A estas alturas, con la posmodernidad agotada —la hipermodernidad para Lipovetsky—, a nadie le cabe duda de que la familia ha sido, por tierra, mar y aire, uno de los principales blancos de demolición de nuestra época. Las causas son variadas pero la respuesta llega de manera casi intuitiva para los que tenemos cierta edad. Hemos conocido un mundo que ha permitido, en la mayoría de casos, un desarrollo personal, social y espiritual adecuado. Pese al desencanto que nos produce la deriva de las sociedades, quien más y quien menos sabe que su fortaleza interna es inexpugnable. La tentación al repliegue interior es grande. Casi tanto como la de bajar los brazos y decir, al estilo de Luis XV, que «después de mí, el diluvio». La única circunstancia que nos puede hacer vencerla es, efectivamente, la responsabilidad con las generaciones posteriores. Y ese instinto de protección se torna obligación ineludible cuando «la generación posterior» lleva tus apellidos, tiene tus ojos, y le vas a tener que pagar la universidad.
Arraigo, la última obra de Carlos Marín-Blázquez, publicada por CEU Ediciones y finalista del Premio Sapientia Cordis, arranca con la preocupación de un padre por el mundo que heredarán sus hijos.
Ese enfoque hace que no se trate, como si fuera poco, de una obra que analiza una época, sino que nos interpela en nuestro deber más íntimo. Pertenece a esa estirpe rara de ensayos que no buscan tranquilizar al lector ni halagar sus prejuicios, sino que nos obliga a detenernos y a asumir un papel activo —y combativo—, cada cual en sus circunstancias. No es un libro de diagnósticos efectistas; es, más bien, una meditación paciente.

El autor, en su rechazo del adanismo contemporáneo, recuerda de manera lúcida que nuestra insatisfacción no es inédita. Cada época ha conocido su propio desasosiego, su conflicto interior. Marín-Blázquez sabe que el malestar que nos aqueja no es un accidente histórico, pero no obvia que hoy adopta una forma particularmente corrosiva.
Esa disconformidad constitutiva del ser humano ha sido, paradójicamente, una bendición. Gracias a ella, la humanidad no se resignó a una existencia sometida a la necesidad perpetua. El progreso científico, técnico y material es inseparable de esa negativa a aceptar la precariedad como destino. Y, sin embargo, llegados a este punto de la Historia —con las necesidades básicas cubiertas, con una esperanza de vida impensable para nuestros antepasados, con acceso generalizado a la educación y a la medicina— cabría esperar un cierto sosiego. La pregunta incómoda que formula Arraigo es: ¿por qué no ha ocurrido?
La respuesta de Marín-Blázquez no es complaciente. La salida del estado de necesidad nos liberó de muchas servidumbres, pero al mismo tiempo abrió un vacío que no supimos —o no quisimos— llenar. Nos hemos vuelto más individualistas cuanto más dependientes somos de estructuras impersonales. El resultado es una sociedad desvertebrada, atravesada por una epidemia de soledad, ansiedad y fragilidad emocional que convierte la vida cotidiana en una búsqueda incesante de analgésicos simbólicos.
La primera parte de Arraigo está dedicada a analizar con rigor las causas de este malestar contemporáneo. Todas ellas confluyen en una pérdida progresiva del sentido de pertenencia. Nuestro sistema induce un desarraigo estructural: la hegemonía de la técnica, la ideología del cambio permanente, la crisis de las democracias liberales y la disolución de la tradición han erosionado el suelo de certezas sobre el que generaciones enteras construyeron su existencia. El individuo moderno habita un mundo que ya no le ofrece un marco estable ni lleno de significado.
A este proceso se suma la globalización, descrita por Marín-Blázquez como una fuerza despersonalizada que tiende a homogeneizar a los pueblos y a vaciarlos de su sustancia histórica. Se promueve un modelo de sujeto sin raíces, sin memoria y sin proyecto común. Todo el despropósito es sostenido por una maquinaria cultural y mediática que presenta esta amputación como emancipación. No se trata sólo de la pérdida de la comunidad; es la noción misma de sociedad —como empresa compartida orientada al futuro— la que queda arrasada.
La propuesta del libro no es un regreso nostálgico al pasado, sino un esfuerzo consciente por salvar lo que aún puede salvarse del naufragio: la familia, la amistad, la propiedad, los hábitos compartidos, la patria entendida como herencia y responsabilidad, y, en un plano más hondo, el sentido de lo sagrado. Sin este último —advierte Marín-Blázquez— ningún orden social termina de fraguar. Decía Unamuno, aunque la cita no es exacta, que la fe compartida es lo único que cohesiona a los pueblos. Los mejores analistas de nuestra época —éste es el caso— coinciden en que sin el orden de lo sagrado, todo acaba tornándose irrelevante.
La escritura de Carlos (deben seguirle en sus publicaciones semanales en El Debate, La Gaceta o en esta su casa, LA IBERIA) es rica, culta, «nutritiva» y amable. Pero sobre todo, esperanzada. Arraigo no es una colección de calamidades. Marín-Blázquez no olvida en el cierre el propósito inicial de encontrar un camino transitable para sus hijos, sea lo que sea que esté por venir. Frente a las grandes soluciones abstractas, propone gestos sencillos: cuidar de los cercanos, atender al prójimo, cumplir con el deber cotidiano. En tiempos de disgregación, estos actos mínimos adquieren una dimensión casi heroica. No prometen la salvación inmediata, pero mantienen viva la posibilidad de una vida con sentido.


