Volver a las cartas

Una carta, cuando está escrita de corazón a corazón, permite el encuentro entre la intención del autor y la atención del lector

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«En las cartas de un hombre, su alma yace desnuda». Conocía la frase, pero no su origen. ¿Cervantes? ¿Shakespeare? ¿Churchill —inventor por defecto de todo lo ingenioso y memorable—? Buscando a su autor, llegué al siglo XVIII. Al parecer, el padre del aforismo fue, como en tantas otras ocasiones, Samuel Johnson. El famoso lexicógrafo inglés remataba así la explicación: «Sus cartas no son sino el espejo de su pecho. Todo lo que ocurre en su interior se muestra sin disfraz, en su proceso natural. Nada se invierte, nada se distorsiona: se ven los sistemas en sus elementos y se descubren las acciones en sus motivos».

Tener un espejo para el corazón, mostrar el interior con claridad, hacerse transparente hasta donde sea posible. El reto es inmenso, necesario y difícil. Porque lo cierto es que vivimos rodeados de palabras y de ruido, y que existe cierta obsesión por «comunicar» —por no hablar ya del dichoso «relato»—. Las redes sociales bullen. X, Instagram, TikTok: esto es un hervidero, y, en un entorno de tan elevada estimulación sensorial, la calidad de la atención se resiente. Es difícil obtener lo que Wordsworth llamó «la cosecha del ojo tranquilo».

¿Será ahí, en ese maremágnum, donde podremos decir lo que es genuinamente nuestro? ¿En unos medios que son aquí-te-pillo-aquí-te-mato, podrán «yacer nuestras almas desnudas»? Que yacen nuestros cuerpos lo tengo claro: hay que ver la facilidad con la que el personal se despelota y lo postea. Me temo que no. Mostrarse, desvelar la intimidad, necesita otro ritmo y otro instrumento. Y para eso la sabiduría humana ya inventó, siglos atrás, algo inigualable. Se llama carta. Si le suena rancio, es que no sabe de qué estoy hablando.

La carta propicia la alegría de quien da. Porque el que escribe se da. Para empezar, entrega el don inestimable de su tiempo. Y a eso le sigue el inevitable esfuerzo intelectual que conlleva el lenguaje. Porque no sólo se quiere decir algo, sino decirlo de la mejor forma posible (sólo así la carta podrá convertirse en el «espejo de su pecho»). Se trata, con todo, de un esfuerzo que siempre tiene premio: la precisión y el refinamiento que nos exigimos, nos revela lo que en verdad pensamos. La idea es de Vigotsky: el lenguaje escrito no sólo refleja nuestros pensamientos, sino que los impulsa aún más. Volviendo al doctor Johnson: al escribir, «se descubren las acciones en sus motivos», ya no hay disfraz, nada se invierte ni distorsiona.

Y está también —last but not least— la necesidad de pensar siempre en el destinatario, a quien se imagina y considera, adivinando de qué forma nuestras palabras harán eco en su interior. Por eso, como escribió Marianne Wolf, «las cartas invitan a una suerte de pausa cerebral en la que ambos —tú y yo— podemos pensar conjuntamente». Una carta, cuando está escrita de corazón a corazón, permite, en fin, el encuentro entre la intención del autor y la atención del lector. ¿Quién da más?

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