por qué y para qué soportarlo?
«Merecer la pena», ¡qué expresión! Hay penas tan grandes que no hay promesa o regalo que las compense. Para el hombre contemporáneo, que no teme al Dios-Creador pero tampoco siente amor ni por la creación ni por la expectativa divina, el suicidio es la mejor promesa: la dulce consolación de dejar de sufrir.
Hay vidas que no ameritan las penas que padecen; o sea, que literalmente no «merecen la pena». No merecen sus pesadumbres. Y como el mundo es tan cruel y difícil para ellas, la imaginación de la muerte es su alivio morboso. Quizá su primer pensamiento suicida fue tenebroso, viscoso, pero acabó siendo atractiva la fantasía de no aguantar más.
A pocos consuelan los discursos metafísicos, las teodiceas grandilocuentes; y nadie que sufre es libre. La «libertad individual» también es metafísica: una hipóstasis de hueca veneración. Apenas somos lo que queda tras la fortísima determinación de nuestras circunstancias. Las palabras, los discursos hipotéticos y especulativos, pesan poco en la tierra gobernada por la ley de la gravedad. Si no eres rico, no puedes pagar. Si no tienes contactos, no puedes progresar ni colarte en el médico. Tampoco serás valioso para los demás. Si tu entorno es miserable, nadie hará verdadera caridad contigo, si acaso «beneficencia de voluntariado». El pesar de un gran dolor estraga muchas vidas. Suicidarse no suele ser libre. ¿Quién escoge morir gozando de la existencia? ¿Quién se mata jugando con buenas cartas?
Jesús fue extraordinario: era tan amable que su presencia consolaba. No era «amable» por ser cortés, bien-educado, sino «amable» por surtir amor. El sufriente no puede amar nada: toda su vivencia es una llaga. No tiene experiencia amorosa: ni memoria, ni entendimiento, ni voluntad felices. Está calcinado, «deprimido».
¿Puede amar el llagado? ¿Le pedimos que se consuele con metafísica religiosa? ¿No hay casi más piedad en el abandono estoico? Porque, ¿quién está dispuesto a sufrir con él? ¿Quién padece por el llagado? ¿Qué cosa puede ser amable para él?
El sufriente no puede amar. Quizá fue amado alguna vez, escasamente, pero ya no encuentra nada «amable», nada digno de la complacencia de amar. Nada bueno en lo que recrearse. Nada bueno en lo que complacerse. Su desengaño con el mundo y las personas es total. El llagado, el deprimido, pierde la más dura inocencia: el mundo nunca es rosa, y la caridad apenas existe fuera de los cuentos y la cháchara del literato. El mundo lo describirían mejor las mujeres feas y los hombres pobres.
La Resurrección de Cristo no sólo implica la creencia escatológica en lo postrero y blablablá. Debería haber implicado, también, una resurrección en nuestro mundo. La encendidura católica —universal— de la caridad. «¿Quién es mi prójimo?», preguntaron a Jesús. Y nuestro Amigo-Dios, el Hombre del Sano Corazón, nos contó la epopeya heroica y santa del samaritano: «Ve y haz tú lo mismo».
¿A qué Noelia amamos nosotros? ¿Qué padecimientos de Noelia asumimos? ¿A qué Noelia acompañamos a la difícil complacencia de amar?
El mundo sigue igual de pagano; por eso el suicidio cumple vidas. Mientras no haya amigos de Jesús, no habrá resurrección para los muertos que aún respiran con nosotros. Sólo los santos saben recrear, en el corazón de un profundo doliente, la complacencia amable y perfecta del consuelo misterioso de Jesús. Danos tu resplandor, Amigo-Bueno, para facilitar al desgraciado complacerse en Ti. Porque si no te resucitamos, impedimos tu venida.


