Una reflexión sobre la universidad

Un error común de nuestras universidades: formar no es dar forma desde fuera, sino ayudar a que algo crezca desde dentro

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Aunque algunos lo hayan olvidado, la Universidad —con mayúsculas— nació como un espacio de libertad aplicada al conocimiento. No nació como una empresa, ni desde luego como un ratio de rentabilidad, ni tampoco como una proyección económica. No nació para producir, sino para formar. No nació para competir, sino para comprender. Y no nació para fabricar sino para aportar. No son pequeños detalles.

Por eso deberíamos hacer memoria y recordar que en España el número de universidades ha ido in crescendo a la misma velocidad con la que viene creciendo la desafinada ópera española titulada «desempleo entre titulados universitarios». Así como Estados Unidos lleva la vanguardia tecnológica, en España llevamos la vanguardia de la desigualdad entre el paro oficial y la tasa ampliada.

Lo que debería ser un escándalo está oculto: de esto que no se enteren los jóvenes. Que no se enteren los padres que pagan piadosamente las mensualidades de sus hijos. Que no se enteren que en sus universidades privadas tan «prestigiosas» la palabra aprobar tiene el mismo significado que vomitar contenido. Que no sepan que el temario de las carreras tiene tanta utilidad como para luego necesitar un triple máster para demostrarlo. Porque claro, cinco años de universidad —ahora en minúsculas— no parecen suficientes.

La universidad, más que nunca, está más cerca del fallecer que del nacer. Que la búsqueda de trabajo a la salida de la universidad se parezca más a una secuela de los Juegos del Hambre que a un puente entre conocimiento y empleo digno no es casualidad: es irresponsabilidad. Irresponsabilidad de convertir el aula en un negocio en lugar de en una escuela de conocimiento. En la universidad el alumno debería dejar de ser un número. El deber de la enseñanza es crear un espacio donde el saber no se instrumentalice, donde el alumno no se reduzca a un expediente, y donde el profesor no se convierta en un proveedor de servicios.

Un error común: formar no es dar forma desde fuera, sino ayudar a que algo crezca desde dentro. Porque el crecimiento personal no es un proceso mecánico, sino orgánico. Y lo más humano no es lo que se fabrica, sino lo que se cultiva. Una universidad viva no es la que produce más patentes ni más egresados, sino la que forma personas capaces de pensar con hondura, tener criterio y tener capacidad de razonar para actuar con justicia.

Los significados de «capacidad» y de «ser capaz» no son lo mismo. Soltar un cúmulo de palabras en un examen no es capacidad, sino ser capaz de realizar una tarea puntual sin pensamiento crítico. Una cosa es la libertad para razonar; la otra, una excusa más para poner una nota en un expediente, sin que signifique conocimiento verdadero por detrás. Muchas veces la universidad no te enseña a tener razonamiento crítico sobre un tema, sino a cómo responder a un examen.

En la Universidad, el alumno deja de ser un niño. O debería. No porque se vuelva cínico o escéptico, sino porque aprende a hacerse cargo de su propia vida. La madurez no consiste en saber más, sino en saber responder. Y no hay respuesta sin pregunta. La universidad enseña, si es honesta, a vivir en la pregunta. No en la duda paralizante, sino en la apertura fecunda. Lo contrario de la pregunta no es la respuesta, sino la indiferencia. Allí donde ya no hay preguntas, la vida se empobrece. Una universidad sin preguntas es una fábrica; una universidad viva es una conversación interminable.

Por eso, el profesor universitario no es un técnico ni un instructor, sino un testigo. No enseña lo que sabe, sino lo que ama. Y solo así puede invitar al alumno a un camino que no se impone, sino que se propone. Al final, lo decisivo no es lo que uno sabe, sino lo que uno es. Y la Universidad tiene, todavía hoy, la grandeza de poder ser ese lugar donde alguien descubre que vivir es más que sobrevivir; donde pensar es más que acumular, donde estudiar es más que preparar exámenes y donde lo importante no es solo responder bien, sino aprender a preguntarse bien.

Tribuna de Miguel García-Nates y Nicolás Guerra.

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