Este lunes, 23 de febrero de 2026, se cumplen 100 años del nacimiento del escritor y abogado laboralista Fernando Vizcaíno Casas. Vio la luz en la ciudad de la Luz —y las flores— (en el número 3 de la plaza de Castelar) y falleció en noviembre de 2003 en Madrid, tras una vida intensa y prolífica. Si bien su obra novelística constituye un excelente lugar desde el que acercarnos al costumbrismo de los cuarenta años del período franquista y la Transición, sus memorias son una fuente inagotable de anécdotas de la época. Constan de tres tomos, y las finalizó en septiembre de 2002, en su casa de Navacerrada. Tras su muerte se publicó el libro póstumo Nietos de papá (secuela de su exitoso Hijos de papá).
No me pregunten por qué, pero yo tenía en la cabeza el dato de que las memorias de Corpus Barga se llamaban Los pasos contados. Corpus Barga fue un periodista y escritor español de origen aristocrático que evolucionó hacia posiciones progresistas, llegando a simpatizar en su juventud con el anarquismo. Durante la Guerra Civil se mantuvo firmemente leal a la Segunda República, centrando su labor intelectual en defensa de la cultura y del gobierno republicano.
Tras la victoria de Franco, colaboró con el republicanismo en el exilio y, en ciertos momentos, con iniciativas vinculadas al entorno comunista. Era tío de Ramón Gómez de la Serna. En 1948 recibió el ofrecimiento del gobierno peruano para dirigir la Escuela de Periodismo de la Universidad de San Marcos y se instaló en Lima, donde mantuvo su actividad intelectual y residió hasta su muerte, en 1975.
Cuando me di cuenta de que las memorias de Vizcaíno Casas tenían el mismo título sentí curiosidad por la coincidencia, pensando que no debía ser tal. Recurrí a ChatGPT en busca de una explicación. La inteligencia artifical respondió con una elaborada teoría bastante verosímil, todo sea dicho. Así como Corpus Barga narraba en Los pasos contados su salida de España en 1939 y el drama humano del exilio republicano y las tensiones políticas, Fernando Vizcaíno replicaba con sus Pasos Contados, un relato de la vida en España durante el franquismo, contraponiendo su relato político con el de Barga.
Es cierto que en ellas no oculta que fueron tiempos «difíciles, amargos y en ocasiones dramáticos» pero en los que el pueblo español se caracterizaba por «la alegría de vivir y el afán por trabajar». Vizcaíno deja constancia, como testigo directo, del surgimiento de la clase media en nuestro país: «Estábamos despolitizados, carecíamos de algunas importantes libertades públicas pero lo que a todos nos apetecía entonces era ir medrando en nuestra posición económica y social, llegar al seiscientos, a los electrodomésticos, al apartamento de vacaciones, a los hijos con carrera».
Yo quedé conforme con la explicación de ChatGPT pero —y sírvanse de mi experiencia cuando tengan tentaciones de tomar atajos— durante la lectura del tercer tomo de las memorias de Vizcaíno, me topé con la siguiente aclaración: «Lo que son las cosas: resulta que este título que están ustedes leyendo, Los pasos contados, no es inédito. Lo usó Corpus Barga, precisamente para sus memorias en 1963. Ni que decir tiene que yo lo ignoraba. Pero, además, y según me he ido enterando, antes que mi libro nada menos que otros cuatro fueron publicados con el mismo título».
1926, una gran añada
Fernando Vizcaíno Casas nació el mismo año que Ricardo de la Cierva, Paco Rabal, Alfonso Sastre, Rafael Azcona, Ana María Matute, Alfredo di Stefano, María Dolores Pradera, Alfonso Paso, Juan Antonio Vallejo-Nágera y Luis Sánchez Pollack (Tip). Sus preferidos fueron Di Stefano, del que fue gran amigo, Rabal y otro valenciano con gran sentido del humor, Tip.
«Bigotillo fascista»
El año 45 lo recuerda Vizcaíno Casas por dos hitos biográficos: estrenó esmoquin y de dejó bigote.
Quizá compraron ustedes, viendo fotografías de la época o a sus abuelos, el relato del «bigotillo fascista» que gastaban los jóvenes. Don Fernando desmonta ese mito con contundencia en sus memorias: «Fue consecuencia de la moda imperante. Todos los muchachos nos lo dejábamos en cuanto conseguíamos un esbozo de vello sobre el labio superior. Estúpidamente, al llegar la transición los cretinos de rigor se empeñaron en buscarle interpretaciones políticas al mostacho —mostachito, porque era muy fino—». El escritor se declaraba harto de que se dijera del suyo, en entrevistas y artículos, que era imperial, decadente y fascista. Continúa: «Tales zamacucos no se han enterado de que jamás Mussolini llevó bigote. Ni el conde Ciano. Ni Etore Muti. Ni tampoco José Antonio, Onésimo, Ruiz de Alda, Fernández Cuesta, Ledesma Ramos: ni uno solo de los fundadores de Falange. Nosotros nos dejamos crecer el bigote —y los que éramos rubios le dábamos unos toques de nitrato de plata para oscurecerlo— simple y llanamente porque también lo llevaban Clark Gable y Alfredo Mayo y Ronald Colman y William Powell y Luis Peña y todos los galanes de cine que entonces chiflaban a nuestras amigas. Simple y llanamente, bien lo sabe Dios».
