Recuerdo los telediarios de aquel verano de mi niñez. En un pueblito de Zaragoza una mujer anciana había restaurado, al fin, el valioso Ecce Homo de la parroquia. La tal Cecilia Giménez se hizo entonces famosa por desfigurar la pintura: desde el desvergonzado urinario de Duchamp ninguna obra de arte había suscitado tanta polémica. ¿Qué pasaba en el rostro de aquel nazareno? ¿Y qué pasó, sobre todo, por la cabeza de esa mujer aficionada para meter sus pinceles en el clásico mural?
Todo es un misterio porque no hay muchos casos similares. Nos sobran los dedos de una mano para contarlos. Pienso ahora en aquel Cristo metrosexual, demasiado resucitado, con el que vinieron a anunciar la Semana Santa sevillana de 2024. Nada más peligroso que tener muchas opciones para elegir, claro. El estropicio de Cecilia Giménez, más allá de para tantas risas de sobremesa, sirvió entonces para plantear un debate interesante: ¿debe pesar más el cariño del pintor errático o la cara final de un Cristo apaleado? ¿La intención, en fin, o sus consecuencias? Miles de años de pensamiento filosófico contenidos en un Ecce Homo borbonizado.
Con la eterna cuestión de fondo, las redes sociales del Ecce Homo de Borja —todos los estropicios tienen su página oficial— anunciaban este pasado lunes la noticia con gran pesar: Cecilia, la pintora española más famosa de nuestro siglo ha fallecido a los 94 años de edad. Y sus seguidores han recogido, con desbordada emoción, una biografía digna de ser reproducida aquí, con sus faltas de ortografía y todo (entendemos que son un homenaje al espíritu libérrimo de la pintora):
«NUNCA NADIE ESTA PREPARADO PARA ESTO. Os comunicamos que Cecilia es una estrella más en el cielo. Cecilia Giménez Zueco, nació en Borja el 23 de enero de 1931. Fue una gran aficionada a la pintura desde pequeña y realizó numerosas obras, especialmente centradas en los paisajes. En agosto de 2012, salió a la luz la famosa restauración del Ecce homo de Borja, que debido al mal estado de conservación que presentaba, Cecilia, con la mejor intención decidió repintar la obra encima.
El mural cobró relevancia a escala mundial apareciendo en primicia el 7 de Agosto en la web del Centro de Estudios Borjanos. Sin embargo fue el día 21 de agosto de 2012 cuando Elena Pérez Beriain, redactora del HERALDO DE ARAGÓN, destapó la noticia. Cecilia Giménez se convirtió así en uno de los personajes más famosos de 2012 y que a día de hoy todavía sigue despertando interés, no sólo en las personas que se acercan hasta el Santuario de Misericordia, lugar que Cecilia adoraba, sino también en diferentes medios de comunicación».
Más allá de la exageración, algunas pinceladas de la historia merecen nuestra atención. Aunque aquella mujer se animó a restaurar una pintura ciertamente bella sin, quizás, ay, recórcholis, el conocimiento suficiente, lo cierto es que gracias a su error Borja quedó ubicado en el mapa de Aragón y de toda la Península. Recuerdo largas colas para ver aquel Ecce Homo sufriente por dentro y por fuera. ¡Yo mismo peregriné allí! Su bendita iconoclastia, pues, ha ayudado durante estos últimos años a que el turismo aumente en la comarca, a que los españoles conozcamos la belleza arquitectónica de nuestros templos —¡el Santuario de Borja es del siglo XVI!— y hasta para difundir la obra pictórica de Elías García Martínez, principal víctima del estropicio —sólo por detrás del Cristo, ya me entienden—.
El bendecido error de Cecilia llevó a Jesucristo a las portadas de los principales periódicos nacionales e internacionales y en aquel agosto de 2012 no se habló de otra cosa. «Dejando de lado el atentado patrimonial», escribía un tuitero, el de Cecilia fue «uno de los mejores peores errores de la historia del arte». Que la pintura todavía luzca en una de las paredes del Santuario de la Misericordia de Borja —el nombre no es casualidad— insinúa que hasta Nuestro Señor quedó satisfecho con semejante error. Por no hablar, claro, del teológico resultado: su rostro completamente desfigurado quizás sea, paradójicamente, más parecido al Cristo original, el nacido en Belén de Judea, que ese rostro simétrico, modélico y hasta aristocrático del anterior diseño.
Pero su caso también ha servido para suscitar otro debate: los pinceles de Cecilia Giménez nos permiten ahora defender que el arte bonito eleva a Dios y el arte feo y malogrado aleja de Dios. El Ecce Homo de Borja, si algo nos ha recordado, es que la iconoclastia no es pecado porque queme las riquezas de la Iglesia —que nunca son tan ricas y nunca son tan eclesiales— sino porque, precisamente, supone la forma más refinada de alejar a la criatura de su Creador. La fealdad es el brote más verde y abundante del mal. ¿Pero no hay acaso, incluso en lo más horrendo, un atisbo de luz? ¿Un reflejo de lo bello? El Cristo restaurado —ejem— por esta buena mujer nos interpela con su mirada bizca, y nos recuerda que Él no se equivoca.
Ella hizo lo que pudo. Por eso sólo nos queda esperar que en su llegada al cielo, Cristo le esté esperando a Cecilia con buena cara, aunque a ella no le resulte muy familiar.


