Un grito esperanzado desde el dolor

Sin paternalismos ni moralejas apresuradas, el autor despliega un conocimiento sencillo del sufrimiento siempre con una mirada esperanzada

|

Al poco tiempo de nacer dijeron a sus padres que apenas viviría unos años, o que, si vivía más de lo esperado, no tendría una vida muy desarrollada. La enfermedad parecía entonces un impedimento para vivir a lo grande, como todavía lo parece en diagnósticos torticeros donde los cromosomas de más o la actividad cerebral de menos condicionan la dignidad del que está por nacer. Pero da igual: con mucho esfuerzo, aquel pequeño niño fue al colegio, y después al instituto, y después cursó bachillerato y después, frente a tantos pronósticos, entró en la universidad.

Ese joven donostiarra, Juan Encío Avello, lleva años demostrando que su parálisis cerebral no es tanto un impedimento —que lo es, claro— como una oportunidad, y poco tiempo después de graduarse de Trabajo Social, ha escrito su primer libro para compartir con sus cientos (¡miles!) de amigos el testimonio doloroso de una vida complicada, trazada por el sufrimiento físico, emocional y espiritual de quien siempre se ha sabido frágil. Su vida ha sido complicada, pero ahora resulta muy fácil de leer.

Desde el dolor a ti grito, que recientemente ha publicado la editorial Nueva Eva, es el debut literario de este joven. El librito llegó a casa sin que yo supiera muy bien cómo. Aquel paquete discreto esperaba sobre mi mesa con una carta de su autor, animándome a compartir con él experiencias, recuerdos y heridas que poco a poco van sanando pero que constituyen un tejido de verdad. No es Desde el dolor a ti grito literatura de escaparate, desde luego, sino más bien un compendio personalísimo de esos episodios de la vida que a todos nos han dejado algún que otro rasguño, siguiendo el mapa de la propia carne de Encío.

Desde su emocionante perspectiva, marcada por la parálisis cerebral, la de Juan es la historia de un aprendizaje doloroso. No en vano, tuvo que experimentar demasiado pronto el peso de la fragilidad, de la dependencia, de los silencios incómodos y de las miradas que no saben dónde posarse. En su librito no hay rastro de teorías complicadas y extrañas; hay práctica. Mucha. Juan ha experimentado primero todo lo que luego se atreve a poner por escrito. Y por eso el libro es verdadero y emocionante.

El formato novedoso ayuda, claro. La primera parte de Desde lo hondo a ti grito —título extraído de la Salmodia— adopta la forma de un relato breve, casi un cuento largo, en el que el lector se adentra en la vida de Ramón. Sus dificultades, sus miedos y ese catálogo de sufrimientos cotidianos —incomprensiones, heridas, cansancio— que no suelen tener nombre propio pero que todos reconocemos cuando aparecen. Ramón podría ser cualquiera. Podríamos ser tú y yo. Con ese truco literario, Encío logra que el lector deje de observar el sufrimiento desde fuera y empiece a habitarlo como propio.

La segunda parte del libro rompe la narración y se vuelve epistolar. Juan escribe a Ramón veinte cartas. Desde su propia experiencia del dolor, sin paternalismos ni moralejas apresuradas, Encío despliega un conocimiento sencillo del sufrimiento siempre con una mirada esperanzada. En estas réplicas no promete salidas rápidas, tampoco anestesias espirituales. Por eso, el resultado es un libro que no explica el dolor, sino que lo acompaña. 

Hace apenas una semana todo esto cobró carne en la presentación madrileña del libro. La iglesia escogida para este coloquio estaba llena, abarrotada de muchos de los amigos que Juan ha ido haciendo por el mundo —hasta en los Andes— y una familia visiblemente orgullosa de este hijo suyo. Aquello, más que la constatación de un éxito literario, fue la celebración de una vida compartida. En el libro de Encío se esconde la capacidad de haber convertido el sufrimiento en lugar de encuentro.

Como en su propia vida, Dios está muy presente en este libro. Sin complejos ni disimulos. Cuando todo ha estado oscuro, cuando las miradas ajenas le pesaban más que la propia, cuando la vida parecía perder su sentido, Dios ha aparecido como respuesta a su dolor, que también es el nuestro. Basta con mirar un instante a Juan para entender la presencia de Dios en él. No hacen falta doctrinas complicadas. Mirándolo a él, uno comprende rápidamente que Dios existe. Su sonrisa es el mejor de nuestros argumentos.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.