El franquismo y la lengua española
Apareció en el diario Informaciones un artículo denunciando el abuso de palabras extranjeras. Aquello resultaba intolerable porque se imponía la «españolización y reespañolización del país». Poco después, el BOE recogía una Orden Ministerial que prohibía el uso de vocablos genéricos extranjeros en rótulos y anuncios. Fue entonces cuando empezó a llamarse balompié al fútbol y baloncesto al basket. Cuenta Vizcaíno que fracasó, en cambio, el intento de sustituir la palabra coñac por jeriñac: Entraba un señor a un bar y pedía:
—Por favor, jeriñac…
—Al fondo, a la derecha.
La tele y Mercedes Milá
Un año menos es el título del libro publicado por Planeta en el que Vizcaíno Casas firma un diario de «su» 1978. Se trató del año en que el escritor de consagró como «fenómeno sociológico». Tuvo colocados durante nueve meses tres títulos en los tres libros más vendidos de España. Con ellos, alcanzó la cifra de casi un millón de ejemplares, insólita hasta entonces en el panorama literario español. Al valenciano fértil le llaman Mister Best-Seller y le reconocen el mérito de un estilo directo y fácil, de humor amable y caústico al tiempo. Asimismo, una gran visión en la elección de temas que contactan con el público, al encontrar el lector, de una u otra manera, escenarios y personajes reconocibles.
En la entrada del 23 de mayo, Vizcaíno Casas da cuenta de un día que empieza triste y abrumador y acaba igual de abrumador pero por diferentes motivos. A primera hora estaba citado en la Delegación Provincial de Trabajo para tratar con el delegado los gravísimos problemas de la empresa ROTO-PRESS. Cuando llega, encuentra un cartel anunciando el cierre por defunción del Iltmo. Sr. Delegado. Fernando queda descompuesto, por cuanto tenía una relación personal con él. Después pasa por la Audiencia, por unas diligencias y se dirige, tras ellas, a CEMESA con el fin de preparar los pleitos del día siguiente.
Almuerza con Chente Ramírez Olalla en L’Alsace, «una carne roja». Vizcaíno le lee su artículo del día en ABC y el «estúpido comentario» en una revista de Córdoba que escribe un «ciudadano con ínsulas de poeta —y marxista—» diciendo que no le perdona que estuvieran firmando juntos en una librería y mientras Vizcaíno firmó más de mil ejemplares, él sólo catorce.
A las seis tiene que estar en Prado del Rey, pero llega tarde por el infernal embotellamiento. Se maquilla junto a Victoria Abril —«una cría bastante sosa»— e Isabel Tenaille le presenta a Mercedes Milá. Todos le han prevenido de su mala uva. A Vizcaíno le resulta inteligente. La entrevista es para el programa Dos por dos y se graba después de que Miguel Bosé cantara una melodía «moviendo mucho la cintura». Milá le hace muchas preguntas agudas, alguna malintencionadas, pero Vizcaíno sale victorioso. El público celebra cuando responde que «no sólo escribe, sino que todo lo hace mejor con la derecha». También aclara que no es político, pero que no se cambia de chaqueta, que es de derechas y respeta la memoria de Franco.
La entrevista tuvo una repercursión enorme, Vizcaíno llega a la conclusión de que la gente está harta de «los profesionales del poder». «Sólo por lo que dije, estas buenas gentes —me llama hasta una señora desde Sevilla—, me consideran poco menos que un legionario». Si les pica la curiosidad, está al menos parcialmente, en YouTube. Cuando aún, ay, aún se fumaba en la tele.
Vizcaíno y Suárez
En plena apoteosis del transfuguismo, A Vizcaíno Casas se le ocurrió ironizar sobre las conversiones súbitas que experimentaban viejos servidores del franquismo. Con humor acidísimo se dedicó a retratar aquello peculiares viajes ideológicos y así surgió De camisa vieja a chaqueta nueva. Fue el primero de sus libros que alcanzó los 300.000 ejemplares. Ninguna de las personas aludidas en su libro, varias identificadas con nombre y apellidos, y otras fácilmente identificables, se dieron por aludidas. Muchos adjudicaron a Adolfo Suárez el papel del protagonista de la novela. Sin embargo, cierto día que coincidieron. Suárez y Vizcaíno, en el palco del Bernabeu, el político de UCD que por entonces iniciaba su irresistible ascenso, le dio un apretado abrazo y, con amplia sonrisa le animó a seguir así.
El escritor quedó gratamente sorprendido. Quizá, lo que don Fernando desconocía por aquel entonces es que Suarez no leía. Se cuenta que cuando lo hizo, y se decidió por una de las novelas de aventuras de moda en la época, Papillon, uno de sus colaboradores decía: «Suarez ha roto a leer».


